Monstruos que hacen época

 

por Christel Guczka

Más allá de conocer a los monstruos a través de su raíz etimológica monstrumlo que se muestra , o bien, desorden de la proporción de las cosas—, nuestro contacto más directo con estos seres viene íntimamente ligado a los años infantiles, en donde no sólo la oscuridad del clóset o la parte inferior del colchón los resguardaban, sino que además siempre habría un hombre redondo con grandes ojos, llamado “El Coco”, que estaría esperando de forma ansiosa a que nos portáramos mal para llevarnos quién sabe a dónde…

Lo cierto es que, sea cual sea nuestro sentir hacia estos “entes extraños”, debemos reconocer que han producido, desde hace siglos, una fijación tan fuerte que se han convertido en seres en verdad atractivos y necesarios en la vida cotidiana. Los monstruos como entidades divinas o malévolas han servido a las necesidades humanas, ya sea como método de “control” ante determinadas acciones, pensamientos o emociones a través de estos seres punitivos o bien, para encontrar que hay nuevas posibilidades de existencia y conducta, pudiendo hallar en la monstruosidad una estética pura de belleza.

Pero qué pasa con los orígenes de los monstruos en la historia de la Literatura. Partiendo del concepto de que monstruo es cualquier creatura poseedora de características anormales, es importante mencionar que desde la Antigüedad, un niño que nacía deforme era considerado como portador de un mensaje divino. A partir de esta concepción no sorprende que el primer escrito literario cargado de monstruos fuera Las Crónicas de Gilgamesh. En ellas aparece el protagonista acompañado de Enkidú quien, a través de las doce tareas que deben realizar a lo largo de la historia, representa esa parte sombría, aunque no malvada. A partir de entonces, las representaciones de monstruos irán ligadas principalmente a las divinidades, como el mismo Yavhé o los dioses hindúes que poseen características monstruosas.

 

Fragmento de la Epopeya de Gilgamesh

 

La creencia de monstruos o seres extraños siempre estuvo presente en el mundo antiguo. Se les consideraba más seres naturales que sobrenaturales. Platón negaba de manera rotunda que fueran fuente del mal, por el contrario, junto con sus seguidores, pensaba que podrían estar influidos por algún demonio, sin tener por ello que implicar una maldad intrínseca.

Prácticamente no se cuestiona la realidad externa de estos seres hasta finales del medioevo, en donde una gran parte de los rabinos creían en dybbuks, seres monstruosos generados en nuestra mente para crear temor y dominar así las pasiones más arrebatadas.

Mil ejemplos similares se pueden encontrar en los relatos de diversas culturas del mundo. En los árabes los djinn, para los hindúes los bhuts, los hotua poro para los de Samoa, así como los dusii entre los célticos. Sin embargo, no todos los monstruos son malos o perversos… No, claro que no. Cabe mencionar una película de 1932, dirigida por Tom Browning titulada Fenómenos (Freaks), cuya característica es que todos los monstruos son reales: seres sin brazos, sin piernas y curiosamente héroes de la película, mientras que una mujer normal funge como villana, convirtiéndose en monstruo al final.

 

 

Estos ejemplos nos llevan a la conclusión de que existen dos tipos de monstruosidad: la física y la psicológica. Sin embargo, la mayor complejidad radica cuando el monstruo no es una creatura, como en La Biblioteca de Babel, que presenta al universo como un  lugar/personaje monstruoso.

Lo cierto es que hasta nuestros días, aun cuando la ciencia ha tratado de expulsar a estos monstruos antiguos, con la misma rapidez ha llenado el vacío con seres extraterrestres que cumplen la misma función. Todo el temor y los dramas psicológicos parecen haber encontrado un nuevo camino donde es tan habitual, como en el reino de la leyenda, que las cosas empiecen a moverse de noche.

Ahora bien, hasta qué grado los monstruos no son sólo reflejo de nuestra propia esencia, de nuestros propios temores y debilidades, de esa zona oscura que nos aterra enfrentar y que materializamos en algo tangible, que podemos manejar, conocer, ver e incluso destruir.

Afuera son menos perversos, menos patéticos y muchos más chicos. Dentro, se alimentan de nuestras sombras y hasta de nuestros sueños. Son invisibles, inmortales, y no hay más arma que la razón, débil compañera en cuestiones de miedos.

 En general, el atractivo de los monstruos se basa en que nos muestra la alteridad. Esa parte oscura que la psicología ha analizado de formas distintas: la sombra, el inconsciente, etc. El monstruo nos atrae porque es lo que nosotros no somos o no sabemos que somos. Ahí tenemos a Lovecraft con sus seres difusos, inaprensibles, atractivos. O como en el Romanticismo, donde hay una atracción interesante hacia seres como Prometeo, Caín, monstruos que aterran pero que atraen.

