La imaginación

 

por Abraham M. Vázquez*

 

“Todos los mayores han sido primero niños

(pero pocos lo recuerdan)”

Le Petit Prince, Antoine de Saint Exupéry

No hay mente que tenga una capacidad tan desarrollada para crear mundos imaginarios como la de un niño. Por años, los adultos se han asombrado de la facilidad con la que ellos crean historias y personajes de la nada; y,  aunque a veces nos resulte difícil creerlo, todos en alguna ocasión pudimos hacerlo. Hay muchos argumentos que sustentan esta afirmación: ¿Quién de niño no tuvo por lo menos un amigo imaginario que lo acompañaba en sus juegos o como cómplice de alguna travesura? ¿Cuántas veces no jugaste a que el suelo era arena movediza o inclusive lava y te pasabas brincando de piedra en piedra para salvar de forma milagrosa tan peligroso obstáculo? Y así podemos seguir dando ejemplos de lo magnífica que era nuestra imaginación cuando éramos unos chiquillos.

¿En qué momento perdemos la capacidad para imaginar todas esas magníficas aventuras? A muchas personas les gusta achacarlo a la edad adulta con los típicos argumentos que para “madurar”, debemos dejar atrás todo aquello que nos identificaba como niños, que en el mundo adulto no existe lugar para jugar con el amigo imaginario ni es posible ser un audaz espadachín o un valeroso astronauta. Y lo que resta de nuestra vida, pasamos anhelando regresar ,aunque sea solo por algunas horas, a nuestra feliz niñez.

Es cierto, crecer no es sencillo. Conforme vas pasando a la edad adulta, la cantidad de obligaciones aumentan de manera exponencial, tanto en la vida personal como en la educativa y laboral. El tiempo —que en ocasiones se te hacía eterno cuando eras niño— va disminuyendo de forma drástica y si tienes suerte y aprendes a organizarte,  las pocas horas que tienes disponibles, prefieres utilizarlas para descansar y lo último que quieres hacer mientras tratas de olvidar tus problemas es utilizar tu mente para imaginar algo.

Pero de forma paradójica, en este punto encontramos una situación que siempre se nos pasa por alto. ¿Si todos los adultos piensan de la misma manera, de dónde salen todas esas historias que en más de una ocasión nos han hecho soñar? Basta darnos un espacio en nuestra rutinaria vida y visitar una librería, para ver la cantidad de historias inventadas por las personas adultas.

Se puede argumentar —sin temor a estar equivocados— que ellos a eso se dedican, y por ende, que se les paga por imaginar y crear historias. Es cierto, de cierta manera. Pero ¿Alguna vez te has puesto a pensar si Antoine de Saint-Exupéry dedicaba todo su tiempo para escribir? Por supuesto que no. En sus inicios, este célebre escritor se mantenía con otras actividades e inclusive, a pesar de lograr un notable reconocimiento con su obra principal Le Petit Prince (El Principito, 6 de abril de 1943) mantiene sus otras actividades “adultas” hasta desaparecer de manera desafortunada mientras hacía un sobrevuelo por el Mediterráneo en 1944.

 

 

Tenemos un caso similar en el denominado maestro del terror Stephen King. Antes de llegar a la fama con sus novelas de terror y de poder conseguir un trabajo estable, tuvo que sobrevivir como trabajador de una lavandería. Con serios problemas económicos, se cuenta que el borrador de Carrie ,novela con la que se daría a conocer, corrió el riesgo de irse a la basura.

 

 

De forma más reciente , tenemos la historia de J. K. Rowling, madre de uno de los magos más conocidos a nivel mundial: Harry Potter. Siendo madre soltera, antes de logar que una casa editorial se interesara por su pequeño mago, tuvo que sobrevivir del apoyo económico que el estado le entregaba.

 

 

Haciendo a un lado su historia de éxito, algo que nos debe llamar mucho la atención, y que es la piedra angular de este pequeño artículo, es el hecho que estos escritores a pesar de llevar una vida adulta, nunca dejaron de imaginar como lo hacían como cuando eran niños y eso les ayudó a crear toda una serie de historias que hasta el día de hoy nos sumergen en mundos maravillosos y de pesadilla y que sólo la mente fértil de un niño es capaz de lograr…

 

 

 

 

* Abraham M. Vázquez se considera un ciudadano común y corriente. Ingresó hace unos años a la escuela de Técnico en Urgencias Médicas de la Cruz Roja Mexicana, cuya profesión ejerce hasta la fecha. Su primer acercamiento real al mundo de la literatura fue en la secundaria. Es ahí cuando conoce a Rudyard Kipling y su famoso Libro de las tierras vírgenes. Actualmente escribe una historia en un mundo de fantasía: Las crónicas del Tetraverso, historia en la que hasta la fecha sigue trabajando.

 

 

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