Atómico, se dice Atómico Algunas palabras sobre el átomo y la ciencia [ficción]

 

por Alejandro Morales Mariaca

 

Quizá algunos se sorprendan al saber que el primer hombre en hablar del átomo no fue un moderno físico europeo, sino un filósofo griego llamado Demócrito, que vivió en el siglo V antes de Cristo, y quien, en oposición a la mayoría de sus contemporáneos, consideraba el origen de las cosas en la materia y no en elementos etéreos, sentando con ello las bases para toda la filosofía materialista. Para Demócrito, el átomo era la base fundamental de toda la materia y por ende resultaba indivisible (su nombre literalmente significa que no puede ser dividido). Pasarían prácticamente dos milenios antes de que la física moderna lo desmintiera y fuéramos capaces de dividir átomos, liberando con ello una de las fuerzas cósmicas más perturbadoras.  Fragmentar el átomo (principalmente de uranio y plutonio) no sólo nos reveló una nueva fuente de energía, sino que también nos dio el potencial de aniquilarnos junto con buena parte de la demás vida en el planeta.

 

 

Apocalíptica o no, la energía atómica llegó para quedarse y tal como era de esperar influyó mucho en el imaginario social, tomando muchas veces un cariz siniestro e inquietante.  El combustible nuclear no mueve únicamente nuestra tecnología sino también los mecanismos de nuestra destrucción, tal como lo demuestra el más famoso de los kaiju: Godzilla (1954), el gigantesco lagarto, cuyo principal hobby es destruir una y otra vez la ciudad de Tokio, y quien tuvo su origen gracias a la radiación residual de las bombas atómicas post segunda Guerra Mundial.

En el terreno de las ucronías y el retrofuturismo la amenaza de una guerra nuclear también se ha dejado sentir e impulsa a un acaudalado hombre a emprender la construcción de una prodigiosa ciudad submarina, cuyo colapso ocurrido en el año 1959 lo descubrimos en el videojuego Bioshock (2007) y en la novelización del mismo: Rapture (Timun mas, 2012). Ambos sumamente recomendables. Los mitos de Cthulhu también se han visto influenciados por el fantasma atómico. Bruce Sterling en su relato El Inimaginable (La Factoría de Ideas, 2000) hace de Azathoth, el más temible de los Primigenios, el caos nuclear (no sólo como origen sino también como potencia atómica en estado puro) empleado por los hombres como el arma definitiva, lo cual por supuesto tiene consecuencias negativas para todos los implicados.

Antes que él, Robert Bloch en La sombra que huyo del chapitel (Alianza, 2008), nos dice que es Nyarlathotep, encarnado en uno de sus muchos avatares, quien le da al hombre el poder del átomo, bastante seguro del uso autodestructivo que éste le dará al mismo. En la caricatura Hora de Aventura los protagonistas viven sus andanzas en un lugar llamado Tierra de Ooo, que no es sino nuestro mundo tras la Guerra de los Champiñones, clara referencia a una guerra nuclear y sus nubes radioactivas en forma de hongo. En este caso en particular el apocalipsis atómico significa un reboot a la vida en el planeta, pues tal como dijo el matemático caótico Ian Malcom en Jurassic Park (1993): «la vida siempre encuentra el camino». Por supuesto, el átomo no siempre ha significado nuestra perdición. Muchas veces en la ciencia ficción representa nuestra última defensa en contra de las amenazas que se ciernen sobre nosotros.

 

 

A veces resulta una solución efectiva, como en Día de la independencia (1996), Armagedon (1998), El núcleo (2003) o Pacific Rim (2013), pero por lo general resulta ser un fiasco y complica todavía más el panorama, tal como lo hemos visto en Dr. Insólito o Cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba (1964), Marcianos al ataque (1996), Guerra Mundial Z (Almuzara, 2012) o Skyline. La invasión (2010).  No niego que dejo fuera muchas referencias más, ya sea porque de momento se me escapan de la memoria, o bien porque las desconozco del todo, sin embargo, este escrito más que exhaustivo pretender ser introductorio, una breve muestra de que el átomo como fuente de energía, y a diferencia del vapor o diesel, nos provoca una extraña fascinación (¿perversa?) debido a su naturaleza ambivalente creadora/destructora, la cual ha encontrado en la ciencia ficción un nicho muy importante en el que la especulación no es sólo diversión, sino también una prudente advertencia. Ya no puede cabernos duda de que el otrora indivisible átomo puede ser dividido, lo que ya hemos visto lo vuelve de facto una espada de doble filo; pues bien, éste también en los últimos tiempos ha perdido la distinción de ser el corpúsculo más pequeño de la materia, honor que actualmente le pertenece a las cuerdas (Teoría de cuerdas, postulada por los físicos teóricos Jöel Scherk y John Schwuarz en 1974).  Estas cuerdas (cuya existencia aún no se ha comprobado más allá de toda duda) son (en teoría) tan ínfimas en tamaño (¿a estos niveles esta palabra todavía tiene algún sentido?) que bien podrían hacer chistes de gordos sobre los átomos.

 

 

Toda una locura comprender tan inconmensurables dimensiones de escala microscópica que, hay que admitirlo, imponen y tienen tras de sí un halo de horror cósmico.  Pues quién nos puede asegurar que el verdadero terror se encuentra no en lo increíblemente gigantesco, sino en lo infinitamente microscópico, en donde incluso las leyes de la física, el tiempo y el espacio mismo dejan de tener el significado al que tan cómodamente nos hemos acostumbrado.  Sólo podemos esperar y ver lo que la ciencia (ficción) todavía tiene por compartirnos al respecto.

 

 

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