Nimbus

 

por Rigardo Márquez

 

A las puertas de Río negro se cierne una ribera empedrada hasta donde la vista alcanza. Enormes construcciones marchitas se erigían por todo el lugar; vestigios de un pasado glorioso, cuando la vida cometió el error de asentarse aquí. Corría el año de 1912, era una noche atípica, pues la luz de luna bañaba los límites de la imaginación más allá de lo terrenal, desnudando así la totalidad del sitio. Más que noche, parecía un día nublado, uno multiforme por la luz. La rutina del pueblo era simple, antes de las siete de la tarde todos yacían en sus camas derrotados por la jornada de trabajo.

Un poco mareado daba tumbos por la vereda nictiana, el paisaje se encontraba límpido, magnánimo, despejado de cualquier tiniebla. La luna rebosaba de sobriedad e iluminaba el porvenir de mis pasos. A mitad del sendero, me senté cerca de unos matorrales, me dolía un poco la cabeza. Nunca he querido aceptar que el alcohol no le hace nada bien a mi organismo. Pero los gallardos y valientes hombres beben, pelean y fornican, yo no puedo perder el tiempo con nimiedades como un dolor de cabeza. Así que extraje mi tabacalera. Con finesa acaricié el pequeño pistilo que conforma mi paliativo; se trata de un cigarrillo especial, contenía una pizca de opio que logra mitigar las miserias de mi carne. Fueron un favor del boticario, ya que en cierta ocasión le encontré en menesteres sexuales con un joven de un pueblo cercano. La sodomía era castigada de manera colectiva en el pueblo. Fumé el remedio mientras contemplaba lo colosal del cielo estrellado, me pregunté si tenía sentido existir siendo un montículo de cebo en comparación con los conceptos cosmogónicos del universo. Era probable que yo muriese quizás sin llegar a la treintena de años, mi nombre se perdería en cuanto se borrase de mi lápida. Si es que tengo la suerte de poseer una, nada que venga al mundo tiene sentido si la muerte tarde o temprano nos envuelve en sueños sin fecha para despertar. El viento ondulaba entre el cántico de los grillos inmundos, visiones de alaridos caóticos colmaron mi cabeza. La llanura se oscureció de forma sobrenatural, y escrutando entre las amorfas proyecciones a lo lejos, medité de forma despreocupada si se trataba de un delirio clínico o un acto azaroso y pesadillesco. Fue entonces que una luz violácea se extendió sobre las montañas, ondeante sobre sí misma, se tornó pronto una especie de vórtice que creció en intensidad hasta el punto de parecer detonar, sólo que se alargó dirigiéndose hacia el cielo a manera de un relámpago purpura perdiéndose entre las estrellas.

