Monstruos y público infantil, una breve historia

 

por Jorge Palafox*

 

Dentro del armario, agazapado entre la ropa o los cajones; debajo de la cama, tal vez metido en el rincón más oscuro y polvoriento; o acaso en los sueños, entre la niebla de los sutiles paisajes que llamamos pesadillas; no importa dónde: para los niños, los monstruos están al acecho siempre en los escondrijos más insospechados.

El miedo en la psicología infantil ha sido objeto de estudio por parte de numerosos especialistas alrededor del mundo; dichos análisis registran temores muy específicos de acuerdo al rango de edad del infante. Tal es el caso de Francisco Xavier Méndez, catedrático español, quien afirma que entre los seis y los ocho años crece el miedo inspirado por seres imaginarios, como brujas, fantasmas o extraterrestres. Es decir, los monstruos, aquellas criaturas fantásticas dotadas de poderes desconocidos y apariencias espeluznantes.

Sin embargo, en el mundo de la producción artística dirigida al público infantil, los monstruos han cobrado, en muchos casos, un matiz diferente: conservan su extraña apariencia exterior, aunque su conducta es mucho más amistosa, menos amenazante  — incluso cómica—, lo que atrapa la atención de los pequeños.

Se necesitaría una investigación verdaderamente profunda para conformar una historia de los monstruos que se han ganado el cariño del público infantil, pero es posible realizar un esbozo de las criaturas más representativas que han poblado el arte y el mercado para diversión de los más chicos —y no tan chicos—  de la casa.

 

Siglo XIX: los monstruos a escena

Es probable que los primeros intentos serios de proyectar seres fantásticos para disfrute exclusivo de la población infantil, fuera inaugurada por la creatividad e ingenio de autores como los hermanos Grimm o el británico Lewis Carroll.

Si bien desde épocas pasadas las narraciones orales y los llamados Bestiarios —publicaciones que registraban animales reales y fantásticos para deleite y satisfacción intelectual de los niños— tomaron en cuenta la curiosidad de los menores, no fue sino hasta el siglo XIX que los adultos se empeñaron en crear productos artísticos especiales para infantes.

Los cuentos de hadas de los Hermanos Grimm —que muchas veces fueron censurados o modificados en acato a las rígidas normas morales de la época— proyectaron en el escenario criaturas y brujas que no eran siempre las más amistosas.

Posteriormente, considerando que los hermanos Grimm murieron poco antes de la primera edición de Alicia en el país de las Maravillas, el matemático Lewis Carroll —peor conocido como Charles Lutwidge— revolucionó el complicado arte de crear mundos fantásticos infantiles.

Si bien muchas de las criaturas que estos autores plantearon en sus textos no pueden ser consideradas monstruos en el estricto sentido de la palabra —¿quién tiene una definición clara y concluyente de lo que es, o no es, un monstruo?—, abren paso a la evolución monstruística del arquetipo que prevalece en la actualidad.

 

 

Donde viven los monstruos

El estereotipo de monstruo peludo, enorme y colmilludo se volvió un denominador común en el tránsito hacia el siglo XX. Sin embargo, que tales criaturas fueran amistosas, festivas y contaran con un amplio abanico de sentimientos humanos fue una innovación prodigiosa, que supo aprovechar muy bien el escritor e ilustrador Maurice Sendak (1928-2012) quien publicó en 1963 Where the wild things are (Donde viven los monstruos).

En este relato, Max, el protagonista, es un niño que se encuentra encerrado en su habitación —castigo que obtiene después de una discusión con su madre—, donde emprende un furioso viaje a una tierra feroz habitada por monstruos extraños quienes disfrutan  de los juegos y la diversión, pero tienen también un lado indómito que Max habrá de dominar al ser coronado rey de estas singulares criaturas.

La revelación en este cuento de Sendak proviene de múltiples frentes. Por un lado toca sentimientos oscuros: como la soledad o la tristeza, que pretenden ser alejados del mundo infantil por un sector de adultos moralinos. Por el otro, las bestias del ilustrador estadounidense no son ya las criaturas feroces que devoran menores sólo porque se “portaron mal”, sino que presenta a monstruos amistosos, juguetones, con personalidades singulares y problemas semejantes a los que un niño suele enfrentar.

La variada producción de Sendak no se limita a Donde viven los monstruos, pero hay que aceptar que es su obra más divulgada y aclamada por el público de todas las edades. En un prodigioso homenaje, el cineasta Spike Jonze llevó a la pantalla grande dicha historia (Where the wild things are, 2009), en la cual se concreta la belleza del mundo que durante años imaginaron los lectores de Sendak.

