Radiación de fondo

por Gonzalo Ramos

Los poetas escribirán que me morí de soledad, poco importa, nadie los va a leer. Podría estar de acuerdo con ellos si no fuera porque me doy cuenta de cómo empiezo a mutar; cómo la mirada que me regresa el espejo ya no es la misma de hace cinco meses, cuando recién salí de la Tierra esperando encontrarme con las ciudades ajedrezadas que tanto me había antojado Bradbury.

Además hablar de mí mismo a estas alturas no resulta poético. Mis facciones han perdido sus toques humanos y son más animalizadas. Digo más, porque creo que lo único que nos diferencia de las bestias es que tenemos modales a la hora de comer, y ya ni eso tengo. Quizá es que uno empieza a convertirse un poco en animal la primera vez que come carne humana, la bestialidad incrementa en la segunda, se consolida en la tercera… y así sucesivamente. En realidad la gente no come carne humana por una cuestión moral; la ventaja es que a esta distancia ya no llega el tufo de las buenas costumbres terrestres, supuestamente civilizadas.

Claro que en un principio me daba mucho asco, pero luego le fui encontrando el gusto —y qué bueno, porque no quedaba de otra—. Si no hubiéramos perdido contacto con la Tierra desde hace dos semanas, les hubiera avisado que la comida no es suficiente para los seis meses que dura el viaje a Marte. Tampoco omitiría el detalle de que nos habíamos convertido en monstruos a causa de la radiación cósmica, es más, hasta les hubiera dicho que eso les pasó a los veinticuatro que llegaron antes que nosotros. Obviamente no les diría que estoy muerto de miedo por llegar a ver lo que me espera, y mucho menos tendrían por qué enterarse de que me estoy comiendo el brazo de David en el momento en que escribo lo siguiente, que será mi única herencia.

No quiero aburrir con detalles, pero esto comenzó para mí cuando me enviaron a hacer la cobertura periodística total de la primera misión de exploración y rescate en el planeta rojo: desde los entrenamientos de los astronautas hasta el lanzamiento del cohete. Me fui a vivir a la agencia espacial junto con los próximos tripulantes, adopté su dieta y estilo de vida, hasta seguía sus rutinas de entrenamiento. La trascendencia de este hecho histórico era tal, que valía la pena dejar mi vida en ello. De por sí no tenía mucho que perder.

Obviamente la desaparición del primer vuelo comercial a Marte era ya en sí una bomba periodística. Esa misión suicida en la que se enrolaron dos docenas de personas sin nada mejor que hacer, tomaron un viaje sin retorno pagado por una empresa que le daría cobertura multimediática. Los vimos en todas nuestras pantallas durante meses, hablando de sus sueños, de sus vidas que en realidad nos importaban un carajo y de lo que llevarían consigo para recordar la Tierra. Vimos a sus familias llorar, dos parejas se casaron antes del lanzamiento, nos aventamos todo el drama de la pareja gay que terminó durante los entrenamientos y aun así viajarían juntos; todo para que en la tercera semana de vuelo fallaran las comunicaciones y nos perdiéramos el espectáculo. Entonces ahora sí: que manden a los profesionales para ver qué pasó con ellos, clamó la audiencia.

Confieso que en ese entonces yo pasaba por una mala racha en mi vida. Llegó la misión, le dio un sentido a todo, y conforme se acercaba la fecha de partida me fui volviendo un poco loco de perder mi milagrosa terapia ocupacional. Mi ego me dijo que ya iba siendo hora de demostrar lo que valía en realidad y terminó dándome el valor para tomar el frágil cuello de Iván entre mis manos, acabar con su vida y usurpar su lugar. Era ahora o nunca, y sería nunca si no lo hacía ahora. Aún recuerdo su rostro con la interrogante en sus ojos, suplicando por su vida.

—Perdóname, viejo, lo necesito más que tú —le dije entre sollozos.

Dejó de forcejear y sus manos soltaron lentamente mis muñecas. Si fuera creyente, diría que hasta vi su alma escapar por la rendija de la puerta. “Perdóname”, repetí, y me apresuré a desnudarlo. Tres horas más tarde, mientras todo vibraba a mí alrededor, escuché la cuenta regresiva y me fui para no regresar jamás a ningún mundo.

Atrás se fue quedando el pequeño punto azul pálido, ahí se quedó encerrada toda la gente que conocí a lo largo de mis 28 años. Ni quien los vaya a extrañar, pensé. Yo ya iba rumbo a los caminos que vieron los antiguos telescopios, a conocer a Ylla y los barcos de arena. Recuerdo que cuando era niño me gustaba mucho mirar de cerca la televisión en ese momento en que se acababan las transmisiones del canal que estaba viendo. Quienes conocieron la señal análoga, sabrán que primero aparecían las barras de colores y a continuación pareciera que nada, sólo ruido, pero para mí siempre fueron cientos de pequeñas hormigas blancas y negras que oscilaban aleatoriamente, perdidas en su propio eje, errantes como los humanos. Mi mente de niño quedó fascinada cuando me explicaron que a una porción de eso se le llama radiación de fondo y es una forma sencilla de ser testigo del principio de los tiempos; según investigué después, resulta que hay energía cósmica en el vacío del espacio guardada desde la gran explosión, y que la antena de mi televisión la alcanzaba a detectar, como los únicos visos de un universo prehistórico.

