Cuando llegaron por mí

 

por Gabriela Belard

 

Tenía 21 años la primera vez que escuché a alguien decirle ‘te amo’ a su madre. Más que sorpresa, sentí repulsión. La persona que me trajo a este mundo jamás usó esas palabras para referirse a sus sentimientos hacía mí. No había ninguna sorpresa en eso. Si me conocieras, tampoco sentirías esa calidez en tu interior y hormigueo en tu estómago que hacen que cualquier persona diga ‘te amo’. No, yo nací en otras circunstancias. Cuando llegué a este mundo casi le di muerte a la dadora de mi vida. En esa ocasión no fue a propósito, el procedimiento fue muy complicado, los especialistas le explicaron a la familia. Al salir de ese capullo sangriento y carnal me llevaron a los brazos de la persona que me dio la existencia. Tal vez es una tradición de este mundo para agradecerle a tu dador de vida. Sin embargo ella me vio, yo le devolví la mirada; su cara roja e hinchada de tanto gritar, las venas reventadas en sus ojos de tanto pujar, me vieron con un solo sentimiento: horror. No hubo abrazo en el que ella me diera la bienvenida a este mundo, ni gratitud de mi parte por traerme aquí. Me pusieron en una caja transparente, diminuta como yo. Todavía recuerdo el olor a sangre que emanaban mis escamas, sangre que había recaudado de mi progenitora. El olor a hierro era la fragancia impregnada en la caja que me resguardaba. En esos días no estaba con la sabiduría que me correspondía, esa llegó unos años después. Sólo actué con los instintos incrustados en mi cadena genética, información almacenada por millones de años de inteligencia.

Unos días después de mi encierro, abrí mis ojos diminutos y la vi de nuevo. Su mirada tan penetrante interrumpió mi sueño. Sus manos temblorosas abrieron la caja que me salvaguardaba y ahí fue la primera vez que sentí la calidez de sus brazos. Aún hoy claramente puedo escuchar sus latidos acelerados mientras bajaba velozmente las escaleras de emergencia. Unas cuantas gotas tibias de su sudor me salpicaron la frente. Desde ese momento supe que me iba a proteger, no por amor, ese nunca lo tuvo, sólo por deber.

 

—Espero que con esto aprendas a que eso no se hace —dijo mi madre mientras limpiaba mi sangre del cable de la plancha. A mis cuatro años de vida mi apetito se volvió intolerable. No había comida casera que saciara mi hambre. Una tarde calurosa después de que los demás niños descansaban en la sombra del árbol, me le abalancé al que papaba moscas. Como todo lo que hacía en esos primeros años, lo hacía por instinto; el hambre me controlaba. Mi tentáculo derecho le apretujó su cuello tierno y delicado. Mis tenazas derechas le aseguraron las manos para que no se pudiera defender. En ese entonces, todavía no aprendía a soltar mis toxinas venenosas de mis escamas. Por esa vulnerabilidad los demás niños pudieron agarrar mi cuerpo y desprenderme de mi almuerzo fallido.

—Ahorita vas a ver, pinche chamaca deforme —el niño más grande me gritó. No entendía mi fisonomía, él jamás había visto mi especie. Con todas mis características letales que ahora poseo, en mi galaxia, soy de las especies más poderosas.

—¡Agárrenla! —. Otro niño gritó. Con temor, unos agarraron mis tentáculos y otros mis tenazas. Estaba rodeada. La sombra del niño más grande tapó el sol de mis ojos centrales. Con mi ojo derecho pude ver la roca que sostenía en sus manos. Poco a poco la subió a la altura de su cabeza, estaba lista para recibir el golpe mortal.

—¡No! —Escuché gritar una voz familiar. Mi ojo izquierdo se movió para ver la periferia y vi a mi madre correr hacia el bullicio.

—Yo me encargo de ella —la escuché decir.

—Su monstruo casi se come a Jacinto —todos gritaron—. La vamos a acusar con mi papá —continuaron.