Escritores y artistas a lo largo de la historia han creído en la estética de la “monstruosidad”, donde lo monstruoso puede ser bello… ahí tenemos los cuentos de fantasmas de la época victoriana, los monstruos visuales de Clive Barker o Lovecraft con su horror cósmico. En la pintura, los surrealistas, El Bosco, Goya, etc.

Es así como encontramos grandes iconos de la historia de la Literatura: El Minotauro, ese híbrido por excelencia, bastardo de dos, que jamás debieron unirse. El Golem, zombie sin pensamiento, creado por un rabino y retomado por Borges en su tan conocido poema. La mutación de un hombre en insecto en Metamorfosis o Frankenstein, ese ser nacido de los experimentos de un científico, entre tantos más que pueblan el mundo ficticio.   

 

El Minotauro de George Frederic Watts

               

Pero ¿cuáles son los monstruos que encabezan la lista de los consagrados en la pantalla grandeQuizá en primer lugar podríamos poner al Vampiro, ya que de ningún otro monstruo hay tantas películas. Drácula de Stoker (1897) une al vampiro mítico con el folklórico y real. En segundo lugar se pondría a Frankenstein porque representa una innovación en 1816 donde el monstruo es una creación del hombre, por ello también se le considera la primera novela de Ciencia Ficción. En tercer lugar Freddy Krueger, un monstruo complejo: malo porque mata a niños y que, al morir quemado, se vuelve monstruo por deformidad, luego se convierte en creatura de ultratumba que puede meterse a los sueños; lo más interesante está en su guante metálico representando su “alter ego”, como pasaba con los bufones medievales que tenían un bufoncito en su mano con el que hablaban.

 

 

Después pondríamos quizá a Alien; en su momento muy fuerte porque representaba esa inteligencia alienígena incapaz de comunicarse con el exterior. Un ser medio humanoide pero sin ojos, que lo hace más terrible. Un monstruo fálico que finalmente tiene toda una connotación sexual al fecundar a un humano. Otro sería Hannibal Lecter, un serial killer perfecto: inteligente, famoso, bien parecido, que en su parte oscura mata y come a sus víctimas. Se reinventa al asesino en serie.

Es curioso así constatar que en todas las culturas, desde sus comienzos, han existido estos seres extraños tanto en mitos, leyendas, arte, etc. Será posible entonces decir que forman parte de la identidad de un pueblo. La monstruosidad está presente incluso en la religión, sólo hace falta entrar en una iglesia católica y ver a un Cristo clavado, sangrando, un ser monstruoso al que hay que adorar y que parece del género Gore; las representaciones de los dioses prehispánicos, calaveras, decapitaciones, mujeres desmembradas, incluso la ciencia a partir de la física newtoniana al presentar al universo como una máquina incomprensible…

Los monstruos han sido vistos con una mirada de repulsión, señalados con una actitud de desprecio, y castigados con una fama de horror, sin embargo ellos, “los verdugos”, sean quizá las mayores víctimas de toda trama, son aquellos siempre distintos, ajenos, marginados. Obligados a ocultarse entre las sombras de la noche sin mayor protección que aquella que le concede su creador, y la memoria…memorias hechas de tiempos, de espacios, de verdades envueltas de locura.

De pronto, un papel en blanco, tinta y pluma, aterrorizados se alían contra la voluntad misma de escribir…de escribirlos en su total desnudezAhora los escritores deben recurrir a otros elementos para crear a los monstruos en su contexto actual, porque seguimos teniendo la capacidad de impactarnos con este tipo de personajes. Mientras en los años setenta resulta lógico que haya impactado tanto El Exorcista, acabando de pasar la guerra de Vietnam, luego de varios años aparece Matrix, que representa la monstruosidad de vivir una realidad virtual que en otros tiempos no hubiera causado la misma impresión.

Con todo este recorrido cabría preguntarnos cómo será el monstruo del futuro. El mismo Terminator  —inteligencia artificial en donde el hombre ya no existe—, sirve sólo como un escalón en la evolución del nuevo ser. Los robots destruyendo a los hombres y dirigiendo el mundo. Seguramente el monstruo del futuro siempre ha estado presente: los hombres serán los monstruos de los monstruos…

 

 

¡Seamos felices de que existan los expresionistas con sus pinturas desgarradoras; algún alebrije en el rincón de nuestra casa; gárgolas inmortalizadas en piedra a la orilla de una iglesia gótica; incluso un Trol como detalle de un cumpleaños!

Qué suerte que existan los monstruos, porque existen…sólo hace falta asomarse al espejo acabándose de levantar…

 

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