Picnic

 

por J.A. Jaubert

 

 

En el gigantesco puente de mando de la nave bordiliana, Varsuug observó el velocímetro con uno de sus ojos secundarios. Llamó a su esposa por el intercomunicador para indicarle que era necesario hacer un breve alto por cuestiones técnicas. Saldrían de velocidades hiperlumínicas y se detendrían para arreglar algunos problemas con la computadora del manipulador de gravitones.

Su esposa llegó al puente, Varsuug se disculpó, como si la falla fuera suya.

—Lo siento, amor. Las vacaciones tendrán que retrasarse un poco. Parece que la radiación del último sistema estelar donde hicimos escala era más de lo que podía soportar nuestro querido cacharro.

—No te preocupes cariño —le dijo su comprensiva esposa mientras acariciaba la frente de su marido con uno de sus tentáculos—. Sabes que el seguro cuenta con buen servicio de asistencia en el camino.

—Gracias amor —le contestó Varsuug mientras guiñaba el ojo que estaba más cerca de su esposa—. Esto puedo arreglarlo, sólo es cuestión de cambiar un par de piezas.

Proveniente de un amplio corredor que conectaba con el puente de mando, se escuchó un enorme barullo que anunció con anticipación la llegada de más de doscientos niños que entraron flotando como tormenta de meteoritos.

  • ¡Ya llegamos!

—Lo siento mis amores —se apresuró a explicar su mamá—, la nave se descompuso y su papá tiene que hacer algunos arreglos.

— ¡Nooooo! —fue la respuesta en coro de los críos.

— ¿Tardará mucho? —preguntó uno de ellos.

—Menos que la rotación de un pulsar —le explicó su papá, haciendo un movimiento extraño con la punta del tentáculo—. Pronto estaremos de nuevo en ruta hacia nuestro destino.

—¡Sí!  —gritaron al unísono sus hijos.

—Peeeero —aclaró el padre—, necesitaremos detenernos en un planeta para que pueda hacer las reparaciones con mayor rapidez.

— ¡No papi! —dijo uno más de sus hijos con voz lastimera—. Nos tardaremos más.

La madre creyó oportuno entrar en defensa de su marido.

—Niños, ya saben que a su padre no se le dan muy bien las reparaciones en gravedad cero. Necesitamos detenernos en un planeta porque el manipulador de gravitones no funciona del todo bien.

—Gracias amor —le dijo Varsuug, y luego se dirigió a los críos—. Niños: buscaré un planeta deshabitado.

— ¿Por qué papi? —cuestionó otro de sus hijos.

—Las leyes intergalácticas —explicó el padre— nos prohíben aterrizar en planetas que contengan seres vivos para no intervenir en los procesos de su evolución.

— ¿Podremos salir a investigar? ¿A dar un paseo? —le preguntó Borlor, el más extrovertido de sus hijos—. Será aburrido esperar en la nave.

— No hay problema —le contestó su padre y se dirigió a su esposa en busca de apoyo—. ¿Podrías acompañarlos mi amor?

— ¡Claro! Será divertido. Haremos un picnic.

— ¡Sí! ¡Picnic! —gritaron los niños entusiasmados.

El padre dirigió la nave hacia una estrella amarilla que se encontraba en las cercanías. Se detuvo en el tercer planeta del sistema, que tenía buena pinta y además parecía demasiado joven para albergar vida, apenas mil millones de años, así que era perfecto. Descendieron para iniciar las reparaciones y la familia salió a explorar con sus trajes espaciales para no contaminar la atmósfera.

Todo marchaba a la perfección. Varsuug pudo hacer los arreglos sin dificultades. Para los niños fue una aventura explorar aquel planeta vacío, tachonado de marismas y lleno de sitios intrigantes. Jugaron a las escondidillas y degustaron sus alimentos a través de tubos alimentadores que traspasaban del traje a su boca pastas proteínicas de distintos sabores.

El grupo regresaba a la nave cuando el padre les indicó mediante el intercomunicador que había terminado con las reparaciones. Justo a tiempo porque, como en todo buen picnic, empezaba a llover.

Despegaron sin novedad y reemprendieron su viaje.