—Pinches chamacos arguenderos, no pasó nada —. Mi madre me tomó en sus brazos y mis tentáculos le rodearon el cuello de una forma gentil. Sentí su cuerpo pegajoso de sudor y la rapidez de su sangre corriendo por todas sus venas.

—Hija de la chingada, ahorita vas a ver cuando lleguemos a la casa —me gritó. Yo sólo pensé en la gratitud que sentí porque me salvó; ‘gracias’ repetí una y otra vez en mi cabeza.

—De nada. Pero aún así, te voy a meter una chinga. Los niños no se comen. ¿Me oíste? —me dijo. Ahí fue cuando me di cuenta que mi creadora podía escuchar mis pensamientos.

Nos cambiamos de casa muchas veces, cada vez a lugares más remotos. Hasta que encontramos este sitio donde pude crecer y desarrollar mis habilidades. Estos bosques templados me dieron las ramas que me ayudaron a practicar mis marometas impulsadas por mis tentáculos. Aprendí a camuflarme entre los matorrales. Aquí es donde me escondo y escucho a los campistas contar sus historias. Los veo interactuar, reír. Aquí es donde me como a sus perros.

—Ya que vengan por ti —mi madre siempre me dice. Yo no puedo esperar a que me lleven a otras galaxias. Cuestionarles porqué me incubaron en esta mujer que llamo madre. El porqué de dejarme varada en este planeta.

Esos seres que lucían como yo, llegaron por mí en la oscuridad de la noche.  Sus pensamientos aparecieron sin aviso en mi mente.

—Para subir a la nave tienes que ofrecer como tributo la sangre humana que te dio vida —me dijeron.

Mientras mi tenaza aprensaba su cuello, ella y yo nos observamos, como esa primera vez que nuestras miradas se cruzaron cuando me trajo a esta vida. En ese momento entendí el porqué siempre me vio con tanto rencor y odio. Entendí que desde un principio ella supo que sólo de esta forma nuestras vidas se separarían. En ese instante pude interpretar que su ‘ya que vengan por ti’ en realidad significaba ‘estoy exhausta, ya quiero morir’. Si hubiera podido desarrollar empatía humana, sentiría pena por esta mujer que dejó su vida para proteger a los pobres incautos de mi apetito.

 

La presión de mi tenaza me hizo sentir como si su cuello fuera de mantequilla, fácil de partir.

La sangre brotó como fuente dadora de vida. La nave abrió sus puertas. Por primera vez sentí las heladas paredes confortando mis escamas. Cada vez que mis tentáculos recorrían el piso, no sólo me daban una sensación familiar, sino que también iban respondiendo todas esas dudas que almacené a lo largo de mi estadía en este planeta. Esta nave fría y oscura estuvo recorriendo galaxias rescatando a sus semillas destructoras de vida.

 

Al final del pasillo encontré otras tenazas ajenas dándome la bienvenida.

—Este planeta te pertenece —me dijo la que extendía sus tentáculos majestuosamente—. Estamos listos para destruirlo— continuó.

Era refrescante ver esta multitud aceptándome como una más de ellos. Todos éramos iguales, más rojos o más verdes, al fin y al cabo iguales.

—¿Destruirlo? Este sin nuestra ayuda está apunto de perecer —contesté. No quería perder tiempo aniquilando algo que estaba a nada de derrumbarse. O tal vez después de todos estos años, he aprendido a ser benevolente.

 

 

Gabriela Belard es una mexicana que estudia Literatura Inglesa en la ciudad de Londres, Inglaterra donde reside actualmente. Recientemente ha decidido compartir con el mundo sus letras fantásticas. Su cuento ‘Cuando llegaron por mi’ es de los pocos que tiene en español. Gabriela lee como si su vida dependiera de ello.

 

1 Comentario

  1. Mis historias favoritas son las de ciencia ficción, amo las novelas donde mi imaginación es rebasada por la pluma extraordinaria de la autora de este género. Me gusta como fusiona la vida Alienigena con la cultura e idiosincracia mexicana. Felicidades a Gabriela. Promete buenas hiatorias.

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