Razhlom y los hijos del viento

 

por Iván David Ulloa*

“Sin embargo, aquí, sobre una página nuestra mirada horrorizada encuentra formas monstruosas que ningún ojo humano debería ver…”

H.P. Lovecraft

 

Un cigarrillo tras otro nubla la silueta de aquél joven escondido en el telón nocturno. Unas cuantas imágenes postradas en su mirada y unas manos que deslizan hoja por hoja hasta desvanecerse en el olvido. El libro que tenía Javier olía a tiempo, uno donde los hombres apenas podían escribir con jeroglíficos extraños. Aunque él no podía descifrarlos sabía lo que decían.

Una tarde, Javier encontró ese ejemplar en una librería de viejo cerca de su casa. Lo tomó y no apartó su vista del título, sacó su libreta y apuntó “Razhlom y los hijos del viento”. De inmediato, el dueño de la librería se acercó y le preguntó por qué había escrito eso, a lo que Javier le contestó: ese es el título. El encargado se sorprendió, empezó a temblar y le dijo a Javier que se fuera de su establecimiento y se llevara ese libro, pero con la condición de que nunca más volviera a su negocio. Al día siguiente el librero murió.

Pasaron  cinco días donde Javier hojeaba una y otra vez aquel compendio de símbolos extraños. De repente apuntaba unas cosas, destruía la hoja y le prendía fuego. A pesar del extrañamiento de sus padres, debido a su actitud, no le decían nada, ya que al acercarse sentían como poco a poco un tipo de espanto sobrenatural recorría su cuerpo.

Javier se dio cuenta de la reacción de sus padres y decidió que sería mejor estudiar el libro por las noches en el parque que estaba enfrente de su casa. La brisa nocturna lo ayudaba a relajarse para poder entender cómo funcionaban aquellos símbolos primitivos.

Mediante el paso del tiempo, el muchacho supo que la simbología no pretendía ser de invocación, sino de construcción. También entendió que ese libro pertenecía a una civilización antigua jamás estudiada.

Nunca se supo cómo podía llegar a semejantes conclusiones, y cuando le preguntaban sólo repetía: simplemente lo sé. Javier se percató de que el libro nunca le perteneció, más bien él pertenecía a ese engranaje primigenio de dudosa reputación.

A pesar de que Javier era un muchacho como cualquier otro, pasaron los días y cada vez  se encerraba más en su cuarto, hasta que no salió por un largo tiempo. Sus padres acudieron al psicólogo para tratar de persuadir al joven, sin embargo, sus esfuerzos fracasaron. Como último recurso para convencer a Javier de salir, llamaron al sacerdote de la iglesia de la colonia. El clérigo al entrar a la casa empezó a llorar sin razón alguna, después se tendió en el piso de rodillas y repitió un rezo durante un largo tiempo, por último roció agua bendita en casi todos los rincones. Cuando se tranquilizó le dijo a Javier: hijo mío, no abras nunca esa puerta y quémate con el fuego del infierno. Al terminar esa frase, el capellán salió corriendo de la casa y lo atropelló un auto que pasaba sobre la calle, fue hospitalizado y murió cinco días después. Los doctores dijeron que fue por un paro respiratorio, pero ellos sabían que era una mentira para no ocasionar pánico en la gente. Sacaron los restos en una pequeña caja de madera que tenía en sus paredes distintos rezos, luego la incendiaron.

Desde luego, los padres de Javier sabían que su hijo, de alguna manera, había tenido la culpa, pero no le reclamaron. Los días siguientes después del “funeral-incineración” fueron de verdadero espanto para los señores. En el día se escuchaban voces guturales y se veían sombras, pero en las noches las voces y las sombras se personificaban en seres deformes extraídos de otro mundo. Al principio únicamente los molestaban pero después los tomaban con sus garras hasta provocarles cierto dolor, no físico, sino más bien espiritual. Los entes iban de aquí para allá con sus pequeñas alas y hacían un verdadero desastre en toda la casa. Su risa malévola traspasaba los oídos hasta llegar a postrarse en el alma de los  padres de Javier, y con lentitud sustituían sus pensamientos.

Los vecinos al notar estos ruidos nocturnos, se hartaron y llamaron a la policía; quienes al llegar se encontraron con dos troncos corporales tendidos en el sillón de la sala. Las extremidades de los cuerpos estaban distribuidas al azar por toda la casa y los policías se sorprendieron al descubrir que las cabezas estaban en la iglesia, a lado del crucifijo  principal.

Los cuerpos se encontraban con signos de brutalidad, pues daban la apariencia de que los brazos y las piernas fueron arrancados. Todo el tronco tenía heridas profundas y circulares, donde los doctores aseguraban fueron hechos para el acto sexual. Sus conclusiones se dieron gracias a un estudio minucioso que mostró que esas heridas tenían las mismas terminaciones nerviosas que las vaginas femeninas. Cada una de las heridas.

Javier, en su enclaustramiento descubrió una de las verdades de aquél libro. Encontró la manera de acomodar esos símbolos y trabajó día y noche en postrar esos símbolos en las paredes, techo y suelo de su recámara. Los acomodaba de una manera en especial, cerraba los ojos, se hundía en una meditación y con su mente construía distintos seres con la simbología. Lo que no sabía era que esas construcciones creaban criaturas sombrías y espectrales. Pero bueno, Javier nunca vio la única frase que estaba al final del libro, la cual era: “Razhlom, el único dios verdadero dominará tu mente y creará verdades, mientras tú moriste desde el día en que me encontraste”.

 

 

* Iván Vargas, estudio letras hispánicas en la UAM, unidad Iztapalapa. Tengo 24 años y a pesar de que escribo desde hace tiempo, este es mi primer año que me publican obras como: “Amor a la familia”, “Mi querida Emilia”, “Círculo de hadas” y “Última noche”.

 

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