La cosa

 

por Morgana Carranco

 

Se aparecía por las noches con un lamento casi sordo, seguido de un silencio y un suspiro. Se preparaba para sus actividades nocturnas. Mi padre no me creyó cuando le dije que había algo en la casa. La propiedad cumplía sus expectativas y eso era lo único que le importaba. La compró. Mi madre no entendió por qué decidí instalarme en el cuarto pequeño. Este es más espacioso, insistía. En el otro hay más luz, le contestaba. Y además estaba más lejos de eso.

Un lamento casi sordo, un silencio y un suspiro. La primera noche en esa casa fue terrible. Lo vi despertar. Era muy pequeño, pero tan ajeno a la humanidad que no pude más que tiritar y abrazarme en busca de alguna protección. Se dirigió al cuarto de mis padres y entonces empezaron a discutir. Regresó contento y con una apariencia más nítida.

Un lamento casi sordo, un silencio y un suspiro. Eso, así lo llamaba. Nunca me tomé la molestia de preguntarle su nombre, aunque tal vez debí hacerlo. Dicen que cuando conoces el nombre de algo tienes poder sobre eso. Le hubiera ordenado que se fuera, que nos dejara solos en la casa. Que regresara a ese lugar de donde provenía. Que se fuera de este mundo. Tal vez debí haberle preguntado su nombre, al inicio, cuando era tan pequeño como yo, cuando era controlable. Tal vez… Pero nombrarlo también lo hacía más real. Y yo no quería que fuera real, hubiera preferido que se tratara de una equivocación, de alguna locura no controlada, de algún trauma reprimido dentro de mi cabeza. Así de grande era mi angustia. Como ahora. Después de tantos años vuelvo a tener miedo. Tal vez debí haberle preguntado su nombre. Tal vez… Tal vez si le hubiera preguntado… ¡Ah! ¡Es de viejos este hubiera! ¡De ancianos como yo! ¡De ancianos que no tienen más que lamentarse por las cosas no hechas!

Un lamento casi sordo, un silencio y un suspiro. Se mantuvo alejado de mí por un tiempo. Nunca le gustó la luz ni la ventilación  de  mi cuarto. Pero yo era el único que lo veía. Y a él le gustaba ser visto.

Un lamento casi sordo, un silencio y un suspiro. De vez en cuando, las ocasiones en las que me encontraba especialmente vulnerable o enojado, se me acercaba. Entonces, además de alimentarse de mí, jugaba conmigo. O yo supongo que jugaba. A él le gustaba visitarme porque es terrible vivir en una soledad así, sin nadie que te vea, que te haga caso. Debido a él, yo también me condené a esta soledad. Era mi deber. Pero fui tan ingenuo, tan poco previsor. ¿Qué pasará cuando yo me vaya? ¿Qué pasará con esa cosa?

Un lamento casi sordo, un silencio y un suspiro. Las eternas discusiones entre mis padres lo alimentaban. Al primer grito salía de su cuarto (ese cuarto grande y oscuro del que se apropió) y convivía con la familia. A veces, observaba con coraje mientras él susurraba frases que aumentaban la furia de mis padres. Aspiraba algo negro que salía de ellos, se acariciaba el estómago, eructaba y se iba a recostar. Tanta comida le caía pesada, sin duda. Él tuvo mucho que ver en la separación de mis padres, aunque no creo que haya sido su culpa. Lo que hizo mi padre… eso es asunto aparte. Cuando la gente nace mal, pues está podrida y qué se le va a hacer. Pero eso empeoró la situación.

Un lamento casi sordo, un silencio y un suspiro. Los primeros años era muy pequeño, pero al igual que yo fue creciendo. La diferencia es que yo ahora estoy viejo y él solamente es de mayor tamaño. Durante nuestra adolescencia (tiene mi edad), tenía tanta hambre que empezó a buscar en las casas vecinas. Poco a poco, el vecindario, antes tan colorido y lleno de vida, se tornó gris.

Un lamento casi sordo, un silencio y un suspiro. Una noche, mientras caminaba rumbo a mi casa, escuché a alguien llorar. Me dirigí hacia el callejón de donde provenía el ruido y encontré a mi vecina, sentada en el suelo y llorando desesperadamente. Él la abrazaba, excitado, mientras absorbía aquel color negro que la rodeaba. Ella lloraba con mayor angustia y él se hacía más tangible. En ese estado creo que cualquier persona lo hubiera podido ver.

No sé cómo lo hice pero una especie de relámpago emanó de mí. Empecé a vibrar produciendo un gran zumbido. Quise golpearlo y otra descarga de energía lo derribó. La mirada de mi vecina recuperó su luz, al tiempo que él se volvía borroso. A partir de ese momento mantuvo su distancia de mí y de los demás. Creo que me tenía algún respeto, o quizá solamente un poco de miedo. Lo observaba para asegurarme que no se volviera muy visible; cuando lo hacía, esa extraña energía surgía de mí. Entonces él se enfurecía pero no se sobrepasaba ni conmigo ni con los demás.

Un lamento casi sordo, un silencio y un suspiro. Decidí quedarme en esta casa. Él es mi responsabilidad. Ahora soy viejo y estoy solo. Ya no tengo la energía de antes. Él, en cambio, siguió creciendo y ahora reclama muchas más habitaciones. Por una suerte de consideración, no invade el baño, ni la cocina, ni mi cuarto. Todo lo demás está tomado.

Un lamento casi sordo, un silencio y un suspiro. Siento la muerte cerca y tengo miedo. No porque le tema a la muerte, ésa me tiene sin cuidado, pero él ha ocupado la casa porque sabe que ya no podré hacer nada para detenerlo. Emana de mí apenas un poco de la antigua energía, tan poca que solo produce un murmullo. ¿Quién le impedirá tomar la casa?, ¿la colonia?, ¿la ciudad?

Cada día lo percibo más visible. ¿Cómo evitar morir? ¡Soy tan viejo!

Hoy lo vi tan tangible como cualquier otro objeto. Me preguntó de quién se está alimentando. No ha salido…

 

Es de noche. Un lamento agudo, un silencio y una voz.

 

 

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