La luz

 

por Aldo Rosales

 

Decide asomarse cuando escucha algo sobre su cabeza, del otro lado del techo. Al abrir la puerta de la casa en el campo, el horizonte, los árboles, el silencio, los montes y las tres piedras en el terreno se le vienen encima. Nada: debió imaginárselo. Regresa al sillón desvencijado que se trajo de la oficina el día que lo jubilaron. Luego de 35 años de cuidar la fábrica de hule espuma, lo único que le dieron fue un “gracias” y un apretón de manos.

—¿Sería mucha molestia si…me deja llevarme el sillón?

El hombre, hijo del dueño original de la fábrica —el que había contratado a Fidel para vigilar por las noches las enormes montañas de polímero— dudó por un segundo. Luego lo inocente de la petición, lo simple, y su reacción de duda, lo hicieron sentir vergüenza. Claro, claro, dijo luego de unos segundos, el sillón es suyo.

—Déjeme seguir cuidando la fábrica, ya me acostumbré —trató de convencer al nuevo dueño; quería estar ahí por si volvía a suceder.

—No es posible, ya no hay fondos.

—No me pague si no quiere —sintió miedo de irse, de que volviera cuando él no estaba— en serio, no me pague.

Pero el hombre se negó rotundamente. De eso han pasado ya diez años y Fidel no ha vuelto a verla, pero aún la espera, no con desesperación, sino resignado, como aguarda las lluvias o la caída de las hojas. Cree volver a escuchar algo en el cielo, como aquella noche, la última que cuidó la fábrica, pero se asoma y la quietud es lo único que flota sobre su cabeza.

La vez que la vio, estaba sentado justo en ese sillón, por eso lo pidió como bono de jubilación, porque desea recrear, de la manera más fiel posible, las características de esa noche. El sillón, las botas negras de casquillo, el uniforme negro y la gorra con el logo de la empresa —todo eso lo sustrajo sin decirle nada a nadie— así como una pequeña televisión a blanco y negro que apenas se ve y que tiene una bocina descompuesta: las cosas que tenía a su alrededor esa ocasión; las únicas pertenencias que trajo consigo de la ciudad, que abandonó para recrear la soledad de esa vez, porque a lo mejor vuelven, pero únicamente si lo ven solo.

No sabe qué cosas pudieron haber sido responsables de que esa luz se parara justo ahí, en la fábrica, cerca del área de baños, hace ya más de una década. Por eso necesita todas y cada una. A veces piensa que la luz apareció ahí porque era ése el lugar al que deseaba llegar, específicamente ese pedazo de terreno, y la fábrica no tenía nada que ver, mucho menos él, y que entonces nada de lo que haga bastará para traerla de nuevo. Pero se niega a creerlo del todo, él mismo se convence de lo contrario cada nuevo día: le aterra pensar que la luz volvió a la fábrica y no estuvo ahí para verla.

Aquella vez eran casi las nueve. Los ruidos de la noche parecían lejanos, como si la oscuridad fuera un algodón negro que envolvía todo. En la televisión, las imágenes comenzaron a subir y bajar, como en un elevador de estática. Cuando Fidel se levantó para golpear el aparato, la vio, al lado de la puerta de los baños. Al principio creyó que era un reflejo de la luz de la calle, pero luego recordó que la lámpara del poste estaba fundida desde hacía meses. Se acercó. El ambiente se sentía más frío alrededor de esa luminosidad. Las cosas parecían curvarse un poco si se les miraba a través de ella. Fidel acercó el dedo índice y tocó la superficie, luego metió la mano: sintió frío.

Se mira los dedos. La artritis le ha atrofiado la mano izquierda, pero la derecha está intacta, como si sobre esa parte del cuerpo el tiempo hubiera olvidado pasar. Además, desde ese día su visión es perfecta. Los doctores se sorprenden de que a su edad los exámenes de la vista no le signifiquen más que un trámite.

Vuelve a escuchar el ruido allá afuera. Se asoma: nada, otra vez los árboles, el horizonte, las tres piedras y el resto de las cosas. Sólo eso. Voltea hacia el cielo, que comienza a transformarse en una laguna de sombras, pero ahí tampoco hay nada.

Empieza a derrumbarse la tarde. Fidel, como cada día de los últimos diez años, se coloca el uniforme, las botas con casquillo y la gorra de la empresa, luego prende la pequeña televisión, la que ha mandado reparar más veces de las que recuerda. Se enfunda en una cobija y mira los programas sin mirar en realidad. Acaricia con la mano izquierda la derecha, como si fuera algo que no le pertenece, y pone la vista en el cielo, a través de la ventana, donde la noche brilla.

 

 

 

Aldo Rosales Velázquez. Ciudad de México, 1986. Egresado de la licenciatura en Enseñanza de Inglés, de la UNAM. Coordinador del taller de creación literaria en el FARO Indios Verdes, de la Ciudad de México.

  Twitter: @AldoRosalesV 

 Facebook: Facebook.com/patobeato

 

1 Comentario

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*