Entre agujeros de conejo y cuadernos verdes

Ilustración de Heather Theurer

 

por Alejandro Morales Mariaca*

  

Alicia en el País de las Maravillas, titulada originalmente Las aventuras subterráneas de Alicia, es una obra inmortal de la literatura que nos fue legada por Lewis Carroll, pseudónimo de Charles Lutwidge Dodgson, clérigo, matemático y fotógrafo inglés que vivió durante la segunda mitad del siglo XIX.

Considerada desde su génesis como una brillante fábula infantil, la Alicia de Carroll presenta ciertas notas siniestras que llaman poderosamente la atención y que van más allá de los desarticulados y estériles esfuerzos de la Reina de Corazones de córtale la cabeza a la niña. Hay sin lugar a dudas algo perturbador en esa extraña comarca de maravillas en la que el absurdo acampa a sus anchas, y en la que se cuestiona no sólo la cordura de quienes lo atraviesan, sino también su identidad.

 

Quien sea que se haya adentrado en el argumento de esta historia, así como de su continuación: Alicia a través del espejo, no tardará en encontrar suficientes elementos que pueden conducir a la siguiente pregunta: ¿y si esta serie de disparates no fuera más que la piadosa forma en la que la mente de una niña encubrió algo en verdad temible?

Detengámonos aquí un momento, pues las cosas están por ponerse todavía más extrañas.

No muy lejos de la época en la que la joven Alicia cedió a la curiosidad de perseguir a un conejo blanco (y el color es un elemento importante a la que volveremos después) por su madriguera, una niña anónima, conocida únicamente como la niña del Cuaderno Verde, antes de ser encontrada sin vida, dejó constancia en su diario de una serie de encuentros con criaturas del bosque en extrañas circunstancias. Seres preternaturales conocidos como el Pueblo Blanco. Sí, como el conejo que tanto obsesionó a la pequeña Alicia.

 

 

Esto podría ser sólo casualidad. Pero no es la única.

En el magnífico relato de José Carlos Somoza titulado That way madness lies, el cual puede encontrarse en el libro Steampunk: Antología retrofuturista, un atormentado y anciano Carroll recibe incómodas, aunque impostergables cartas de un joven Arthur Machen, joven autor del cuento El Pueblo Blanco, quien veía en el reverendo un reflejo de sus propios terrores.

 

 

Años antes de que Somoza expusiera esta relación entre ambos escritores, Alan Moore ya había hecho sus propias conjeturas al respecto en los imperdibles volúmenes de su serie La liga de los hombres extraordinarios, donde deja constancia de las extrañas profundidades que, al menos hasta mediados y finales del siglo XIX, podían encontrarse en los bosques británicos.

Sean o no verdad estas especulaciones entre las obras de Carroll y Machen, lo cierto es que resultan demasiado atractivas como para pasarlas por alto, e incluso quien suscribe estas líneas, no ha podido evitar caer en la tentación de explorar esa veta, obteniendo como humilde resultado una de mis obras favoritas: La verdad tras la desaparición de Alice L., donde Sherlock Holmes se enfrenta a sus tres famosos casos sin solución, y en los que las historias de ambas niñas tienen mucho que aportar.

 

 

Fuera de conjeturas y juegos metaliterarios, que de eso se han tratado precisamente estas líneas, Alicia en el País de las Maravillas es una obra hermosa donde las haya, la cual admite muchas lecturas, y que todo el mundo debería poder conocer, tal como lo hicieron, hace muchos, muchos años, un par de niñas durante un paseo vespertino.

 

 

 

 

* Alejandro Morales Mariaca es un escritor, quien actualmente vive en Texcoco. Los géneros sobre los que escribe son: Steampunk, Pastiche Holmesiano, Horror Cósmico, Policíaco, Zombie, etc. Su obra ha sido publicada en México y España.

 

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