En compañía de lo efímero

 

por Richard Stingray

 

Esa mañana Don Jacinto dobló la esquina puntualmente, a las nueve menos quince, como todos los días, muy bien arreglado, con su camisa rosada, su chaleco azul de cashmere  y en la cabeza una elegante gorra plana, cuyos rombos grises y negros  contrastaban con la gruesa mata de  cabellos plateados que coronaba. El arrastre de su pierna  izquierda era evidente y se apoyaba en un bastón ligero de aluminio cuya manija había sido moldeada para embonar con la mano de su propietario de manera perfecta. En el quiosco compró su diario favorito y a su paso fue a sentarse en la silla de Don Atanasio, el bolero cuyo trabajo era reconocido en todo el barrio.

—Hola viejito güey, qué te dije, que tu equipillo no la iba a hacer, pero te gusta hacerla de jamón. Ahora me vas a pagar el  doble, por hablador.

—Chinga tu madre, Tana. Ni propina te voy a dar. Nada más  faltaba que un jodido ignorante como tú me rezongue por irle al mejor equipo del mundo.

Ambos hombres rieron, sin esfuerzo, como dos camaradas que difícilmente pueden llegar a hacerse daño con las palabras. Don Tana le hacía el servicio de boleada a una comunidad que variaba en edad, en gusto por el calzado y por los equipos de futbol. A pesar de su edad  —aparentaba más de sesenta años— Atanasio atendía a muchos más clientes al día que sus competidores más jóvenes. Comenzaba a trabajar desde las nueve de la mañana, cuando ya lo esperaba una fila considerable. Justo a las siete de la tarde, guardaba sus cepillos, ceras y trapos en su cajón de madera y envolvía su silla en una funda de plástico rojo para irse a descansar. No se sabía que tuviera esposa, ni hijos. Se le apreciaba por varios motivos, unos más convencionales que otros; aunque su capacidad para hacer sentir relajados a sus clientes y  lograr en el calzado  resultados espectaculares era ya suficiente  para atraer gente de otros barrios.

Atanasio vivía en un cuartito situado en la parte baja de un edificio casi en ruinas, muy cerca de un mercado popular, en el centro de una ciudad que palpitaba gente. Todas las tardes sus vecinos lo veían llegar a su cuarto, detenerse un minuto para encontrar la llave, abrir y desaparecer en la oscuridad del interior. Nadie lo había visto jamás en la tienda de abarrotes de la esquina, ni comprando pan, ni en la farmacia. No había quién pudiera recordar cuándo había llegado al edificio, ni aun la gente más anciana. Parecía como si siempre hubiese estado ahí.

Nadie llegaba a admitirlo de verdad, pero en el barrio era un secreto a voces que  quien se sentaba en la silla de Atanasio mejoraba de su salud. Obreros, oficinistas y amas de casa acompañadas de sus hijos, la mayoría con afecciones diversas, formaban extensas filas para recibir boleada de las manos mágicas de Don Atanasio —a secas—, el bolero incansable que siempre ofrecía una sonrisa y un consejo para cada uno de sus clientes, quienes lo veneraban por su tesón, modestia y amabilidad. Atanasio siempre lucía igual, de pies a cabeza; hombre de corta estatura, rechoncho, con su cabeza coronada de poco pelo canoso; su cara gruesa, lampiña y requemada por el fuerte sol y ataviado con su eterno overol que un día fue color caqui, lleno de manchas de la grasa que aplicaba con esmero en el calzado de sus clientes. Trabajaba de lunes a domingo, y no se tenía memoria de alguna ausencia suya.

Al día siguiente de su último encuentro con Atanasio, Jacinto Pallares, periodista jubilado, víctima de una de las tantas épocas oscuras de la represión del gobierno de su país contra la prensa, se levantó sin esfuerzo de su cama.

—Lolita, mamacita, ¿dónde te metiste? ¡ven a ver!

—Aquí estoy, Cinto, en la zotehuela. ¿Qué te pasa? ¿Te volviste a sentir mal?

—No, mujer, ¡es lo opuesto! Me siento de maravilla, no lo puedo creer. Desde hace algunos meses había estado mejorando de la cojera de mi pierna, ¡pero hoy ya la puedo mover al cien por ciento y sin arrastrarla!

—¡Qué buena noticia! Yo sabía que si seguías al pie de la letra el tratamiento que te recetó el médico ibas a mejorar.

—Esa es la cuestión. No he vuelto a tomar esas pastillas que me provocaron mareos y náuseas. Sin embargo tengo una sospecha.

—¿De qué hablas? No me digas de nuevo que crees que se trata de las manos mágicas de tu amigo el bolero, ya sabes que yo no creo en esas cosas.

—Tú puedes creer lo que quieras. Pero ayer que estuve en su silla sentí de nuevo que ese calorcito reconfortante me subía de los pies a la cabeza. Hasta me entró un sopor que no pude rechazar. Me eché un sueñito. Atanasio me tuvo que despertar cuando terminó. Voy de inmediato a verlo para darle las buenas nuevas. Esto lo tiene que saber él.

Jacinto Pallares aprovechó su nueva y ágil movilidad y llegó rápidamente a la esquina de trabajo de su amigo. Lo recibió un tumulto de gente. En donde estuvo la silla estaba sólo la roja funda de la misma. Ni rastro de ésta ni de su dueño. Algunas personas estaban llorando. Jacinto se acercó a una señora que llevaba de la mano a su pequeño hijo.

—Señora, ¿sabe usted lo que pasó?

—No, señor. Hoy vine para agradecerle que haya curado a mi hijo de lo que tenía en su cabeza. Ya puede hablar.

Jacinto se inclinó y miró el rostro compungido del muchachito. Este le musitó unas cuantas palabras.

—Se lo llevaron. Ayer soñé que unos hombres raros vinieron por él.

Parte de las personas ahí reunidas llegaron al cuartito de Atanasio, Jacinto incluido. Estaba abierto y vacío. No había rastro de mobiliario. Sobre el suelo polvoso yacía únicamente una hoja. Era la primera página de un diario. Debajo de unos símbolos extraños estaba escrito:

“He visto tanto al hombre y estoy tan acostumbrado a él, que  sería difícil concentrar mi pensamiento en una región donde no los hubiera. Me maravilla la actitud de  algunos humanos a pesar de lo precario y frágil de su existencia. Qué malo que yo mismo no soy uno de ellos, aunque debo reconocer que su compañía me ha moldeado. He renunciado a la arrogancia imperialista de mi estirpe. Ya no seré nunca más Tanazor, líder militar  del sistema Ka-Nabar. He descubierto que para la ambición no hay límite y para la guerra siempre hay pretextos. Ahora, en mi exilio, me he transformado en uno de ellos. Pienso y siento igual que ellos. Hablo igual que ellos.  La eternidad se iluminó gracias a su compañía, con ese pensar en forma de constante cuchicheo, intrascendente, pero revelador. Debo confesar que amo a estas criaturas, y guardo con aprecio lo que me muestran y comparten. Ahora yo también tengo algo que darles.”

Jacinto lo comprendió todo. El prurito interestelar que causó su amigo al usar su tecnología  para reparar la salud de las efímeras criaturas de un planeta tan primitivo tuvo un precio. Un precio que para Tana fue muy bien  pagado.

 

 

Nombre del autor: Ricardo García Mendoza.

Ciudad y país de origen: Ciudad de México, México.

Ocupación e intereses: Profesor de ciencias. Deportes, lectura, composición y producción

musical, cine y escritura de ficción.

Facebook: /Richard Stingray.

Correo: mantarraya98@yahoo.com

 

 

 

 

 

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*