Ellas eran

 

por Ricardo Cabezas

1

Cerraron la puerta. Cerraron mis ojos. Sentí que me ahogaba, que en cualquier momento perdería la conciencia.  Quería gritar.

Pero las palabras no emitieron ningún sonido.

Mi cuerpo desnudo se encontraba fuertemente sujeto a algo liso y firme como una mesa de operaciones. A ellas, podía percibirlas como en un sueño, moviéndose en una maraña distorsionada mientras millones de seudópodos viscosos caminaban sobre mis extremidades; penetraban en  la carne y se incrustaban en las células. Curiosas, observaban y juzgaban. Medían los fluidos corporales, las corrientes eléctricas, las imperfecciones y cicatrices de la piel.

Hay cosas peores que Dios. Ahora lo sé. El libre albedrío y la voluntad personal era algo incomprensible para ellas.

Buscaban entre  mis pensamientos y sensaciones.  Recordé paisajes marinos; el ruido de las olas al chocar en la costa. Me vi a mí mismo jugando en la arena junto a los niños, tomando un alga entre las manos y observando los restos de un cangrejo.  Les agradaba la imagen del mar.  Sentí su voracidad, su  lujuria. Extraían recuerdos e imágenes aferrándose a ellos. No podían saciarse. Me obligaron a recordar documentales y películas sobre el mar, sobre los peces, sobre las fosas submarinas. Taladraban en mi cabeza como una fresa dental extirpando una caries. RTTTT RTTTT RTTTT.

No entendía sus intenciones. ¿Pero acaso importaba? Yo era como un hámster en una ruedita. Y la ruedita giraba.

Sentí vergüenza de mi cuerpo desnudo y de mi rígido esqueleto. Ellas eran flexibles y resplandecientes. Las envidiaba. Sentí asco de mi especie;  éramos simios sin pelo condenados a la mediocridad.

Ellas seguían escarbando entre mis recuerdos. Querían conocer el clima y la geografía del planeta, la historia y el comportamiento humano.  Sus voces eran imperativas. Necesitaban conocerlo todo. Tomaron imágenes y recuerdos. Nadie se había sentido fascinado  por mí de aquella forma. Lloré.

Finalmente, liberaron mi cuerpo. Mis ojos se abrieron con dificultad, si bien las imágenes eran completamente borrosas al principio. Me encontraba en una nave de extraña geometría, orbitando alrededor del planeta.  Era un icosaedro de superficies reflejantes en el cual se proyectaban  imágenes holográficas de un planeta desconocido. Era su mundo. Un planeta rojizo, de vastos océanos,  girando junto a una solitaria estrella al borde de la galaxia. La vida surgió en aquel océano y se convirtió en una civilización avanzada. Aparecieron ciudades. Aparecieron naves con circuitos infinitesimales que se elevaban hacia el espacio. Los milenios se sucedieron unos a otros con estremecedora rapidez. El planeta agonizaba entre océanos contaminados y recursos agotados.  Una imagen de diagramas estelares mostraba el curso de distintas  expediciones de exploración. Naves que iban y venían, buscando con curiosidad  —y luego con desesperación—, un planeta adecuado para la vida. Visitaron numerosos mundos uno tras otro, pero eran estériles y secos. Su raza se extinguía inevitablemente. Fue casualidad que encontraran a la Tierra, un planeta de enormes océanos llenos de vida en los que medraba una civilización inteligente…

Me incorporé sobre la mesa de operaciones. Mis labios resecos se demoraron en encontrar las palabras.

—¿Cuál es el paso a seguir?

2

Pude ver cómo su nave se alejaba velozmente hacia las estrellas; tenían que comunicar su descubrimiento.  Cuando recuperé la conciencia, mis padres me encontraron  tirado sobre la cama, convulsionando. Nadie creyó mi historia.  Los psiquiatras diagnosticaron un desorden esquizofrénico; era algo de familia después de todo. Mi abuela  creía hablar con los  duendes.

Han pasado varios meses desde entonces. En la playa,  los niños y sus padres hacen castillitos de arena.  Juegan con sus palas y baldes. Construyen el futuro. Sus caritas iluminadas de felicidad no conocen lo que les depara ese futuro.

El futuro es la muerte. El futuro es la comunión.

Pero primero debe germinar la semilla.

La semilla crece en mí.   Les ayudo a  ellas a que se adapten a su nuevo hogar. Ahora, duermo en el mar, bajo  toneladas de agua salada, flotando a la deriva como un bote abandonado. Cuando tengo hambre, emergen de mis extremidades flagelos gelatinosos que absorben los minerales que requiere mi nuevo organismo.   A  veces también capturamos peces pequeños pues sé que les agrada el sabor de la carne fresca. De noche me cuentan  historias de  su magnífica civilización y sus extrañas tradiciones. Sueño con icosaedros resplandecientes, mientras me rodean las medusas en la calma subacuática del arrecife. Me hago sabio. Ellas crecen en mí y pronto llenaremos el océano.

Hay cosas peores que Dios.

Como yo.

Como nosotras.

 

 

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