Hallazgo

Pan and Syrinx obra de Peter Paul Rubens

 

por Pablo Alvarado*

Mientras hojeaba libros viejos en un bazar, descubrí una lectura en el reino de

Nápoles, el texto hablaba de cuando el Rey encabezaba una excavación con vestigios de la antigua Pompeya. Una joven delicada, pero dedicada excavadora había logrado desenterrar una hermosa placa tallada en mármol y que mostraba al dios Pan penetrando a una cabra que yacía de espaldas. Con sus patas traseras la cabra trataba de alejar al imponente dios fauno de los pastores y rebaños, pero éste soportaba con pecho de hierro perfectamente representado en el mármol, las mortales patadas del animal y con una mano le sujetaba con firmeza las barbas, jalando hacia él la cabeza de la cabra, los fálicos cuernos del dios Pan, perfectamente erectos hacia el cielo se veían dominantes contra los cuernos curvos de la cabra. Pan, podía así intimidar a su víctima mientras le clavaba; además de su virilidad, una penetrante mirada de poder, fertilidad, lujuria y fuerza que sodomizaban.
En los ojos de la cabra se podía apreciar: asombro, terror, impotencia, dolor o el éxtasis de la pasión, según la mente del observador.

¡Una monstruosidad! Exclamó el viejo rey de mente estrecha y ordenó la inmediata
destrucción de la escultura de mármol.

¡Una monstruosidad! Exclamó la joven delicada, pero dedicada excavadora que, además de ser rubia era amante del arte, al escuchar y rechazar la orden del rey.

¡Una monstruosidad! Exclamó en España el príncipe Ledislao al enterarse que, por esa
simple acción, la joven delicada, pero dedicada excavadora, rubia, amante del arte, que además de ser su hermana y se acostaba con él, había sido decapitada a las ordenes de su padre el Rey. Viajó de inmediato a Nápoles.

El príncipe Ledislao no pudo evitar la destrucción de la pieza de mármol, tampoco la muerte de su hermana, así que sedimentó toda su rabia en una fina y delgada espada con la que atravesó la garganta de su padre mientras dormía.

El nuevo rey Ledislao mandó hacer una réplica hueca y de tamaño natural de la escultura del dios Pan y la cabra. En la parte representada por el dios, entraba él y en la parte representada por la cabra metía a jóvenes delicadas, no importaba si eran dedicadas excavadoras, pero sí que fueran rubias y amantes del arte, para fingir que eran como su hermana con la que se acostaba. Después de penetrarlas, a través de la escultura, introducía la fina espada con la que mató a su padre, las jóvenes morían con lentitud desangradas. Su sangre se juntaba y escurría lentamente por un pequeño hueco que tenía la escultura simbolizando así la fertilidad y bonanza para el reino de Nápoles, en el
recuerdo de su hermana.

¡Una monstruosidad! Exclamé.

¡Una belleza! exclamó mi interior más pensante y lector, que fue quien pagó una
bicoca en aquel bazar.

 

 

 

 

* Llegué a Celaya Gto. con la terrible inundación del ’73 de la cual nunca pudieron comprobarme nada, salí huyendo de ahí, perseguido por un par de momias a las que prometí escribirles una calaverita. Me hice arquitecto en Querétaro y amigo del Fito, el Sabina y el difunto Gustavo, pero también salí huyendo al descubrir en una cimentación, restos de villistas a los que prometí escribirles un corrido. Ahora vivo en Cuernavaca donde intento dejar de huir, por eso escribo cuentos que mantengan a raya restos de cualquier zapatista, chinelo, monstruo o quimera incluyendo: alacranes, cienpies y mantarrayas sin olvidar a un amable colibrí.

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