El nido

 

por Abel Naal*

 

Una docena de ojos  luminiscentes e ingrávidos aparecieron en el cuarto de Joaquín en cuanto apagó la luz de su cuarto. El miedo bajó lento por su espalda como un líquido viscoso y frío. Intentó buscar el interruptor para encender su cordura. Tardó en darse cuenta que su mano sólo acariciaba el vacío; el interruptor, la pared, el techo, todo fue devorado por una oscuridad que se mantenía únicamente sólida bajo sus pies.

Los seis pares de brillo espectral giraron a su alrededor para luego detenerse en seco y clavar su mirada en él. Sin moverse, presintiendo el peligro, observó  uno de los ojos ubicado a su izquierda. Era  amarillo con una línea vertical negra, un ojo de reptil. Su inapropiada curiosidad lo llevó a estudiar los otros y desatender la situación. Reconoció el de una oveja, un pulpo y un felino, los demás resultaron desconocidos para él.

— ¿A quién perteneces? —preguntó a cierto ojo de pupila estrellada.

— A mí —dijo una voz atronadora que retumbó por todas partes.

El hombre soltó un grito que fue engullido de inmediato por la oscuridad. El miedo hizo que flaquearan sus piernas y cayó de rodillas.

— ¿Qué clase de monstruo eres? —preguntó la voz en un tono menos amenazante.

—Ninguno, soy Joaquín —contestó tragando con dolor su saliva.

— ¿Joaquín? ¿Eso es lo que eres?

—Así me llamo,  soy un ser humano.

—Una abominación, eso es lo que eres —afirmó la voz en tono despectivo.

Joaquín herido en el repentino orgullo de su especie, perdió todo temor y se reincorporó.

—Ante los ojos de otra criatura somos eso, abominaciones —aclaró el renovado hombre.

—No comprendes tu cuerpo está contenido bajo una forma obscena y limitada.

—Así nos creó la naturaleza —y agregó con sorna—. En cambio tú sólo eres una ridícula  multitud de ojos.

La voz explotó en una carcajada siniestra.

— ¿No puedes verme? Ninguno está flotando.

El hombre observó con detenimiento el ojo de pulpo que estaba frente a él. La luminiscencia verde que lo  rodeaba no pertenecía a éste, sino a una pequeña mano traslucida  que lo sujetaba. Aguzando su vista descubrió una extremidad delgada apenas perceptible que se extendía hacía arriba. Por unos segundos fue capaz de ver la escena completa, una docena de brazos con ojos entre sus manos, parecía una grotesca instalación de focos y cables destripados adheridos a un cuerpo deforme que se extendía por todo el lugar incluso bajo sus pies.

—Es mi colección —agregó el monstruo.

En un instante sus extremidades colgantes  mostraron una increíble capacidad retráctil formando un nido de ojos que apuntaba hacia Joaquín quien ya no tenía los suyos.

 

 

 

 

* Psicólogo de profesión. Ha colaborado con reseñas de novelas gráficas y reseña de libros en Tropo a la uña, revista literaria de la península. Participante asiduo de toda actividad encaminada al fomento de la lectura y la escritura.

 

 

 

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