 

 

Yo quiero un monstruo que sea mi amigo: The Muppets

En la década de los cincuenta, una curiosa marioneta de rana creada por el productor Jim Henson, comenzó a cimbrar la televisión en Estados Unidos. Ante el éxito de Kermit —que en México conocemos mucho mejor como Rana René—, el titiritero creó más personajes hasta que el elenco conformó la familia gigantesca que conocemos hoy en día.

El triunfo de estas indefinibles marionetas que cobran forma de animales, humanos y quimeras por igual, llegó a los televisores de casi todo el mundo. En México, los protagonistas de la serie Plaza Sésamo eran Abelardo, Pancho y Lola, quienes alternaban sus discusiones y melodías con pequeñas cápsulas de otras marionetas, en las cuales los monstruos eran una constante.

Desde el tierno y enloquecido Comegalletas, pasando por Archibaldo, un flaco ser azul de gigantesca nariz rosa, quien se agotaba explicando conceptos como “arriba, abajo, alrededor y a través”, hasta Animal, el delirante baterista de una banda netamente Muppet: todos pertenecen al género de monstruo amigable; una caterva de criaturas cómicas, sensibles y hasta educativas.

Como punto cúspide de esta nueva generación monstruosa, los nacidos bajo el sino de las décadas 80´s y 90´s recordarán, tal vez, una cápsula de Plaza Sésamo donde una marioneta de una niñita canta vigorosamente la tonada: “Yo quiero un monstruo que sea mi amigo/ yo quiero un monstruo con quien jugar”, acompañada por curiosas bestias musicales.

 

 

Monstruomon: monstruos para llevar

A raíz de esta concepción del monstruo-afable, en la industria de los videojuegos y las caricaturas nació la idea del monstruo portable, aquel que, de algún modo, no es únicamente nuestro amigo, sino que cumple mandatos y obedece órdenes.

Desde mediados de la década de 1990, el auge del género anime proyectó esta nueva idea. En Neon Génesis Evangelion (1995), por ejemplo, un grupo de adolescentes controla gigantescas maquinarias híbridas que luchan contra monstruosos ángeles surrealistas.

No obstante, Evangelion nunca fue una serie destinada al público infantil, por lo que el verdadero éxito de los monstruos portátiles llegó con Pokemón (abreviación de Pocket Monsters), donde centenas de curiosas criaturas, de todos los tamaños y con múltiples poderes, son puestas a luchar entre sí por sus amos.

La pokemanía tapizó a occidente con la figura de Pikachu, el monstruo-personaje principal de la serie animada. El fervor alcanzó a niños de todas las edades alrededor del mundo, por lo que se buscó generar series que imitaran a Pokemón con mayor o menor fortuna, tales como Digimon (1999) o Monster Rancher (1999).

A pesar de que tanto los muppets como los pokemones formaron categorías propias a partir del éxito global alcanzado, no cabe duda que todos entran en la amplísima etiqueta de Monstruos, tomando en cuenta su apariencia y condición.

 

 

Monstruos y niños del nuevo milenio

El estereotipo de monstruo agradable, cálido, complaciente y divertido llegó para quedarse en paralelo con su contraparte: terrible, grotesco y aterrador.

En la actualidad, este tipo de criaturas que de inmediato se enganchan al gusto del público infantil —y de los adultos, hay que reconocerlo— han contado con representantes maravillosos como James P. Sullivan y Mike Wazowski en Monsters Inc. (2001) Monster University (2013), donde se narra un mundo lleno de monstruos que le tienen pavor a los niños.

O las producciones de Cartoon Network y Nickelodeon con Mansión Foster para amigos imaginarios (2004) y ¡Ah! Monstruos de verdad (1994), respectivamente, que merecen menciones mucho más detalladas.

Es evidente que en este listado no están todos los monstruos existentes, ni son todos los que deberían, pues el extenso catálogo de bestias curiosas que pueblan el mundo infantil continúa ensanchándose con el tiempo. Sin embargo, cada lector tendrá su personaje preferido en un olvidado almacén de nostalgias.

 

 

 

* Nombre: Jorge Martínez Palafox

Lugar y fecha de nacimiento: México, DF. 9 de julio de 1989.

Egresado de la licenciatura en Comunicación y Periodismo de la Facultad de Estudios Superiores Aragón. 

Participó como redactor en la revista Presença Lusitana de la Coordinación de Lenguas Extranjeras de dicha facultad. Se ha desempeñado como reportero en los periódicos Reforma y Diario de México y como corrector de estilo en el Instituto Nacional Electoral. 

Algunos de sus textos fueron recopilados en “Las máscaras que son las personas”, memoria del primer Taller de Creación Literaria impartido por el poeta Daro Soberanes en el Centro Comunitario Casa Morelos, en Ecatepec, Estado de México.

Participó también en el Curso “Periodismo literario y difusión de la cultura” impartido por la escritora Claudia Posadas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

 

 

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