Rapto estelar

 

por Adrián García

 

Un alien vino y me lo cambió, dijo la mamá de Alberto Rufián, quien dejó de ser el brabucón n°1 de la escuela de un día para otro. Su mamá aseguraba que en la noche escuchó unos ruidos muy raros, y que al asomarse por una rendija en la puerta pudo ver a su hijo volando cerca de la ventana, con una luz rosa llevándolo de regreso a su cama.

Desde ese día Alberto Rufián ya no nos puso más apodos, ni nos pateó las loncheras, ni nos empujaba cuando hacíamos pipí en el baño. Ahora usaba un gorro tejido con el que se veía muy chistoso, pero seguíamos teniéndole miedo así que no dijimos ni pio. Isaac, que era algo así como un experto en extraterrestres, nos dijo a ese lo abdujeron, estoy seguro. (Abducir era cuando te secuestraban los extraterrestres, explicó).

Los maestros notaron también el cambio. Ahora podían sentarse sin tener que revisar antes su silla; ya no encontraban tachuelas, arañas o chicles amenazando sus profesoriles traseros. Alberto Rufián se la pasaba casi todas las clases en la baba, haciéndose el loquito. Eso sí, era el mejor en matemáticas, mejor que Sofía y Martha juntas, y parecía que le habían implantado una calculadora científica el la cabezota. Yo pensaba que eso escondía en el gorro. Isaac me dijo que seguro le habían lavado el cerebro, y que lo que escondía era una enorme cicatriz hecha por los alienígenas.

La verdad es que era muy chistoso ver a Alberto Rufián sentado en el recreo con su cara de lelo viendo hacia el cielo. Lo raro fue cuando a Francisco Gandalla, Marco Bribón y Laurita Mañosa llegaron a la escuela con los mismos síntomas de rapto interestelar. La escuela se había quedado sin abusadores.

Ahora nadie les levantaba las faldas a las niñas, no había robos de almuerzos ni nos gritaban ¡Cuatro ojos! A los que usábamos anteojos. Los recreos eran armoniosos y felices y no pasaba nada malo. No todavía.

Como nadie se juntaba con los exbravucones —los evitábamos siempre, no fueran a tener pacto con los aliens— empezaron a reunirse sin falta la media hora del recreo para no hacer nada más que enajenarse viendo el cielo. ¡Eran bien raros!

Mi ma’ se extrañó de que ya no me quejara  diario de Alberto Rufián. ¿Ya no te molesta ese niño Albertito?, me preguntó. No mamá, ya es buena onda. Qué bueno que ya se lleven bien hijo, ¿oye y si lo invitas a comer? Jamás mamá, es un bruto, le dije. Pero como a mi mamá le preocupaba que yo no tuviera suficientes amigos, lo invitó ella misma. Albertito, sin pensarlo aceptó.

Está bien mano, así descubres qué tiene escondido debajo del gorro, me dijo Isaac. Yo estaba aterrado. ¿Y si me hacía lo mismo que a los otros gandules? Yo no era un niño problema, pero sí era muy llevadito, les hacía burlas a mis amigos, metía muchas patadas en el fut y hasta le ponía apodos a los maestros. Por si las dudas me despedí de todos los del salón, pensando que tal vez, la próxima vez que nos viéramos, yo sería un vegetal con gorro.

Camino a mi casa Albertito fue platicando con mi mamá, según él muy normal, yo lo veía y sentía ganas de decirle a mi mamá que estaba fingiendo, que Alberto Rufián era un alien. Pero mejor desistí, seguro que no me iba a creer.

Mientras mi ma’ terminaba la comida nos subimos a mi cuarto a jugar Xbox. Al principio jugamos Gears of War, pero aunque yo ya lo había acabado como 4 veces en dificultad “locura”, no pude ganarle. Jugamos en línea, y en cosa de dos horas Alberto Rufian se convirtió en el jugador con mejor puntaje en la historia del juego. Ya me aburrí, me dijo, y se sentó junto a la ventana a ver el cielo. Yo estaba que no me lo creía, pero igual aproveché sus puntos para comprar todas las armas y armaduras.

Nos hablaron para comer, y mi ma’ nos sirvió su famosa —y vomitiva— sopa de lentejas. Mi papá quiso escaparse diciendo que tenía trabajo, pero  no se pudo salir con la suya. De pronto, sin que nadie más lo notara, Alberto ya había terminado, ¡y ni siquiera había tocado su cuchara! Está deliciosa señora, me podría servir más, le dijo el barbero ese. Mi mamá casi llora de la emoción. Se me hace que sí es de otro mundo como dices, me susurró mi papá. No le quité los ojos de encima a Alberto Rufián, que con la pura vista hizo desaparecer la sopa del plato. Ni una gota había dejado.  Te voy a invitar más seguido Albertito, le dijo mi ma’, contentísima. No pensé que fuera en serio, pero la cosa no acabó ahí, porque de pronto escuché la peor de las respuestas, ¿Me puedo quedar a dormir hoy señora? Claro cariño, si tus papás te dejan, nosotros encantados. Más miedo me dio cuando Alberto me volteó a ver, y yo sabía que él sabía que yo sabía que algo malo estaba planeando. Era mi fin.

Cuando nos mandaron a dormir me quedé alerta, escuchando cualquier ruido, observando de reojo el colchón donde Alberto Rufián se iba quedando dormido. Cuando se hizo el silencio me levanté, movido por la curiosidad, hasta él. Y lentamente puse mi mano sobre su gorro. Una ligera sacudida me hizo saltar de horror, y regresé a mi cama aterrado. Pasó un rato antes de que me decidiera a intentarlo de nuevo. Me paré junto a su cama, y comencé a jalar poco a poco el gorro hasta que lo quité por completo. Antes de ver lo que escondía Alberto, una brillante luz rosa entró por la ventana.

[ ]

En la mañana mi amigo y yo nos levantamos, nos pusimos nuestros gorros y fuimos a la escuela. Desde ese día todos los demás infantes nos ven fijamente durante el descanso. Pero no está mal. Me encantan las matemáticas y puedo ver ahora, a la luz del día, como bailan en el cielo las estrellas. Me dicen raro. Pero no está mal. Ya pronto vendrán por nosotros.

 

 

 

Adrián García Ibelles
San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, México
Comunicólogo y fanático del cine fantástcio y sci-fi; se divierte paseando sus ojos entre Rick and Morty, Black MIrror en Netflix y los fantásticos trabajos de autores como BEF, Toño Malpica, Ricardo Chávez Castañeda y su favorito, Neil Gaiman.
Twitter: @Adrian_Ibelles 

 

 

 

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*