Decidido por mi espíritu aventurero, emprendí una profusa caminata en dirección de la montaña en cuestión. Me sentía renovado, y con mis fuerzas repuestas que vibraban llenándome de excitación; crecí con los cuentos sobre las apariciones y las leyendas del pueblo, pero nunca tuve alguna experiencia propia. Descendí por las depresiones erosionadas en la falda de la montaña. Todo en ese sitio se encontraba reseco, poroso, un polvo metálico cubría la mayoría del camino. Mi instinto pulsaba por retroceder, pero el sentimiento se hallaba minúsculo frente a mi ansiedad por lo desconocido. Pronto el silencio cadavérico se revolvió ante un sonido molesto, parecía que pezuñas de acero se acercaban. Aquello me produjo escalofríos, y en mis labios probé una sensación repugnante, mis dientes castañeaban al tintinar del aire. Encontré un nicho encubierto al pie de la montaña, un estrecho carente de luz, la negrura reinaba, era una invitación a la boca de lo ignoto y profano. Antes de pensar en lo racional de mis actos, me embriagué de valor para cruzar el estrecho tenebroso. A mitad de la cavidad oblonga sentí entumecimiento en cada parte de mi cuerpo, me arrastré hasta conseguir atravesar esa boca del diablo. Delante se pronunció una iluminación vaporea, cómo si el gas se consumiera para dar luz, observé que los pilares del lugar brillaban, parecían estar hechos de acero, esbozaban signos desconocidos para mí. Avancé con determinación punzante hasta llegar a un lugar primordial, lo supongo ya que todos los senderos convergían allí. Ante mis ojos se manifestó un monolito pétreo, de enormes proporciones, pero eso no fue lo que me dejó helado, rendido y acaecido. Una escena infernal se presentó ante mí. Una horrible prestidigitación de la realidad. Se trataba de una criatura abominable, grotesca y pútrida que se hallaba encima de un cuerpo inerte. Aquella silueta parecía ser femenina, yacía desnuda e inmóvil, mientras que ese ser extraterrenal se acometía a morder el pecho de la fallecida. Me quedé pasmado por unos momentos, no daba crédito a mis ojos, a esa visión retorcida de una realidad trastornada. La criatura se percató de mi presencia, lo cual me llenó de una angustia que casi desbocaba mi corazón. En ese breve instante observé lo antinatural en la fisonomía de aquello innombrable, ya que era el precepto más acertado con el cual referirme a esa anomalía orgánica. Su piel en tono grisáceo provocaba mis nauseas, me recordaba a las escamas de los pescados cuando se pudren, su cuerpo lánguido se deformaba en pequeñas protuberancias por todo el torso, irradiaba un brillo mortecino, su rostro blancuzco y escurrido poseía unos ojos ovalados en forma vertical que contenían un vacío sepulcral, todo ello coronado por unos diminutos cuernos blancos. Pero lo que me causo terror fueron sus dientes similares al ébano puro, en vez de dientes parecían agujas negroides acomodadas a manera de un trampa mortal.  Meneó su cabeza de manera primitiva para analizarme o eso supuse. Debía actuar con prontitud o mi vida abandonaría mi cuerpo en pos de aquel ser lacustre. Vencí la mudez de mis músculos y me llevé la mano a la montura de mi arma. Desenfundé con persistencia para disparar, sin embargo no hubo detonación. Accioné en varias ocasiones el revólver pero nada sucedió. El mecanismo se hallaba trabado, pensé. Un pavor se apoderó de mí. Un sudor frío me gobernó. Entonces reuní toda voluntad dentro de mí, golpeé el arma contra la pared. Emancipado de la duda, disparé de nuevo. Esta vez las balas dieron en el blanco. Al menos cuatro de mis lianas se alojaron en la criatura que chilló de manera horrenda. Pude ver, o quizás la óptica de la situación me jugó una broma, que aquello que salía de su cuerpo parecía una sustancia lechosa. Se echó a correr por un conjunto de cavidades cavernosas hasta que se perdió de mis ojos, no obstante descargué toda mi munición sin importar si le alcanzaba o no. Recargué un tanto tembloroso por si acaso el innominable regresaba mientras me acerqué para ver el cuerpo de la pobre fulana. No tenía más de dieciséis años, ambos senos se encontraban cortados, con señas de que parte de su carne fue desprendida a mordidas. Todo aquel espectáculo horroroso debía ser obra del diablo me dije, no obstante, al ver a la pobre mujer abatida con tal indignidad me provocó culpa, no podía abandonarla en esas formas macabras. Por lo que arrastré su cuerpo hasta encontrar las veredas que llevan al pueblo.

 

“Dicen que hasta la fecha algo que no pertenece a este mundo habita esas montañas”.

 

Martin Márquez Luis.

Coatzacoalcos, Veracruz, México.

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Rigardo Márquez Luis (México, 1985). El Ausente (2017) Revista Nictofilia No 2. El hada de lo mórbido (2017) Antología de literatura grotesca. Fóbetor (2017) Revista digital Letras y demonios. La sesión (2017) Revista digital Letras y demonios. Papá Hoodo (2017) Tercer lugar en el concurso de circulo lovecraftiano de horror. Editor de la antología mensual de terror “Tenebrarum”.

 

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