El amor de la mujer lagarto

 

por Efraím Blanco

 

…salir sin rostro a la mera hora del almuerzo

y que me vean así tan lagarto como ellos

tan secos, tan deshechos como estamos.

Beatriz Marcela Stellino

 

Supe que la mujer lagarto vendría a la ciudad.

Lo leí en uno de esos volantes mal diseñados que las ferias ambulantes suelen dispersar por las calles. Sostuve el papel en mis manos y leí fecha y hora. Mis ojos azorados observaron a aquella mujer mitad lagarto que, sonriente, me regresaba la mirada. Supe que debía conocerla y saber más de ella. Quién era. Qué hacía en sus tiempos libres. Si en verdad la alimentaban sólo con bolitas de carne y si su condición se debía a que de niña desobedeció a sus padres.

Tantas dudas.

Cómo dejar de contar los segundos a la espera del día. Cómo no caminar de calle en calle soñando con un mundo invadido por mujeres lagarto. Ahí, en cualquier lugar, podría aterrizar la nave que la trajera a ella y a otras a la conquista de los humanos. Las puertas se abrirían y veríamos la luz. Una rampa llena de luces haría ruidos extraños antes de que por ella salieran las mujeres lagarto de Venus, todas vestidas en entallados vestidos color plata, con una diadema en la frente y una larga capa volando al viento por sus espaldas. Todas serían como mi mujer lagarto: fuertes, inteligentes, presurosas a la conquista. Lanzarían rayos láser de sus pistolas del futuro que congelarían a los indefensos hombres. Nos llevarían a su planeta y ¡ay!, no sé qué harían con nosotros.

Vuelvo a la Tierra.

Sorteo las banquetas, las alcantarillas, pienso en las primeras palabras que intercambiaré con la musa lagarto, en las aventuras que tendremos juntos cuando logre sacarla de ese espantoso lugar donde la exhiben. Soy Teseo. Pelearé hasta la muerte con los seres que esconden a mi bello minotauro en el laberinto. En la prisión de los ciegos, de los locos, de los malditos cirqueros de barrio. Le daré la mano y la sacaré de allí. Un hilo brillante nos llevará a la salida y miraré a Ariadna a los ojos y le contaré de mi verdadero amor. Ella entenderá. Saldremos de allí y subiremos a un barco para navegar juntos siempre. Zarparemos hacia nuevos territorios y le mostraré el mundo.

El día llega.

Veinte pesos. Sólo veinte pesos me separan del boleto dorado para entrar a ver el show. Soy Charlie y quiero ganarme la fábrica de chocolate. Soy el asesino de Willie Wonka. El traidor. No, el ganador. Quiero el premio mayor y que las señoras de la fila dejen de darme codazos para entrar. Sólo quiero dar un paso y vislumbrar lo que hay dentro de aquella carpa oscura, detrás de las cortinas rojas y de los anuncios de la terrible mujer lagarto. ¡No se acerque con un niño en brazos, podría arrebatárselo y devorarlo! No les creo nada. Ella, con esa mirada, no puede ser otra que Afrodita, debe serlo en todos sus nombres, en todas sus visiones.

La fila avanza.

Somos tantos. Me pregunto qué buscan estas mujeres, estos niños, estos hombres. Ella tendrá ojos sólo para mí. Seremos uno. Romperemos el cerco y escaparemos. Haremos el amor en cualquier hotel de paso que acepte mujeres lagarto. Sabremos pronto si nuestras crías nacerán del huevo. Cuántas serán. Si se parecerán a su madre. Por Dios, que así sea. Será una nueva raza que conquistará al planeta para siempre. Alzaremos la vista al espacio y buscaremos nuevas galaxias por habitar.

Estoy dentro.

Me muevo a través de siluetas torpes, de hombres que se han quedado pasmados al ver a mi diosa lagarto. Empujo, sudo, me escurro entre todos los que me separan de ella. Nada me detiene. Y al fin estoy frente a ella. Todos los instantes del mundo confluyen justo ahora. El tiempo, por supuesto, se detiene. Los de seguridad me miran sospechosos. Los de atrás empujan, quieren verla. Alguien grita justo cuando pongo en alto el martillo. Mi mano aprieta con fuerza. Dejo que la velocidad haga el resto. Las luces tintinean y veo cómo el cristal estalla y la prisión que la detiene se destruye. Estoy con ella y es todo lo que importa. El dueño del infame circo corre hacia mí. Otros se le unen. Estamos atrapados y eso es todo.

Es el fin.

La miro y me mira. Nuestra mirada es una. Nuestra mente es una. Escucho el estallido y mi corazón se llena de amor. La pistola láser desintegra a sus captores y al dueño que suelta un chillido y se orina antes de desaparecer y dejar una silueta acuosa en el piso de la feria. Ella me abraza y lo dice todo con ondas telepáticas. Es mi guerrera. Mi guardiana. Mi Sherlock Holmes que une todos los hilos y atrapa al malvado profesor Moriarty. Es mi Doctor Who y yo soy su compañera que irá al fin del universo colgada de su brazo. Se escucha el zumbido de la nave que flota sobre nosotros. Todo es verdad. Nuestro amor es el más perfecto. Yo lo sé. Lo sabía. Siempre lo supe.

 

 

 

 

Efraím Blanco

Cuernavaca, México. Twitter: @elEphra

Es egresado del Diplomado en Creación literaria de la Escuela de Escritores “Ricardo Garibay” del Estado de Morelos (ICM/SOGEM) donde ahora imparte el “Taller de literatura de imaginación y breve cuento fantástico”. Fundador y director de la editorial independiente Lengua de Diablo. En 2012 obtuvo el Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola con el libro “Dios en un Volkswagen amarillo”. Su más reciente libro de cuentos se titula “La nave eterna” (AcáLasLetras Ediciones, 2017).

 

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