El Mámláb

 

por Artemio Ramón Fernández*

 

El abuelo de la lluvia estaba frente a la puerta mientras nosotros viajábamos en el espacio de nuestra habitación. Al abuelo de la lluvia, mientras hablaba, le crecía la barba y los cabellos mientras trataba que nosotros lo escucháramos. El abuelo de la lluvia estaba ahí, plantado en el suelo, y de sus poros le brotaba agua, haciendo burbujas en el aire.

Naturalmente no le hacíamos caso, soñábamos el espacio que teníamos: una roca se posaba en los hombros de Efrén cuando al pasar al lado de una estrella, el astro le arrojaba sus polvos, a Julia se le enredaban los cabellos en las orbitas de un planeta, los ladridos de Beroó, nuestra mascota, hacían eco en el espacio. Después, nos íbamos a las montañas del oeste de casa y que le crecían árboles como le crece el zacate al jardín de mamá y volábamos como unos magos de la noche, con varas y sombreros, y nos empujábamos, haciendo llover, porque de pura broma derretíamos las nubes; el agua cuando cae tiene una conjunción de sonidos de aire y tierra, tiene la luz de las estrellas y por eso brilla en la noche como luciérnagas perdidas, como pequeñísimos fueguitos que arden la noche a su manera. Un día conocí un amigo que me dijo que las piedras del arroyo traen la lluvia, entonces dejé una que encontré en el arroyo escondida bajo una planta del jardín; nadie lo sabe, excepto Beroó que me vio colocándola en donde sólo le da el sol a medio día por una pequeña rendija que las hojas hacen para dejarlo pasar.  Pero bueno a veces la lluvia viene. “A veces” significa muchas veces, esta semana dormimos arrullados por el trueno después de empezar a volar una constelación que Efrén nos enseñó —Miren, vamos a ir a un lugar allá— nos dijo, y apuntó con dos dedos, y nos fuimos volando; primero ascendimos por una montaña, después rodeamos un gran árbol con pájaros e hicimos estallar las nubes hasta que los arroyos crecieron por lo bajo, nos divertimos como nunca y volvimos a bajar, y seguía lloviendo. Mamá había dejado en nuestra habitación ropa limpia para cambiarnos.

Desde hace años nosotros seguimos haciendo esto y qué bien nos la pasamos, son agradables los días aquí en casa sobre todo por algo: de nuevo el abuelo de la lluvia, que por cierto su nombre es Mámláb y que no se había aparecido desde hace un tiempo, está frente a la puerta y no deja de hablar, el abuelo de la lluvia tiene una arruga en la frente que lo hace ver chistoso, habla y parece que sonríe, lo invitaríamos a jugar pero no tenemos la llave para salir y además mamá ha dicho que aún no lo dejemos entrar.

 

 

* Artemio Ramón Fernández. (San Luis Potosí, México, 1986). Estudios de psicología en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Asistió de 2009 a 2011 al Taller libre de literatura del Museo Othoniano. Escritor selecto en la compilación Palabras Libertas por la Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado de San Luis Potosí, en septiembre de 2015. Su poesía se ve publicada en revistas electrónicas como La Rabia del Axolotl, Hologramma, Mil Mesetas, El Humo, A Buen Puerto, El Grito Literario, Bitácora de vuelos o Revarena.

 

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*


Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.