No me mires a los ojos

 

por Néstor M. *

Volé desde Estados Unidos hasta Europa, luego por tierra subí a lo alto de las Ardenas Francesas, hasta llegar a Villa de Amos, lugar donde encontraría lo que estaba buscando. Aquel era un pueblo turístico, de acaso diez mil habitantes. Muy antiguo, con vestigios de cementerios y ruinas celtas. El nombre supuestamente proviene del profeta Amos, cuando el pueblo fue reconstruido allá por la edad media, pero otros sugieren que esto no es sino un epítome para nombrar al demonio Asmodeo, lo cual no me extrañaría, según lo que descubrí.

Me hospedé en una pequeña cabaña, nada ostentoso. No podía esperar para comenzar mi búsqueda. Cuando salí a recorrer el pueblo y preguntar a los lugareños, estos me advirtieron que uno nunca debe mirar a los ojos a “la cosa”, y es curioso que lo dijeran, porque esa fue la razón por la que vine aquí. “Todo aquel que la mira a los ojos nunca jamás vuelve a ser el mismo”. ¡Eso es precisamente lo que quería!

Pregunté una y otra vez, agregando que necesitaba encontrarla. Tan sólo me miraban, y se observaban entre ellos, negando con la cabeza. Según escuché, lo que estaba buscando se paseaba por debajo de las calles adoquinadas, entre los ductos subterráneos y las ruinas de lo que ha sido este pueblo a través de las eras. También se dice que vive en los bosques y cuevas naturales a los alrededores.

Algunos afirman que durante la época en que el antiguo imperio romano llegó a este sitio, cayó algo del cielo directo en las montañas, desde entonces algunas personas que vivían en este lugar comenzaron a volverse locas, a comportarse de manera extraña, de pronto les cambiaba el temperamento o hasta la identidad sexual. Otros dicen que lo que aquí mora es producto de los rituales paganos realizados en estos bosques. De hecho, en algunas de las ruinas históricas del pueblo se encuentran grabados de esta criatura; es como un niño, es decir, pequeño y de forma humanoide; de la cabeza resalta una pequeña protuberancia en forma de cuerno; de la espalda le brotan unas incipientes alas de murciélago. Lo curioso es que los grabados datan de eras disímiles, unos anteriores a Cristo, otros al medievo, al siglo XIX y el más reciente es contemporáneo.

“Asmos el inmortal”, es como le llaman. Es un atractivo turístico más, como este paisaje montañoso y las ruinas antiquísimas. Nadie lo ha visto realmente, al menos que yo sepa. Yo soy (o fui) el único loco obsesionado seriamente con este ser, imaginario o no.

Por eso el día que finalmente logré verlo fue la segunda impresión más impactante de mi vida (la primera viene luego de eso); me encontraba conviviendo con un pequeño grupo de turistas españoles. Estábamos en un hotel a las afueras del pueblo, cerca de los campos ovejeros. Yo me retiré a orinar por ahí, tras algún árbol. Mientras tanto pensaba. En casa solía pararme frente al espejo y mirarme el rostro demacrado ya por la edad, la cabeza calva, el lunar en el claro del ojo izquierdo; quizá al final sería la criatura la que terminaría asustándose de mí.

Ahí fue cuando la miré escabulléndose entre los árboles.

Es un ser menudo y encorvado, con una cabeza alargada en la parte de la nuca, cubierta con sólo algunos tirones de pelo negro.

Se metió por la abertura de dos grandes rocas en una colina. No pude seguirlo hasta ahí. Entonces empecé a asomarme a través de los pequeños agujeros en la pared rocosa. Brillaba aún con intensidad el sol de la tarde. Por un momento escuché un ruido en el interior y me quedé mirando fijamente por una hendidura.

Noté entonces dos grandes ojos que me parecieron conocidos. Creí estarme reflejando en el espejo, pues era imposible que aquel ser tuviera exactamente el mismo lunar en el ojo que yo. Fue entonces que me di cuenta que no era un espejo, en realidad me estaba viendo a mí mismo, desde los ojos de “la cosa”.

De pronto la imagen torció la boca, una sonrisa perversa, sus (o mis) ojos lanzaron un destello sagaz.

Vi mi propio rostro sonreír con un dejo de satisfacción, entonces se dio la vuelta y se marchó. Descubrí entonces mi nuevo cuerpo, sentí las escamas, las alas de murciélago, el hedor que salía de mi boca, la ausencia de voz. Yo estaba ahora dentro de “la cosa”.

Al anochecer salí y me refugié entre las ruinas que hay debajo de la iglesia. Comencé a palpar a conciencia mi cuerpo: ahora yo soy el monstruo.

Al entrar a este cuerpo, empecé a sentir que  mi cordura iba siendo devorada poco a poco desde adentro. El cuerpo de esta criatura es como si estuviera cargado con el germen de la desesperación, del luto. Por eso no importa cuán fuerte sea la voluntad que acabe atrapada en él, esta carne, por más inmortal que sea, encuentra el punto débil de la mente que lo habite.

Quienquiera que estuviera aquí dentro antes que yo, se llevó mi cuerpo viejo y agotado. A cambio yo me he quedado con esta inmortalidad horrible. Sabrá Dios quién sería esa persona y cuánto tiempo tuvo que esperar para lograr salir. ¡Cuánto tiempo tendré que esperar yo!

¿Tendrá alguien el valor de mirarme a los ojos?

 

 

 

* Originario de Los Mochis, Sinaloa, y egresado de la Licenciatura en Relaciones Comerciales Internacionales por la Universidad Autónoma de Sinaloa, en su hacer literario escribe cuento, poesía, ensayo y artículos varios para su blog personal: El Nómada y para la página cultural mexicana Universitarios sin Prejuicios. En 2016 fue seleccionado como becario para el Festival Cultural Interfaz, los Signos de Rotación.

Página en Facebook: https://www.facebook.com/elnomadan/

 

 

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