Caldo de calabaza

 

por Orfil Aguilar

 

Ruta 49, madrugada de jueves, siendo estrictos debiera ser narrado como viernes, que más da una falaz elongación de los tiempos cuando la carretera es tan larga como los días, designados arbitrariamente como cada una de las cosas, a las que después de haber nombrado se le construye una explicación sobre sus “orígenes”, machacado en sistemas educativos y doctrinas etimológicas, de tanto repetirse terminan siendo aceptadas, pasando así hasta el fin de los días.

 

2:23 a.m.

Un camión cargado con fayuca polinesia avanza a 130 kilómetros por hora.

2:34 a.m.

Un camión cargado con fayuca polinesia avanza a 112 kilómetros por hora.

2:41 a.m.

Un camión cargado con fayuca polinesia avanza a 73 kilómetros por hora.

2:54 a.m.

Un camión cargado con fayuca polinesia avanza a 7 kilómetros por hora.

El reloj de Agustín marca 2 minutos antes de las 3:00 al frenar completamente el vehículo; es hombre de rituales desde hace tantos años, uno de ellos, orinar en horarios precisos, eso si, el lugar no importa, la bomba riñonante sólo exige puntos en el tiempo, de lado deja el espacio donde ello ocurra.

A los cinco años era un niño regordete, soñaba con ser policía de caminos, por tanto bajó de peso y en la adolescencia, por allí de los 19, su cuerpo sería descrito más bien como robusto y atlético, con un record personal de distancias recorridas que promediaban los 12 kilómetros en una hora, 300 abdominales cada mañana, descansando sólo los domingos; ejercicios en barra y 200 lagartijas; las circunstancias de la existencia no favorecieron el alcance de sus metas, la cabeza dura impedía un desempeño intelectual favorable, jamás se le consigno vehículo alguno para patrullar, únicamente fungía de acompañante, en la mayoría de los casos como mandadero. Abandonó el proyecto a los 24.

Los escenarios profesionales parecían cerrados para él, gustoso siempre de conducir por períodos largos de tiempo, fue como llegó a enrolarse en la compañía de transportes nacionales región suroeste.

Disfrutaba viajar, tomar las carreteras cuando la mayoría duerme, notar aquellas cosas invisibles que por no ser vistas ha de negarse su existencia:

Declaraciones de amor a media carretera después de librar un accidente, hombres en cuclillas liberando eses fecales a las puertas de una iglesia, seres gordos que, con culpa intensa, por las noches comen sólo ensaladas de las máquinas de venta automatizada, animales que en la vastedad colindante con las carreteras llevan a cabo todo tipo de rituales, descritos casi como accionares humanos.

Y uno de ellos, conducta humana, un tanto refleja y obligada es el arte de la micción, motivo que llevó a Agustín a detenerse frente a la tienda de comida rápida.

De pie frente al urinal mira su pene endurecido, nota como la vejiga presiona y poco a poco irriga el resto de las redes de conductos diseñados para tal fin, las gotas salen, después son chorros, al final un torrente, instantes después gotas de nuevo.

A punto de guardar el miembro entre sus calzoncillos ,posteriormente subir el cierre y retirarse al lavabo, cuando empieza a notar pequeños mordiscos en la punta de su miembro; quizá alguna hormiga perdida sea la causante de ello, mira y no encuentra nada, la sensación no es dolorosa, caso contrario, se extraña al notar que sus cuerpos cavernosos se van llenando poco a poco, su frecuencia cardiaca se ha incrementado; él no ha establecido ningún contacto con su falo, como indicaría el canon del arte masturbatorio, gestado por milenios por los hombres y mujeres de la especie humana, el procedimiento sigue, su mente quiere entregarse al gozo más sus ojos desean verificar el origen de tan agradable sensación, dicha tarea se va complicando, pues los ciclos en que mantienen los ojos cerrados se van haciendo cada vez mayores, segundos antes de alcanzar el clímax la ve por fin, lo ve acaso, desconocemos los detalles que darían lugar a la clasificación precisa.

Una cosa un tanto gelatinosa con forma semiesférica, con piel transparente y puntos rosados, que no alcanza mas allá de 6 centímetros de diámetro/altura, succionando continuamente, quizá tocando, tal vez posándose para ser tomada, es lo que ha dado origen al proceso de excitación-meseta-orgasmo que Agustín ha experimentado en la intimidad de los mingitorios.

Cuando la racionalidad vuelve a su persona sube rápido el cierre y sin lavarse las manos corre al interior de la tienda, compra una dona glaseada que come en la barra acompañándose de un café negro, también ha recargado sus paquetes de datos con el teléfono celular con la finalidad de poder acceder a la gran red; en ella empieza a leer una y otra página de experiencias increíbles suscitadas en carretera, hay desde fantasías sexuales poco creíbles hasta las narraciones de fantasmas asociadas a las famosas curvas del diablo, en kilómetros particulares y puntos precisos a lo largo de distintas carreteras que atraviesan el país, nada parecido a lo que, aún con el tercer vaso de café, sabe haber realmente vivido hace ya cerca de una hora.

Su mente da vueltas, jamás le había sucedido, jornadas largas de varios días y nunca necesitó descansar, parece ser que la famosa “primera vez para todo” no hará excepción en él; paga el alquiler por una noche y sube a bañarse al cuarto de un motel, revisa su miembro, no hay escoriaciones, ningún rastro ajeno al proceso posterior de una eyaculación.

 

Planeta Porsquaxrop, una hora y fecha distinta a la terrenal, si buscamos equivalencia hablaríamos de las 16:23 de un mes indeterminado, ha llegado el viajero, comisionado al ritual de caldo de calabaza, ha extraído una dosis suficiente que alimentará las raíces de su planeta para darle vida por tiempo considerable, su hábitat, tan pequeño en dimensiones, que ningún científico  especializado en astros y galaxias, detectará alguna vez su presencia en el plano universal.

Quién dijo que todas esas jodidas teorías sobre alienígenas humanizados, en tamaño y forma habrían de ser siempre correctas.

Aliens miniaturas que invadieron la tierra en escenarios cotidianos, tomados como nuevas especies o fenómenos paranormales sin paragón, que al ser tan regulares se ha dado por hecho la imposibilidad de su existencia.

 

 

Mexicano, originario de Tepic, Nayarit, de 35 años de edad, Psicólogo de Profesión y amoroso de las letras, principalmente la narrativa, desde el Gabo hasta Bolaño, Ernesto Hemingway y el gran Rulfo. Publico desde hace algunos años distintas historias en mi blog “Letras en martes”: http://letrasenmartes.blogspot.com.

 

 

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