Los liquidadores de Chernóbil

 

por Nessie

 

Existen héroes olvidados a lo largo y ancho de la historia. La memoria colectiva y los libros de historia recuerdan más a ídolos o personajes de un momento que se llevan la gloria que deberían tener aquellos que dieron su vida por lograr un objetivo, llámese libertad o bien común. Los verdaderos héroes rara vez se bañan en su gloria y el único premio que reciben es la sangre, el dolor y el sufrimiento que llega a ellos hasta el momento final. Sea este texto un pequeño homenaje a la memoria de esos héroes que viven en el olvido, pero que, sin ellos, el mundo y el curso de la historia serían totalmente diferentes a lo que conocemos ahora.

El viernes 25 de abril de 1986 era un día de primavera normal en Prípiat, donde habitan 43 mil personas. Pero el destino quiso que quedara grabado para siempre en la memoria del mundo. Chernóbil es una herida que, aún después de 31 años, no logra cicatrizar. El nombre de la planta era “Vladimir Ilich Lenin”, ahí trabajaba la mayoría de los habitantes de la ya mencionada Prípiat. Los 176 empleados del bloque 4 reciben la orden de probar un sistema de retroalimentación para la planta, algo que podría ahorrar energía. Pronto empiezan las detonaciones y, mientras la gente de Prípiat duerme tranquila, todo empieza a temblar. La tapa del reactor sale disparada. Una corriente de vapor radioactivo libera uranio y grafito a varios kilómetros de la planta. Un espectáculo de colores invade el cielo. Entonces, el desastre comienza.

 

 

Llegan los bomberos e intentan apagar el fuego sin el equipo adecuado. Era un fuego extraño. Los bomberos fueron expuestos a peligrosas dosis de radioactividad. Dos de ellos mueren esa noche y, los demás, morirán en los meses siguientes. Morirán como miles de héroes olvidados que evitaron una segunda explosión, que hubiese sido peor que Hiroshima, según fue revelado hace poco.

La primera información dada a los medios y a la población se manejaba como un “accidente”, nadie mencionaba la explosión. La población de Prípiat trató de seguir su vida normal. Sí, incluso a ellos les fue ocultada la gravedad de la situación. Los niños juegan en la plaza mientras se toman las primeras muestras de radioactividad; las lecturas revelan un nivel 15 mil veces más alto de lo normal. Los seres humanos pueden recibir 2 roentgen por año. Las personas estaban absorbiendo una cantidad letal de roentgen.

 

 

En medio de ese silencio asesino, un grupo de mineros es enviado a excavar un túnel para poder enfriar el reactor. Así, sin protección alguna, ya que no se tenía conocimiento de las medidas que debían ser tomadas en esos casos. Nadie estaba preparado para un desastre de esa magnitud. Una anécdota contada por varios de estos mineros dice que uno de sus compañeros tragó un poco de polvo al estar excavando. Minutos después el hombre agonizaba frente a los demás sin que ellos pudieran hacer algo al respecto. No sabían a qué se enfrentaban. Incluso tomaban agua de recipientes destapados y, en consecuencia, expuestos a la radiación.

Después de estos mineros aparecieron los biorobots. Ellos se encargaron de limpiar los residuos tóxicos. Su única protección: planchas de plomo en el pecho y la espalda y máscaras de gas. No podían estar mucho tiempo en el lugar, así que hacían el trabajo lo más rápido posible. Limpiaban un poco, salían del reactor. Vuelta tras vuelta el lugar fue quedando libre de deshechos, más no de residuos. Prípiat se convirtió en una ciudad fantasma que es constantemente monitoreada por la cantidad de radiación que hay aún en ella. De la planta ni qué decir. En sus entrañas se alberga el reactor que explotó, el cual es catalogado como el objeto más letal y radioactivo del mundo.

Tal vez, en este punto, piensen que mi artículo está fuera de lugar en esta revista pero les diré algo: muchas veces la realidad le gana a la fantasía, como en este caso. Nadie estaba preparado para ello y no hay mayores héroes para esta historia real que personas reales que murieron a consecuencia de cumplir con su trabajo y evitaron que el daño fuera mayor de lo que hoy sabemos que fue. Prípiat lleva consigo la carga de ser el lugar donde muchos dejaron sus vidas con el único fin de dar vida a personas que no conocían. Eso los convierte en héroes fantásticos.

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