El jardín de juegos

El pueblo de los malditos, 1960

 

por Diego Hernández*

 

No existe un solo instante en el que no haya estado consciente de encontrarme fuera del paraíso.

E. M. Cioran

El jardín de juegos era un lugar hermoso, lleno de docenas de columpios de todos los colores, resbaladillas y pasamanos, entre muchas cosas más, que alegraban el día a un centenar de niños que asistían a él. Eran sus juegos inocentes, muchas veces ignorando el equipo que les rodeaba. El simple hecho de poder jugar con otros como ellos los hacía felices.

Un buen hombre, al ver la felicidad de los infantes no pudo evitar decirle a uno de ellos:

—Ya que ustedes se portan bien, lograrán tener el mejor jardín de juegos.

El niño que escuchó esto, no podría ser descrito como el más listo, ni el más avispado, aunque que sí el de más buena fe. Es por eso que al irse el hombre corrió a contarle a un par de sus compinches lo que había escuchado. Ellos a su vez se lo contaron a otro par y el jardín de juegos se llenó de una creencia que rezaba que existía un mejor jardín de juegos al que sólo podían entrar los niños que se portaran bien.

Los juegos se detuvieron. Algunos infantes se reunían en círculos para escuchar la versión que tenía cada uno del jardín prometido. Muchos quisieron ignorar esas palabras y se decían que no existía otro parque, más que en el que estaban. Esto no los convencía por completo y escuchaban a lo lejos a quienes relataban historias sobre el mejor jardín de juegos.

En el jardín ya nadie jugaba, todos en sus grupos se imaginaban cómo sería el otro jardín : más grande, con más columpios y resbaladillas de oro (aunque los niños no conocían el oro, por sus padres sabían que las mejores cosas estaban hechas de él). Cada grupo pensó en su propia forma de llegar a tener el jardín de juegos prometido. Algunas formas chocaban entre sí y pronto los problemas empezaron. Los niños que momentos antes jugaban juntos, se golpeaban sin compasión porque cada uno defendía su forma de llegar al mejor jardín de juegos. Todos terminaron sucios, y alguno con rasguños profundos que tuvieron que ser tratados con gasas e incluso con sutura. Muchos terminaron llorando y no fue sólo una la amistad que aquel día rompió.

Al llegar los padres por ellos, vieron la situación grotesca que acontecía en el jardín. Fue por eso que prohibieron a sus hijos regresar al parque. Abandonado, el jardín de juegos pronto se volvió un basurero.

 

 

 

*Diego Hernández estudió la carrera de Física, donde descubrió que no estamos tan lejos de vivir en un mundo fantástico. Seguidor de Tesla, y en especial de Faraday, trabaja en la carrera incansablemente. Psicólogo de closet, se debate entre Jung , Madow y Fromm, aunque siempre al escribir se ayuda del primero.

 

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