El final de la magia

 

por Xavier Castellanos

 

Más de siete mil millones de personas en el mundo y nadie advirtió lo que ocurriría. Los medios proclamaban que se trataba de algo revolucionario que trascendería en los anales de la historia. Los científicos prometían que su trabajo nos llevaría hasta las estrellas. Los fanáticos, por su lado, auguraron destrucción; «¡Juegan con fuerzas más allá de su comprensión! ¡Nos matarán a todos!» gritaban afuera de las plantas. Ciertamente desearía que estos últimos no hubiesen tenido la razón.

Todo comenzó hace seis años, en noviembre la empresa Nuc-E Inc., pionera en energía nuclear, anunció la patente de un reactor de fusión que funcionaba. Casi nadie entendía de qué hablaban, periódicos, noticieros e internet se inundaron durante un par de semanas de explicaciones sobre la energía nuclear, cosa que realmente no fue de mucha ayuda. Aquellos que conocían del tema no tardaron de expresar sus dudas sobre la veracidad del anuncio de Nuc-E, por mi parte, terminé un poco harto del asunto y dejé de prestarle atención durante un tiempo.

Tres meses después se inauguró el primer reactor. Muchos escépticos continuaban afirmando que se trataba de una falacia. Todo el norte del continente se maravilló al ver la cantidad de energía que podía producir el mágico generador, incluso los detractores. Nuc-E prometió energía prácticamente ilimitada a un costo risorio, y cumplió.

Las empresas eléctricas en tres países comenzaron a cerrar. Turbinas, generadores, reactores, todos fueron apagados, enfriados o simplemente abandonados tras el auge de una nueva, limpia y en apariencia inagotable energía. El primer golpe de esta “maravilla” fue alcanzar la monopolización del sector energético en el norte de América, pero ese sólo fue el comienzo.

Tras el abrumador éxito obtenido en unos cuantos meses, Nuc-E anunció la construcción de dos nuevos reactores, uno en Europa y el otro en Sudamérica. Según los datos de consumo que recabaron, bastaba con un en cada continente para abastecer toda la demanda (con ciertos arreglos, que ya habían probado, para que Gran Bretaña y demás islas no estuvieran fuera de su “gentil” alcance). Hicieron falta nueve meses para que la amenaza de sus dos nuevas plantas se volviera realidad, y tal como pasó con la primera ola de energía nuclear (como le llamaron) hizo que el resto de medios de generación eléctrica fueran cerrados, abandonados y olvidados por los civiles. Los parques eólicos acabaron siendo una especie de plantío de rehiletes gigantes (ahora mismo son lugares bastante peligrosos, no recomiendo ir); las granjas solares fueron abandonadas, todavía siguen recolectando energía solar, energía que ya no se puede utilizar debido al abandono y la obsolescencia.

En este punto puede que te preguntes ¿qué salió mal?, todavía nada. Todo parecía ser perfecto, energía más limpia y más barata, reducción de la contaminación, una aparente estabilidad económica y social a lo largo del mundo y varias cosas más que ahora no atienden a mi memoria. Pero, como suelen decir, si algo parece demasiado bueno para ser verdad, probablemente no lo sea. Tal utopía duró sólo un poco más. Tras una pequeña pausa de dos años en que disfrutaron de su indudable triunfo comenzaron con los preparativos para la construcción de un reactor en África y, ante algo de presión social, un último en Asia (al menos de momento).

Para acabar con los últimos detractores Nuc-E decidió revelar cómo funcionaban sus reactores. Hidrógeno ionizado a temperaturas altísimas, contenido en cámaras revestidas con un material que conseguía crear un aislamiento térmico casi perfecto, le llamaban citermal; todo el material debía estar suspendido dentro de la cámara mediante potentes campos magnéticos generados con la misma energía que producía el reactor a la vez que mantenían el material alejado las paredes, pues el contacto directo entre el gas ionizado y estas las fundiría en cuestión de minutos. Toda esta maravilla tenía una duración prometida de aproximadamente doscientos años. Pese a que dieron a conocer todos estos detalles al público, guardaron algunos pormenores “sin importancia” para sí mismos.

