Un corte de cabello gratis

 

por Krsna Sánchez

 

Vi el anuncio por casualidad al pasar cerca del establecimiento. Corte de cabello GRATIS. Nunca antes había visitado aquella peluquería, pero un corte gratuito era una promoción  demasiado tentadora. Eché un vistazo al lugar a través del escaparate. Lucía limpio y confiable, muy distinto a esas academias de peluquería infestadas de piojos que no cobran por sus servicios. Así que decidí entrar ahí sin pensarlo mucho.

El peluquero me dio la bienvenida con una sonrisa de amplitud inquietante. Se trataba de un individuo delgado y de color cenizo. Vestía una bata blanca que acentuaba su piel grisácea.  Un joven ayudante me invitó a que esperara sentado mi turno. Media docena de hombres, atraídos por la oferta, al igual que yo, aguardaban en una hilera de sillas. Me tocó el último asiento desocupado al lado de una mesita cargada de revistas.

Las paredes del lugar estaban decoradas con grandes pósteres que mostraban los peinados de moda esa temporada. Tanto los muebles como los utensilios del peluquero eran coloridos y relucientes. Me dio la impresión de que todos los enseres estaban siendo estrenados ese mismo día. Imaginé que el negocio recién se había inaugurado. El corte gratuito constituía una estrategia para conseguir a los primeros clientes.

Según la norma principal de su gremio, el peluquero platicaba con el cliente en turno mientras realizaba el trabajo. Pero el diálogo no interfería con la eficiencia de su desempeño. En pocos minutos realizó el corte de pelo de dos sujetos. Me di cuenta que no tardaría mucho en atenderme. Su rapidez fue un alivio para mí, ya que soy una persona que se impacienta fácilmente.

Quise distraerme un poco y comencé a hojear las revistas apiladas en la mesita.  Eran viejos  volúmenes de los años sesentas y setentas. Sus páginas estaban amarillentas y desgastadas. Todas las publicaciones compartían los mismos temas. Trataban sobre avistamientos de ovnis, contactos con extraterrestres y abducciones de personas. Consideré curioso que la peluquería contará con una colección dedicada a esa materia. Supuse que el peluquero, o tal vez su ayudante, sería un aficionado a la ufología.

Leí una revista cuyos artículos tocaban casos clásicos como el incidente de Roswell, el misterio del área 51, la conspiración de los hombres de negro y el suceso conocido como la batalla de Los Ángeles. Pero atrajo mi atención una historia mucho menos conocida. Era el relato de un granjero secuestrado por extraterrestres. Según el testimonio de la víctima, una noche se dirigía a cerrar la puerta del gallinero cuando de pronto quedó deslumbrado por un potente resplandor. El haz de luz lo hizo flotar por los aires y fue transportado a bordo de un platillo volador. El artículo detallaba los exámenes que los alienígenas practicaron sobre el desafortunado humano. Biopsias, vivisecciones, ecografías, tomografías y una colonoscopia. Realizadas las pruebas, devolvieron al granjero sano y salvo a su hogar, pero las gallinas habían muerto de frío después de pasar la noche con la puerta abierta.

No continúe leyendo la revista. Siempre he considerado que esas narraciones son más vergonzosas que divertidas.  Al despegar la vista  del papel, miré al ayudante que se dedicaba a levantar el pelo del piso usando una escobilla y un recogedor. Noté el esmero con que diferenciaba los cabellos que pertenecían a cada cliente distinto. Separó el pelo lacio y pelo rizado, el pelo rubio y el pelo negro, el pelo canoso y el pelo lozano. Enseguida colocó los montones de cabello dentro de diferentes bolsas de plástico y las selló herméticamente.

Le hice una seña al joven para que se acercara a mí.

—¿No te resultaría más sencillo recoger todo el pelo junto?

—La orden del jefe es hacerlo de esta manera

—A lo mejor es un nuevo método para separar los desperdicios orgánicos —dije en broma.

—No, siendo sincero, creo que el jefe colecciona el cabello —su respuesta no era un chiste.

Pasado un rato llegó mi turno por fin. Ocupé el sillón frente a un amplio espejo. El peluquero me enrolló una sábana al cuello para evitar que mi ropa se llenara de pelos. Tenía unos dedos alargados y fibrosos que me estremecieron al rozar mi piel. Le expliqué el corte que deseaba. Pedí un ligero desvanecimiento a los costados y un despunte de la parte superior. El profesional se puso en acción de inmediato. Repartió tijerazos relampagueantes entorno a mi cabeza. Los mechones cortados saltaban hacia mis hombros vivazmente. La habilidad del peluquero con las tijeras era casi sobrehumana. La afilada herramienta parecía una extensión de su mano, como la tenaza de un cangrejo.

Sin detenerse un solo instante, el peluquero inició la ineludible conversación conmigo.

—Hace rato vi por el espejo que estabas leyendo una revista.

—Fue una lectura muy enriquecedora —no supe  modular el sarcasmo de mis palabras.

—¿Dudas de la existencia de los alienígenas?

—Bueno, acepto que es  posible la existencia de vida inteligente en otros mundos. Pero me cuesta trabajo imaginar el motivo que tendrían para visitarnos.

—Yo pienso que vienen a recolectar muestras biológicas. Como los buzos que bajan al lecho marino para coger un poco de légamo.

—En ese caso, una especie realmente inteligente encontraría métodos sutiles para hacerlo. No los imagino  irrumpiendo en una granja con su platillo volador a mitad de la noche.

—Sin duda tienes razón en eso, amigo. Probablemente sean más discretos de lo que cree la gente —finiquitó nuestra charla exhibiendo su amplia sonrisa otra vez.

El corte de cabello estaba terminado. El peluquero quitó la sábana de mi cuello. Tomó un espejo de mano y me  mostró los detalles de las patillas y la nuca. Me sentí satisfecho con el resultado. Le di las gracias y me despedí afectuosamente. Al dirigirme hacia la salida, estuve a punto de tropezar con el ayudante que se hacía cargo de guardar mis cabellos en la bolsa de plástico correspondiente.

Un par de meses después, mi cabellera había vuelto a crecer. No lograba peinarla como a mi me gusta. Decidí que era oportuno visitar la misma peluquería aunque no continuará con la oferta del corte gratuito. Sin embargo, ya no hallé el establecimiento. El sitio que antes le correspondía era ahora un espacio vacío en la calle. Indagué entonces entre los vecinos de la zona. Previsiblemente, ninguna persona recordaba que hubiera habido una peluquería ahí.

Prefiero no hacer suposiciones de a dónde fueron a parar mis cabellos, ni de lo que hizo con ellos aquel individuo delgado y de color cenizo.

 

 

 


Krsna Agustín Sánchez Nevarez. Vive en Guadalajara, México. Escritor de cuentos fantásticos y de ciencia ficción. Ganador del concurso de minificción fantástica de la revista Minatura. Ha conseguido el segundo lugar en dos años consecutivos del concurso de ciencia ficción José María Mendiola. Sus cuentos han aparecido en diversas revistas.

 

 

 

 

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