Las memorias de la abuela

 

por Laura Bejarano

 

Recuerdo que siempre tenía miedo durante los viajes nocturnos en avión y por carretera: el cielo me daba mucho miedo.

Cuando era más pequeña, mis papás veían por las noches un programa de televisión llamado El quinto universo, el cual reunía a un grupo de investigadores para debatir, principalmente sobre la existencia de vida inteligente más allá del planeta Tierra. El público acostumbraba enviar videos y fotografías mostrando supuestas naves extraterrestres que sobrevolaban el cielo y seres andróginos que visitaban por las noches a los millones de televidentes. Los “expertos” analizaban con cuidado el material para cerciorarse de su veracidad y discutir sobre la posible procedencia de aquellos seres. Yo temblaba bajo las sábanas, pero prefería eso a estar sola en mi habitación, donde quizás me esperaba un alienígena del otro lado de la ventana, dispuesto a llevarme a su planeta. Por lo menos entre mis padres me sentía segura.

Era un día de junio cuando la abuela, a quien no veía desde los cinco años, llegó a vivir a nuestra casa luego de enviudar. No recordaba con claridad su rostro, pues cuando el abuelo enfermó, mamá viajaba sola a visitarlos en el rancho ubicado en la sierra. La abuela Martha era una anciana bajita con pelo blanco y ojos muy profundos.  No hablaba mucho, mamá decía que era porque estaba triste. Pasaba la mayor parte del día rezando en el cuarto que compartíamos.

Una tarde, mis padres salieron y yo me quedé al cuidado de la abuela. Decidí estar en la sala leyendo para no incomodarla. Pero ella me sorprendió saliendo de la habitación con una bolsa de papas fritas y una sonrisa, que a decir verdad, no conocía. Se sentó a mi lado, y ofreciéndome las frituras me preguntó si me gustaba ver el cielo cuando el sol se metía. Negué con la cabeza, le temo a la oscuridad, respondí. —A tu abuelo y a mí nos encantaba mirar las estrellas, —dijo con la mirada pérdida—. De hecho él tenía un telescopio que heredó de unos parientes. Todas las noches subíamos a la azotea de la casa y pasábamos horas contemplando el espacio. Nos hubiera gustado ser astrónomos. ¿Crees que haya vida en otros planetas? me preguntó de repente. Sabía que sin importar si la respuesta era positiva o negativa, tendría que escucharla hablar sobre el tema, y esta vez no tenía sábanas bajo las cuales ocultarme, tampoco podía huir, no quería ser grosera con la abuela, así que con todo el miedo que podía almacenar mi pequeño cuerpo, afirmé con la cabeza. Y acomodándose en el sillón, dijo con voz ceremoniosa: unos días antes de navidad, unas lucecitas en el cielo llamaron nuestra atención. Tu abuelo y yo creímos que se trataba de una lluvia de estrellas, pero cuando las vimos a través del telescopio, nos dimos cuenta de que las luces tenían forma ovalada, y que eran al menos diez. Ambos quedamos fascinados, yo corrí a buscar la cámara de video, pero cuando volví, las luces habían desaparecido.

José y yo pasamos los días siguientes armando teorías sobre la procedencia de aquellos objetos: estábamos seguros de que no pertenecían a este planeta. Los primeros días del año siguiente, las luces volvieron a aparecer en el firmamento, y como si hubieran advertido la intensa curiosidad que sentíamos, los objetos se acercaron mucho más al rancho, incluso descendieron hasta unos cien metros por encima de nosotros. Así fue como pudimos identificar lo que parecía ser una nave nodriza, de casi veinte metros de diámetro y diez más pequeñas que medirían quizás la mitad de la primera. De repente, con la velocidad de un relámpago, la singular flotilla, desapareció.

Después del emocionante episodio, los dos tuvimos sueños en los que veíamos a unos seres con ojos muy grandes y oscuros, tenían piernas y brazos largos y delgados. Además su piel era verdosa y traslúcida, tanto que se podía observar algo parecido a un esqueleto casi negro. No emitían ningún sonido, pues se comunicaban con nosotros por telepatía. De esta manera supimos que habitaban un planeta llamado Hocapohs a unos 600 años luz de nuestro sistema solar y venían con fines exploratorios. En cada uno de estos sueños se nos revelaba algo nuevo sobre esta civilización, pero poco me acuerdo de los detalles, mi niña.

Tu abuelo y yo nos aficionamos aún más a estos seres del espacio, y cada noche los esperábamos ansiosos con la mirada bien clavada en el cielo, pero tuvimos que esperar casi tres años para volver a ver a aquellas luces y a sus tripulantes, pues poco a poco los sueños se habían ido esfumando.

—Presta atención cariño, esto es importante —dijo la abuela mientras palmeaba mi rodilla. Yo temblaba de miedo, pero asentí con la cabeza.

—La noche era particularmente fría, los dos mirábamos al infinito como lo habíamos hecho siempre, entonces vimos las luces aparecer a lo lejos, y en un abrir y cerrar de ojos, una esfera gigantesca flotaba por encima de nosotros, a poco más de tres metros de la cabeza. José y yo volteamos hacia arriba, recuerdo haber sentido muchísimo sueño en ese momento. Lo que sucedió a continuación, no podría olvidarlo ni volviendo a nacer: al abrir los ojos, sentí el resplandor de una luz muy intensa, y a mis costados estaban dos de estos seres extraterrestres. Me sentía muy muy ligera, fue en ese instante cuando bajé la mirada y vi mi cuerpo desnudo recostado sobre una mesa como de quirófano. Noté que mi torso estaba abierto por una gran incisión y había varios aparatos conectados a mi corazón y a otros órganos, quise tocarlos, pero un impulso me detuvo y no pude moverme desde ese momento.

—Nunca supimos cuando tiempo estuvimos en la nave, una mañana simplemente despertamos en algún lugar de nuestra propiedad. Por más que tratamos, no pudimos explicar con palabras aquella experiencia. No volvimos a ver las luces ni a tener esos sueños tan extraños. Al poco tiempo tu abuelo enfermó y dejamos el cielo por la paz. Y bueno, ya sabes lo que pasó después, él murió y tu mamá me trajo a vivir con ustedes.

La abuela suspiró profundamente, tomó la bolsa vacía de frituras y sin decir una palabra más, se fue a la habitación. Yo me quedé hecha un ovillo en el sillón, incapaz de seguir leyendo.

Varias horas después, mis padres me encontraron dormida en la sala y me llevaron cargando a mi cuarto. Me acuerdo que tuve una pesadilla donde se comunicaban conmigo los seres de los que la abuela me había contado, me decían que estaban muy cerca y que me llevarían a conocer Hocapohs. Desperté muy agitada, quería meterme a la cama de la abuela para sentirme segura, pero cuando levanté la cobija que la cubría me di cuenta de algo que me puso los pelos de punta: quizás la abuela nunca regresó a la Tierra, ¿o cómo podía explicar el brillo verdoso de su piel traslúcida y el esqueleto negro que se veía a través de los brazos?

 

 

 

Mi nombre es Laura Alejandra Bejarano y nací el 24 de agosto de 1994 en Ciudad Obregón, Sonora, México. Soy ingeniera en diseño industrial y profesora particular de matemáticas. Me considero aficionada de las novelas de misterio e históricas, apasionada por la escritura de cuentos cortos y trágicos, crónicas y prosa poética. https://www.facebook.com/La-cueva-del-escritor-294841047561928/

 

 

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