El fin de la utopía llegó un 23 de junio, la construcción de las plantas nuevas iba según lo planeado, no se avistaba problema alguno, pero lo hubo, tres en realidad. Pasaba apenas de las once treinta de la mañana cuando todo comenzó, la electricidad a lo largo de todo el continente empezó a ausentarse. Nadie se preocupó, y aunque lo hubieran hecho, nada podían hacer.

Para las dos de la tarde no había energía eléctrica en ningún sitio y nadie sabía la razón, ¿acaso no teníamos energía ilimitada gracias a la magia de la fusión nuclear? Por la tarde aparecieron unos sujetos en una camioneta y dijeron que la falta de energía se debía a un problema de funcionamiento en el reactor, les cuestioné por qué no lo reparaban, su respuesta me dejó perplejo. «El reactor, o lo que queda de él, está algunos kilómetros enterrado en el desierto. El problema provocó que el campo que contenía la materia fallara, el plasma alcanzó las paredes y todo comenzó a fundirse irremediablemente, incluyendo al personal que estaba trabajando en los alrededores. Todo lo que queda es un agujero de cristal con algunos kilómetros de profundidad en el lugar dónde la planta estaba». Tras esclarecer mi inquietud partieron hacia el sur para dar a conocer las malas nuevas.

Era el momento idóneo para demostrar unidad, solidaridad y hacer que las cosas volvieran a ser como eran antes. No fue así, hubo disturbios, protestas y saqueos, la gente esperaba que alguien más resolviera el problema, exigían a los gobernantes que habían aceptado la energía de Nuc-E. Unos pocos intentaron hacer funcionar las plantas viejas, encontraron generadores averiados, turbinas rotas; faltos de refacciones o sin combustible para ponerlos a funcionar de nuevo y sin posibilidad de conseguirlo. Sin embargo, todos estábamos de acuerdo, había sido un error poner todos los huevos en la misma canasta.

Han pasado dos años desde entonces. Al principio creímos que solamente América había quedado a oscuras, hace unos meses nos enteramos que Europa compartió nuestra amargura.

Tras haber recorrido la desolación por algún tiempo terminé por asentarme en un poblado tranquilo, pero ahora hay algo que me inquieta. Hace dos noches un viajero llegó al pueblo, su piel tiene un tono azulado, él asegura que se debe a que el pueblo en que vivía fue envenenado, huyó para no morir junto al resto; se quedará un tiempo. Nos dijo que su pueblo no era el primero en verse en tal situación y advirtió que podría ocurrirnos a nosotros también.

Citermal, suena inofensivo. En mi último viaje pude hablar con dos investigadores, ellos me contaron no era un material nuevo, dotado de un nombre más feo que no recuerdo, y cuyo uso estaba prohibido debido a que es tóxico para los humanos. Ahora está en un pozo en medio del desierto, otro está cerca de la selva al sur y un último en Europa, envenenando la tierra lentamente.

No atino a decir cuánto nos hemos equivocado. Al final resultamos ser la mayor amenaza para nosotros mismos, nuestra codicia disfrazada de buenas intenciones y nuestra decidía para resolver problemas «que nosotros no causamos» nos ha arrastrado a vivir aislados, incomunicados y, al parecer, próximamente envenenados. Ojalá hubiéramos sido mejores.

 

 

Jesús Javier Castellanos González. Originario de Morelia, Michoacán, México. Estudiante de último año de ingeniería, escritor desde hace ya algunos años y caballerito, siempre que la ocasión lo amerite. Busco dedicarme a la investigación y me encantan las historias, leerlas, verlas, oírlas y sobre todo contarlas. Me conocen (como 3 o 4 personas) como «En un desierto», pero suelo presentarme como Xavier Castellanos.

https://enundesierto.tumblr.com/

 

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