La casa de San Patricio

 

por  R.Y. Ayala M.

 

Por la tarde, Genaro llegó a casa de los tíos, perdido, con un estimado de doce horas de viaje, una larga caminata por el sendero viejo hacia al pueblo de San Patricio, ampollas reventadas en los pies, y suficientes motivos para odiar la muerte del abuelo, entre ellos, que sus hermanos lo enviaran como emisario para presentar las condolencias de los García.

Se encontró con una casa de singular fachada, despintada y corroída por el paso del tiempo, adornada discretamente con algunas plantas y flores que parecían pinceladas de color, plasmadas y colocadas de manera forzada sobre aquella superficie que daba la impresión de ser demasiado dura en su estructura para los años que llevaba en pie. De la planta superior asomaba un balcón de forma sutil hacia el oeste, donde las pinceladas parecían palidecer y retorcerse como si algo les hubiera masticado las entrañas. En conjunto, la casa le parecía algo distinto a lo que miró en la fotografía que le dieron como referencia, quizá era un poco más extravagante en arquitectura, pero no tenía ni ganas de recordar y mucho menos de buscar la foto en su equipaje. Tal vez la morada había sufrido la misma desgracia que el abuelo… ¿Y si esa no era la casa?

Genaro sintió una ligera punzada en las sienes. Su profunda cavilación fue interrumpida; la cual le había hecho ignorar a la tía  Vianda que lo saludaba desde la puerta con una sonrisa casi lunática, al tío Arturo que lo observaba con una mirada frívola,  a la pequeña Rosa que había salido corriendo de la casa para recibirlo y abrazarlo.

La conversación fue breve en la comida y en la cena. A veces acompañada por risas que parecían forzadas, silencios prolongados que lejos de ser incómodos, asemejaban descansos imperceptibles para cuando no se tienen más cosas que añadir a una oración.

Las anécdotas solían no coincidir algunas ocasiones, como si se tratara de situaciones abismalmente opuestas. Genaro intentaba profundizar en aquellas que no le quedaban del todo claras, como la de la muerte del abuelo; sin embargo, la pequeña Rosa intentaba distraerlo con las acciones graciosas que únicamente los niños  pequeños poseen, y cuando no resultaba, la tía Vianda y el tío Arturo se miraban como si dialogaran sin necesidad de pronunciar palabra alguna; enseguida, reaparecía el malestar de punzada en las sienes, el recuerdo vago y lejano resurgía  en su memoria tal cual lo habían contado los tíos.

Genaro mencionó que necesitaba descansar. Por primera vez vio en el rostro de su tío un gesto parecido a una sonrisa. Fue llevado a la habitación de huéspedes, por la tía y su prima, para que descansara. Le dejaron un vaso con agua para que lo bebiera y durmiera mejor.

La temperatura del lugar había descendido tanto, que al exhalar, podía ver su propio aliento. Bebió del vaso y sintió que los ojos le pesaban. Un sonido peculiar se percibía a lo largo de la casa, como si esta fuera una gigantesca bestia que respiraba y emitía un largo zumbido cada cierto intervalo de tiempo. ¿Qué era eso? ¿Quién demonios era él y quién era Rosa, Vianda y A… Ar…?

Una fuerte luz azulada estaba sobre su cara. El instrumental metálico sonaba a un costado de sus oídos. Los tubos dentro de su nariz y boca le proporcionaban oxígeno y absorbían su saliva (la bestia mecánica seguía respirando).  Estaba rodeado de criaturas cuasi humanas, de extremidades delgadas y largas, con sus cuerpo desnudos y asexuados, con sus grandes cabezas triangulares y tres ojos, bocas pequeñas similares a las de un pulpo y cabezas calvas. Unos buscando algo en sus genitales, otros colocándole algo detrás del oído. Un líquido verdoso inyectado en su brazo, la oscuridad de nuevo (la bestia mecánica sigue respirando, sigue gruñendo con ese zumbido), la oscuridad profunda…

—¡Ha despertado! ¡Merit, un vaso con leche, rápido! ¡Michel, comunica a los señores que ha despertado! —Decía una mujer con voz desesperada.