Quién diría que ahora es lo mismo que corroe mis venas, que ha alterado mi ADN y me envía sin retorno a un planeta plagado de monstruos que seguramente me llamarán por mi nombre y sólo querrán un abrazo. Me da terror llegar, lo cual ocurrirá pronto, en un tiempo sin tiempo, que ya no me importan las horas. Desde que todos se murieron ya no distingo muy bien el avance del reloj, aunque la ventaja es que tampoco me cuesta tanto conciliar el sueño; antes era una batalla por la supervivencia y dormir significaba un acto de vulnerabilidad.

Por obvias razones, esa pelea comenzó para mí desde el momento en que entré al cohete y la tripulación se dio cuenta de que no era el difunto Iván. Se pusieron violentos y me interrogaron, pero tuve que persuadirlos de que no valía la pena retrasar la misión. Les dije que me sentía mal por lo que había tenido qué hacer, pero sacarme de la nave e investigar lo que había pasado aplazaría todos los planes por lo menos un mes. A regañadientes, optaron por no reportarme, pero tardé semanas en poder ganarme un poco de su confianza luego de que a pocas horas del despegue nos enteramos de que encontraron el cuerpo de su colega. Me tuvieron aislado un tiempo, pero ya era demasiado tarde para que la justicia terrestre me alcanzara.

Como seguramente vieron en las noticias, en los primeros tres meses perdimos a más de la mitad de la tripulación. Los primeros cuatro por enfermedades cuyos detalles ya conocen, baste decir que se comportaron a la altura de las circunstancias y cooperaron con todo el trabajo hasta que perdieron las fuerzas. Tuvieron la suerte de contar con suficiente tiempo para despedirse de sus familiares, y al final los dejamos ir al espacio, uno por uno, con sus respectivas plegarias, que aquí la mayoría son creyentes.

Otros tres fallecieron durante una misión de reparación de los propulsores laterales. Imagínense cualquier escena dramática de su película espacial favorita y no estarán ni cerca de conocer por lo que pasamos, pues la desesperación real de quedarse varado en el espacio, perder el tanque de oxígeno y terminar cercenado por un enorme propulsor, no alcanza a ser reflejada en ningún género artístico, ni siquiera me atrevo a intentar describirla. Sólo recuerdo que cerré los ojos cuando comenzó la quemadera: uno por uno, todos me dolieron. Había bromeado con ellos, compartimos comidas, dormimos juntos y hasta estuve cerca de tener “sexo espacial” con Jessica, pues habíamos quedado de celebrar la reparación de los propulsores.

Los cuatro que quedamos no volvimos a ser los mismos y fue ahí que comenzó la batalla por nuestras vidas. Un mes después del incidente de los propulsores perdimos contacto con la Tierra, se terminaron las provisiones y las cosas se pusieron peor. Recuerdo que cuando me estaba documentando sobre el viaje al espacio, leí algunas notas sobre la pérdida de lucidez de algunos astronautas que eran sometidos a la radiación espacial, pero lo que en verdad sucedió nadie lo hubiera podido predecir. Nos convertimos en animales salvajes, peces beta en un estanque con agua enmohecida. No estoy orgulloso de lo que tuve que hacer para sobrevivir, sólo diré que al final quedamos David y yo, cada uno dominando una sección diferente de la nave. Nuestros otros compañeros ya habían sido digeridos por nosotros dos.

No quiero decir que yo haya sido el más fuerte, en realidad creo que fui afortunado, y David fue mi compañero hasta que quedamos ambos. Siendo justos, a esas alturas ya todos estábamos afectados, de una u otra forma, por la maldita radiación. Quien no tenía la piel descarnada estaba perdiendo la vista, además de que a la mayoría se nos cayó el cabello y las uñas. Fui de los pocos que conservaron algunos dientes, lo que me dio una ventaja táctica a la hora de morder.

Al final, David y yo nos estábamos muriendo de hambre, tuvimos una pelea horriblemente sanguinaria y lo terminé ahorcando con una manguera del filtro purificador del agua. Ahora estoy dosificando cada uno de los trozos de mi difunto compañero porque todavía me queda camino por recorrer y no puedo dejar, después de todo esto, que me mate el hambre, sería una irónica estupidez.

Por la ventanilla de la nave Marte ya se ve cercano, a la distancia de la Luna en la Tierra. Finalmente llegaré a ese mundo inhóspito en el que no sé qué me espera. Hace unas semanas, después de perder la comunicación con la base, logramos establecer contacto con la nave de los primeros veinticuatro civiles. Llegaron a condiciones casi tan extremas como las nuestras y también nos hablaron de la radiación, por eso tengo la certeza de que me encontraré con monstruos de mi calaña, o quizá peores, y ya no tengo fuerzas para luchar.

Creo que si me topo con monstruos, ni siquiera intentaré negociar con ellos, que me coman completo y no dejen rastro de mí. Es más, quizá hasta prefiera inmolarme antes que llegar al planeta anaranjado, igual y me vuelvo loco antes del aterrizaje y me aviento al espacio, a que esta maldita perra que es la radiación termine de tomar lo poco que queda de mí. Como quiera que pase, estoy seguro de que no terminará bien. Dejen que los poetas escriban que morí de soledad, poco importa, nadie los va a leer.

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