Legado

Blood on Satan’s claw, 1971

 

por Víctor Patiño

En el pueblo son todos muy rígidos, arcaicos. A veces creo que son tontos. Cuando voy de la mano con mi madre, cantando y saltando; cuando le ayudo a escoger la fruta y las especias, ya que sus ojos están muy dañados por los años de trabajo en la sastrería; cuando la subo al caballo y le ato bien las bridas para que lo conduzca. Todo eso molesta a la gente. ¿Acaso no tienen esa premura y amor para con sus madres?  ¿Qué clase de humanidad insensible somos?

Nunca he sido una hija ejemplar, es cierto, sin embargo, desde la muerte de mi padre en la maldita guerra civil, me volví una con mi madre. A veces, pasamos toda la madrugada charlando a la luz de las velas. Otras tantas repasando lecturas de su viejo libro negro. Hay noches que no dormimos, inventamos recetas divertidas y las agregamos al libro. Es como poesía, es nuestra iluminación. Recuerdo que la gente le encargaba cosas: rezos y preparados personalizados; todo antes de que sus ojos se debilitaran y sus manos se torcieran como las ramas de un árbol. Ella me decía que era por sus huesos frágiles, pero yo sabía que era por otra cosa. Hoy día la gente me hace los encargos especiales, ya que mi madre me dicta el procedimiento exacto. No hay falla, no obstante, temen. Incluso yo temo, no quiero pasar por lo mismo.

Mi padre nunca estuvo de acuerdo con ello. Discutía con mi madre diciéndole que las pesadillas lo atormentaban tanto que ya no podía pensar. Aseguraba que, incluso despierto, aberraciones infernales le gritaban. Las dos sabíamos sobre los cambios al curso natural de las circunstancias, lo cual equivalía a mover la estabilidad del ambiente. Mi madre ya sufría por eso. Esos eventos  hicieron que mi padre prefiriera ir a matar yanquis.

Mi madre siempre dice las cosas exactas para consolarme. O, simplemente con sus manos acariciando mi cabello, hace que regrese la calma a mí. Hoy más que nunca lo necesitaba.  Decidí no llevar a mi madre hoy al pueblo por las compras. Llovía mucho y pensé que empaparse no ayudaría a su condición en las manos. Durante el trayecto, la gente me observaba y murmuraba.  El abarrotero me atendió de mala gana, sin mirarme ni decirme nada. Al retirarme del pueblo, me insultaron y llamaron bruja;  decían que había entregado mi alma a Satanás y me lanzaron frutos pútridos. Mi madre enfureció cuando le conté y me recostó en su regazo hasta que la vela se consumió y caí dormida.

Al despertar, la gente corría al pueblo. Alarmados gritaban que un monstruo andaba suelto, arrancando almas de inocentes y bebiendo su sangre. La verdad es que me parecieron estupideces y fui a ver de qué se trataba. En el centro del pueblo la escena era macabra: trozos grises de cuerpos colgaban del techo de las casas, las cabezas de los mismos estaban dispuestas en la cornisa de la tienda de abarrotes, en forma de cruz invertida.  Eran tantos pedazos que no se podía saber cuántas víctimas fueron.  Las mujeres lloraban inconsolables tiradas al lado de charcos de sangre; los hombres se apostaban dentro, fuera y sobre las casas, armados con sus fusiles de caza, como esperando un nuevo ataque.

Una mujer, al ver mi rostro pálido por la escena, me reclamó gritándome. Aseguraba que la masacre había sido obra mía, con mis conjuros que habían invocado a Lucifer. Por más que les aseguré que no tuve nada que ver, la gente estaba cegada, buscaban saciar su tristeza con alguien: conmigo.

Corrí horrorizada a casa, con mamá, para refugiarme en sus brazos y que me salvara de la gente.  Aullidos de furia a la distancia pedían mi muerte en la hoguera. Decían que me quemarían como a ella, como a la bruja demoniaca. ¿Bruja?  Nunca nadie se atrevería a cosa tal como en esos pueblos civilizados que aún amontonan costumbres atávicas.  Esas fueron pesadillas colectivas.  Rodearon la casa y exigían que saliera. Estaba aterrada, quería que todo terminara, que se fueran, que entendieran que yo no tuve nada que ver con la muerte de esas personas. Eso tuvo que ser algo… …algo malvado, no yo. Mi madre me tranquilizaba, me aseguró que nada me pasaría, que ni ella, ni él permitirían que nada me sucediese. ¿Él? ¿Se refería a mi padre? Pero hace tiempo que lo enterramos, él murió junto a cientos de confederados, ¿cómo podría protegerme ahora?                                                                                                                                           Abrí la puerta y traté de hablar con la gente. La primera respuesta que obtuve fue una roca en el rostro. El dolor me derribó y a eso le siguieron decenas de piedras que golpeaban de forma cruel todo mi cuerpo. Las antorchas de las personas me sembraban en una ola de calor sucio de polvo en mi abatida existencia. Iluminaban el anochecer que ya nos envolvía. Me tomaron del cabello y me hicieron incorporar a tirones y alaridos. Aunque mis bramidos apagasen, incluso, la rabia que a la gente consumía. Me llevaron a rastras hasta el pueblo e improvisaron una hoguera con paja, hojarasca, leños y papel. Me ataron las manos y pies, tan fuerte que dejé de sentir mis extremidades.  Me patearon hasta el cansancio no obstante mis ruegos y llanto. Mi madre dijo que nada me pasaría y, tanto dolor…no creo poder soportarlo más.

Me lanzaron boca abajo sobre el montón de paja y madera. Decían que me arrepintiera de mi maldad, de mis contratos con el diablo, para que Dios pudiera recibirme. Dejaron caer sus antorchas sobre la yesca mientras rezaban. El calor se acercaba rápidamente hasta comenzar a comer mi piel. Mis gritos de agonía se fueron apagando con el dolor. Lanzaron, dentro del fuego, un trozo rígido, casi momificado. Me exhortaban a que viera lo que le habían hecho a mi madre hace años, por practicar la brujería. Mi castigo, aseguraban, era el mismo que le dieron a ella.

Mi madre… su cuerpo, que nunca se desintegró… el que llevaba siempre al pueblo….por el que la gente me odiaba… yo… ¡la quiero tanto!                                                                                                                        Las llamas se apagaron y ya no sentía dolor. Me levanté, ante el asombro de los pobladores que me veían horrorizados. Mi piel desnuda, carcomida, era lo único que presentaba ante ellos. Caminé entre ellos en dirección a casa. Sí, mi madre y yo somos una misma, les aseguré. Cumplió su palabra. Nunca permitirán que algo me pase. Siempre ha sido así y nada podrá cambiarlo.

 

 

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