Chicharrones

 

por Ricardo Zaldívar*

 

Sara daba vueltas en la cocina, ansiosa. Eran más de las ocho de la noche y su Raúl no daba señales de regresar. No es que su Raúl las diese cada noche. De hecho, era sigiloso. Esa cualidad le permitía hacer lo que hacía, de otro modo ya estaría muerto.

Pero ella era su mamá y las madres siempre se preocupan por sus retoños. Así sus retoños sean treintañeros y porten armas, así usen esas armas para matar. Para Sara, lo que su hijo hacía era un acto purificador que tenía el mínimo e irrelevante plus de generar dinero al hogar, y en los tiempos actuales, eso era mucho. Pocas madres podrían decir que se sintieran orgullosas de que sus hijos maten para vivir, pero en el peculiar caso de Sara, era verdad.

Desde que Raúl una noche viniera moribundo y con las ropas  hechas guiñapos, delirando sobre cosas que ella no entendía, supo que algo iba mal. No es que hubiera sido un accidente o un robo, él lo negaba incesantemente mientras ella trataba  de calmarlo acariciándole el ensangrentado cabello. Fue a su habitación con presteza y trajo un polvoriento botiquín, que no había abierto desde hacía un par de años, le dio dos manotazos para desprenderlo de la tierra y un fuerte soplido. “Ya mijito, cálmate mijito”, le dijo casi rogándole. Con esa desesperación que tiene la voz de una madre que sufre más que el hijo cuando a este le agobia un mal. “Cálmate mijito”, repitió suplicante, a la vez que extraía de la metálica cajita un par de bolsas de gaza y algodón. Maldijo porque no había ningún desinfectante y corrió a la cocina entre tropezones para buscar algo de aguardiente. Regresó tan rápido que ni el pusilánime Raúl pudo percatarse de su presencia hasta que un intenso ardor le recorrió los brazos y torso. El aguardiente aplicado  con vehemencia por su madre le desmayó. Cuando hubo despertado, tres días después, sintió el adormecimiento propio de quien tiene los músculos lastimados. “No te muevas mijito”, le advirtió con dulzura su madre, una dulzura que era dispar con la actitud que había tomado, puesto que le apuntaba con una vieja Remington 870 que su abuelo, un gringo cogeputas, le había dejado en herencia a la abuela Raquel, antes de volver con su verdadera familia en las tierras de Bush, “dime ¿cuál es tu nombre, mijito? dímelo”, vociferó Sara.

—Raúl, mamá ¿qué haces? —contestó él.

Sara sonrió. Su sonrisa no era bonita. Carecía de varios dientes y jamás tuvo labios gruesos. Lo abrazó con fuerza, a pesar, que él chillaba que le dolía. “Creí que ya no eras mijito, que ya eras uno de ellos”. Le llenó la frente de besos y le dio un poco de agua. “Tómalo despacito, pa’ que no te haga daño. Tuve que darte de comer eso pa’ que no te me murieras”.

Raúl lloró y su madre lo abrazó fuerte. Él entendía lo que ella había hecho. Lo entendía porque su abuela Raquel le contaba feas historias. Historias de un hombre al que le llamaba “tu padre”, que murió atacado por “esos que se esconden en el monte”, que un día aquel hombre decidió ir a las serranías a vender su lana y se le hizo tarde y la noche “lo agarró en medio de los cerros”. Aquel hombre no era muy avispado y se creía valiente, y como a todos los fanfarrones, la desgracia le vino encima. “El cerro es malo con los buenos”, le repetía en sus cuentos la vieja Raquel, y esa noche los moradores del cerro fueron muy malos contra aquel hombre. Un grupo de ronderos encontraron lo que quedaba de su cuerpo y su cabeza colgando entre los matorrales. Les dieron las condolencias a Sara y doña Raquel. “Su hijo fue fuerte, al menos pudo llevarse consigo a uno de ellos”, les dijeron. Les entregaron los restos de aquel hombre en un costal y en otro más pequeño, los de una fea criatura llena de pelos espinosos y tres colas.

Aquella criatura infernal fue secada y puesta en un frasquito de sal y ahí había estado, en la cocina, como un trofeo durante años, hasta la muerte de la abuela Raquel, en el que pasó a ser depositado en un viejo cuartito del fondo, donde se tiraba todo lo que no se quería volver a ver pero jamás olvidar. Ahí fueron a parar las fotos de aquel hombre, su ropa, los tejidos de la abuela, y un sinfín de objetos entrañables. Ahí pasó, el cuerpo del pequeño monstruo, sus últimos treinta años, sin ver como el pueblo crecía; como el presidente, aquel alto de buen floro y sin estudios, inauguraba la carretera que conectaba a la capital; como la electricidad llegaba luego de las huelgas campesinas que ahuyentaron a los milicos y a los terrucos por igual; como los mineros informales profanaron los cerros y llenaron las calles de camionetas Hyundai y Cherokee; como las casas de dos, tres y cuatro plantas eran cada vez más y no solamente de la familia del subprefecto; como las grandes empresas trajeron sus marcas y sus letreros de acrílico y la gente que antes tejía su ropa, ahora peleaba por una oferta de “todo al cincuenta por ciento” en un centro comercial que abría sus puertas.

Pero aquella noche Sara recurrió a aquel bendito frasco, aquel que contenía los restos de la extraña criatura. Los caciques contaban que la carne de los moradores del monte era afrodisiaca y con muchos atributos mágicos. Los caciques habían muerto fusilados por el ejército en la oscura época del terrorismo y sus palabras sólo hacían eco en los pueblerinos que sufrieron esos años. Y ciertamente, la carne de aquel maligno ser había curado a un casi muerto Raúl.

Ahora Sara esperaba impaciente a su hijo. Esperaba que volviera de la caza. El ollón con agua estaba hirviendo y la mesa preparada con esos enormes cuchillos filosos que usaba para desollar a las presas.

De pronto la puerta se abrió de golpe. Sara se espantó y vio entrar a Raúl, con la ropa manchada de sangre verdosa y cargando en hombros un enorme monstruo del monte. Lo arrojó sobre la tambaleante mesa y cogió un cuchillo.

— ¡Este es grande, mijito!

—Costó atrapar al desgracia’o —dijo Raúl, algo exhausto—. Y chillaba mucho, pero tiene la carne blandita.

—Trocémoslo rápido mijito, que mañana hay feria y los chicharrones se venden como pan caliente.

Ambos empezaron a despellejar a la monstruosa criatura, mientras hablaban de la abuela Raquel y cómo le encantaba el dulce de leche.

 

 

* Ricardo Zaldívar Arcos (Lima-Perú, 1992) Escribo ocasionalmente, leo todo lo que aparezca ante mis ojos y amo la Historia. Mi correo electrónico es: octavio_decepcion@hotmail.com   

 

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