—Señora, ¿podría permitirnos un momento a solas con su marido? Esto es un asunto privado y gubernamental, le pedimos de favor que salga con sus hijas. Los agentes la dejarán pasar en unos instantes.

Hemrich se encontraba recostado sobre su cama, con el estomago revuelto y con dos hombres de elegantes trajes frente a él. Lo observaban detenidamente. Uno de ellos comenzó el interrogatorio mientras el otro extraía de su portafolio unos documentos y una grabadora.

—Buenos días señor, nosotros somos el agente Peterson y el agente Gary. ¿Me podría decir cómo se llama y en qué país estamos?

—Me llamo Genaro…en México creo, en un poblado que se llama… San… No lo recuerdo.

—¿Recuerda usted señor Hemrich qué estaba haciendo o por qué se dirigía a este lugar? ¿Lo último que hizo antes de emprender este viaje?

—Claro, fui a dar las condolencias por parte de mis hermanos por la muerte de mi abuelo a la casa donde él habitaba, con mis tíos, en San Patricio. Y la casa respira y zumba, es muy fría…

—¿Es ésta la casa? ¿La reconoce o reconoce a estas personas?

—Por supuesto, ella es la tía Vianda, él es el tío Arturo y ella es mi prima Rosa. Cuando mira la casa con atención, parece que brilla como si fuera de  metal…

—¿Es usted humano? ¿Se considera humano?

 

Cuando los agentes pronunciaron ésta última pregunta, la familia de Hemrich había irrumpido en la habitación.

—Repetiré la pregunta, ¿Es usted humano? ¿Se considera humano? ¿Ini ka chi mi la ni huma-no? ¿Ak nia ka Huma-no?

Hemrich sintió algo caliente correr desde su oído hasta su cabeza, de nuevo el dolor en las sienes y su cuerpo se levanto de la cama en una especie de trance y pronuncio:

“Entonces la criatura se alojó en su mente como un relámpago portentoso que grabó dolorosamente aquella frase cuyo eco resonará por el resto de sus días como una fuerte punzada: Ik ni tak ji men yi tiuu , ostun ni kia egg xi natu, reg reg ti be, Ini ka chi mi Niurit. ( Desdichado el ser humano por jactarse de tener ojos, porque es por ellos que habita en el engaño del mundo que percibe. Nosotros somos Niurits.)

Después de esto, Hemrich cayó inconsciente. El agente Gary dio unas botellas con un líquido morado a la familia.

Minutos después, los agentes se encontraban manejando el negro automóvil Cádilac por una larga y sinuosa carretera de Inglaterra.

—Así es señor, el individuo presenta las mismas características que los otros ciento cincuenta. Desapareció de su habitación y reapareció una semana después creyendo que se encuentra en México… Sí señor, describe el mismo paisaje, una casa en San Patricio que brilla si se mira con atención y que maneja temperatura muy baja, ésta vez con la niña de Alaska, el sujeto de Lisboa y la mujer de Alemania. El agente Gary extrajo el implante nano dérmico y es igual. La grabación contiene la comunicación Niurit y en el expediente que realizamos aparece la misma sustancia química. Efectivamente fue abducido Nos aseguramos de que todos bebieran el NI-22 y el N-46. Cambio y fuera señor.

 

 

 

 

 

 

Ramses Yair Ayala M. ( Ciudad México, 1989) Egresado de la Facultad de Arte y Diseño de la UNAM, tiene cuentos publicados en Fanzine Eterno Sopor #2 y #3, Fanzine a los muertos #2 y #3,, Revista Fantastique #2 , Revista Nictofilia #2, Revista  Rojo Siena y Revista digital Letras y demonios.

Facebook: Ryam Ayala

 

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