Ya en ruta, todo parecía marchar sobre impulsores gravitónicos, hasta que Larita, la niña más pequeña, entró flotando a la cabina de control de la nave, donde su padre estaba aburrido al pendiente del piloto automático.

— ¿Papi?

— ¿Si hija?

— ¿Puedo preguntarte algo?

— Claro mi amor —Varsuug dio un cuarto de vuelta a la silla giratoria en la que estaba sentado. Se preparó para escuchar alguna pequeña travesura que habría cometido su retoño.

— ¿Las leyes intergalácticas castigan muy duro a los infractores?

Varsuug terminó de dar la vuelta para darle a entender a su hija que estaba poniendo toda su atención.

—Hija —le dijo—. Las leyes intergalácticas se hicieron sólo como una guía moral.

— ¿Qué es eso? —preguntó intrigada su hija.

— Significa que son sugerencias que todo navegante debe seguir, que debe cumplir porque es lo correcto, no porque lo vayan a castigar si no las cumple.

La niña pareció extrañada, pero al mismo tiempo aliviada.

— ¿Entonces no hay castigos?

— No hija. Es lo que se llama letra muerta, porque es imposible tener policías en todos los rincones del universo ¿verdad?

— ¡Ah, bueno! —dijo Larita, dio media vuelta y comenzó a retirarse, pero su padre tuvo una repentina punzada de curiosidad.

— ¿Por qué lo preguntas hija?

Larita se sujetó de un tubo y se paró en seco. Quedó inmóvil, como si tuviera miedo de contestarle a su padre, pero luego de hacer acopio de valor, dio media vuelta y respondió apenada sin mirarlo de frente.

— Es que en el último planeta hice algo que podría romper las leyes intergalácticas.

El padre se preocupó, pero no mucho, después de todo ¿qué podría hacer mal una niñita de trescientos años?

— ¿Qué pasó Larita?

— Después de comer en el picnic se me olvidó mi tubo proteínico; lo dejé abierto y tirado en algún lado. ¿Es malo dejar basura tirada?

El padre ahora sí comenzó a preocuparse porque, si mal no recordaba, el planeta era estéril pero había agua y condiciones templadas que podrían ocasionar una reacción si las proteínas liberadas comenzaran a interactuar con los elementos orgánicos que había en abundancia en aquel medio; analizando la situación, pensó que era posible la formación de un caldo de cultivo que al combinarse con otros factores podría generar moléculas complejas, bacterias… vida en un planeta que estaba condenado a ser estéril por toda la eternidad.

Era demasiado tarde para remediar el accidente. La lluvia habría mezclado y distribuido las proteínas a través de arroyos.

Recordó sus palabras “Las leyes intergalácticas se hicieron sólo como una guía moral”. Sí, no debía preocuparse por una multa o penalización. Se estaba alarmando sin motivo.

—No te preocupes mi amor —tranquilizó a su hija y a sí mismo—. No es nada importante.

— ¡Bueno! Gracias, papi.

— De nada, hija.

La niña dio la vuelta y reinició su alegre flotación, pero una preocupación monumental llegó de pronto a la mente de Varsuug.

— ¡Hija!

La niña se detuvo y volteó.

— ¿Si?

El padre trató de disimular el desasosiego en su rostro. Pensó en la posibilidad de consecuencias más terribles que la casi inexistente policía intergaláctica, que la creación de un mundo nuevo, un ecosistema que jamás debió existir, seres que evolucionaran, tomaran conciencia y desarrollaran una civilización, viajes espaciales… Fingió tener control de sí mismo y eligió las palabras correctas con la mayor serenidad posible.

— No le digas a mamá.

La niña no lo pensó mucho.

— No papi —afirmó y salió del puente de mando.

Varsuug respiró tranquilo.

 

 

Autor: Julio Arturo Torres Jaubert

Ciudad de origen: Monterrey, N.L., México

Ocupación e intereses: Maestro y traductor. Aficionado al modelismo estático. Mis gustos literarios abarcan la fantasía y la ciencia ficción, así como todo lo relacionado con la Segunda Guerra Mundial. Tengo dos libros publicados por Editorial Font: La Guerra Sin Fin y La Guerra Sin Fin, El Asedio. Parte de una saga fantástica dedicada a las personas VIH positivas.

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