El coco

Siniestro, del año 2012

 

por Nessie*

 

Cuando éramos pequeños, nuestros padres y abuelos nos mantenían a raya con ciertas historias de terror ñaca-ñaca. Ya sea con El Charro Negro, El Cipitio, La Siguanaba, La Llorona o El viejo del costal, nuestros mayores intentaban hacer que respetáramos los horarios de comer, hacer la tarea y dormir. O sea, daba miedo ir al baño a en la madrugada, pero el respeto ante todo. Muchas gracias, mamá y papá.

Dejemos un instante de lado nuestras memorias para pasar a lo interesante: el Coco. Este individuo del tipo monstruoso nos ha causado pesadillas a más de uno. No es como el Monstruo del Armario o el Monstruo Bajo la Cama. No. La naturaleza del Coco es más del tipo salvaje.

El Coco es denso como la noche, oscuro como autor checo. Es el causante de las pesadillas, gracias a él las tenemos. Se preguntarán ¿cómo? Pues el Coco tiene un polvo cósmico oscuro, el cual extrae del agujero negro más recóndito del Universo. ¿Qué les parece si le damos una descripción al buen Coco para que sepan reconocerlo? Cuando despierten a la medianoche y vean una neblina gris que rodea la cama, mientras el Trino del Diablo de Giussepe Tartini suena distante, luego más cerca, cada vez más cerca; el aire se vuelve denso, agrio, y en la garganta sientes un nudo. Ahí está el Coco. No es material, sólo en sueños.

 

 

Según cuenta la tradición de los padres y abuelos, únicamente molesta a los niños traviesos. Sus clientes habituales son simples truhanes que no quisieron ir a la escuela o no cumplieron con su tarea.  Si desobedeciste a tus mayores, lo más probable es que lo veas cuando vayas a dormir. No te hará daño, si es lo que piensan, ni se los llevará a algún mundo de pesadilla y tormento inenarrable para que piensen lo que hicieron y enmienden la falta. No, eso no. Lo que hace el Coco es más malvado; rebusca en la mente y se cuelga de los más profundos temores: oscuridad, soledad, alturas, muñecas, payasos, bichos, etc. Su trabajo es hacerlos realidades, darle vida a lo más oscuro de tu mente.

Si estás seguro que tú lo que tienes es un Monstruo del Armario o un Monstruo Bajo la Cama, puedes estar tranquilo. Está escrito en las normas que rigen el mundo de los monstruos: si tienes un monstruo, ningún otro puede molestarte. Es cuestión de territorio, si quieren verlo de esa manera. Como lo expliqué en otro artículo, los dos monstruos antes mencionados no deberían ser temidos, sino más bien incluidos. El caso del Coco es más extremo.

Hablar del Coco es… difícil. ¿Recuerdan a ese compañero de escuela u oficina con el que es imposible convivir porque nunca está dispuesto a participar en las fiestas o actividades, de todo se queja y no pone solución, imposibilita los canales de comunicación y aparte te da la impresión de que fue él quien mató a la mamá de Bambi? Pues así es el Coco. No convive con otros monstruos sin importar que se encuentren en crisis (tiempos donde casi no hay gente para asustar, cacería de monstruos, etc.). Pero no vengo a darle mala fama, sino a decirles cómo librarse de él.

Escriban una carta a “Monstruos Cocorp, Silvia Pinal de la Triste Historia (MonCoco, S.P. de T.H.)” en la cual detallen los motivos por los cuales el Coco debe dejar de ser su monstruo. Ojo aquí, tienen que ser muy específicos. Tienen que dar una buena razón para que hagan el cambio, de lo contrario nadie va a leer la cartita que manden mientras se escucha esa rolita de “mujer, belleza plena que engalanas día con día…”. Si aceptan su carta, en menos de tres días tendrán a un nuevo ser que se alimenta a base de sustos. De lo contrario, el Coco vendrá molesto, ya que se le notificará que intentaron cambiarlo por algún otro monstruo y, bueno, supongo que son conscientes de lo que va a pasar ahora.

No lo hagan por impulso, piénsalo. Se despide de ustedes Nessie May Zeta. Los quiero mucho, y los quiero ver gritar triunfar.

 

 

 

* Nessie Zeta es una  chica multifacética que volvería loco a cualquiera en un solo día: bajista, baterista, cantante, escritora y fotógrafa/dibujante de ratos libres. Comenzó a leer y escribir a los 4 o 5 años de edad. De gustos bastante excéntricos, ha confesado que escribe la mayoría de sus textos en el cementerio de la ciudad y que dicho lugar es el favorito para pasear y pensar.

 

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