Lo que nos cayó del cielo

 

por Ernesto Días Alcántara

 

No eran más allá de las siete de la noche cuando los primeros golpes se oyeron en el techo de teja de la mansión de los Acosta. Las tormentas veraniegas eran algo usual. Sin embargo, los ruidos en el techado parecían de granizo, algo muy poco común en el verano. La intensidad del los golpes fue aumentando de a poco pero con constancia hasta que el ensordecedor ruido acalló todos los sonidos restantes. En la casa sólo se encontraba María, que no había ido a la playa con el resto de la familia por encontrarse enferma de gripe (tan rara para esa temporada como el granizo). Cuando los ruidos se volvieron insoportables para la adolescente, que estaba sedada por el antigripal que su madre le había dado, trató de levantarse de la cama y mirar por la ventana, pero el cuerpo no le respondió en su primer intento. Espero algunos segundos para volver a hacerlo y, con mucho esfuerzo de su parte, lo consiguió. La imagen que descubrió al correr las cortinas la sorprendió más de le que lo haría el simple granizo. Lo que se presentó ante sus ojos era una escena más acorde a una pocilga que al jardín trasero de la casa de los Acosta. Había un líquido viscoso de color negro que lo cubría todo y que caía del cielo en forma de enormes gotas. Todo lo que debería estar en el jardín había desaparecido bajo una capa gruesa del líquido negro. A pesar de ser verano había oscurecido temprano, quizá era la enorme nube negra que envolvía aquella parte del barrio.

María había olvidado todo dolor y sedante para correr hasta el escritorio de enfrente de su cama en busca del teléfono móvil que se encontraba cargándose sobre la mesa. Insertó su código de desbloqueo y sobre la fotografía de ella y su novio besándose en la playa encontró dos ventanas emergentes que correspondía a los mensajes recibidos; una era de mensajes de texto sms y el otro de mensajes de su aplicación para esta acción favorita. Los mensajes sms habían sido enviados por su madre y los otros por su novio. El primero de los textos de su madre era para preguntarle cómo estaba y el segundo para decirle que tardarían un poco más de lo habitual en llegar a la casa porque su hermano menor, Joaquín, había tenido antojo de pizza y se encontraban en Charly’s, le llevarían una rebanada de su favorita: pepperoni y champiñones. Su novio sólo quería decirle que la amaba.

Marcó a su madre pero el móvil no tenía señal, mandó un mensaje a su novio pero no había WiFi. Se digirió a la sala para utilizar el teléfono fijo pero no había energía eléctrica. María se asustó, su peor pesadilla se había hecho realidad: estar sola y sin forma de comunicarse.

Se cambió el pijama y se puso sus vaqueros favoritos y una chaqueta, pues no sabía si era la fiebre que había tenido o la nube negra pero sentía frío. La lluvia y los golpes en el tejado habían cesado. Se dirigió a la puerta pero antes de intentar abrirla echó un vistazo por la ventana. Se encontró con la misma escena del jardín trasero: todo estaba cubierto por una membrana negra, coches, árboles, aceras, etc.

No había nadie en la calle pero pudo observar a muchos curiosos, que como ella, echaban un vistazo por la ventana. No había luz en el vecindario y la prematura noche había oscurecido todo. Tampoco había coches circulando por las calles y no se oía ningún tipo de ruido. Regresó a la sala y miró por la ventada, quería ver si Rex, el perro de sus vecinos, se encontraba en su casa, pero no pudo ver nada. Volvió a la ventana que estaba a un lado de la puerta y esperó reconocer en medio de la oscuridad a algún valiente vecino que hubiera decidido salir de su hogar, pero seguía sin haber persona alguna en la calle. Miró su móvil por enésima vez pero seguía sin cobertura. Trató de marcar al número de emergencia pero no hubo respuesta.

Después de casi 10 minutos de silencio, un estrepitoso ruido rompió la calma. Sin duda había sido un accidente de tránsito, el sonido característico de los neumáticos derrapando y el golpe metálico de las láminas lo hacían inconfundible. El choque no había ocurrido muy lejos de la casa de los Acosta porque María pudo sentir en el aire esa pequeña onda expansiva que se experimenta cuando dos objetos pesados impactan con violencia.

El accidente de tránsito fue el pretexto perfecto que esperaban los vecinos para salir de su asombro ante lo sobrenatural y volver a lo cotidiano. El primero fue el profesor Silva, un anciano que vivía en la esquina y después la señora Cortez que vestía unos pantalones cortos demasiado ajustados. Después salieron tantos vecinos a la vez que María ya no pudo reconocerlos. Cogió las llaves de la casa y salió también. Lo primero que notó fue un fuerte y pungente olor y la sensación de que la sustancia viscosa se pegaba a las suelas de sus zapatos. A lo lejos oyó a un vecino decir que se trataba de alquitrán. Caminó rumbo a la masa de personas reunidas por el accidente tapándose la nariz y la boca con una mano y revisando si su teléfono cogía señal. A pesar de sus intentos por no respirar, el olor comenzó a hacerla sentirse débil. Pudo darse cuenta que no era la única que había sido afectada por el aroma. A su al rededor había otras personas tosiendo y respirando con dificultad. María empezó a sentir calor, un calor asfixiante que hacía imposible respirar. Muchos de los vecinos volvieron a sus casas, otros se desmayaron en plena calle. El profesor Silva había abierto la puerta de uno de los coches de la colisión pero se desmayó un instante después. La señora Cortez yacía en el suelo de una manera obscena con las piernas abiertas y con sus pantaloncillos cortos cubiertos por rollos de carne de su estomago y caderas; estaba llena de la sustancia negra y no parecía que estuviera respirando más. María no estaba lejos de su casa pero el camino que le faltaba por recorrer le pareció inacabable. Intentó volver a respirar pero sus rodillas tocando el pavimento manchado ya no se movían, se sintió una estatua antes de perder el conocimiento.

A más de 250 kilómetros sobre la tierra un carguero espacial proveniente de Kepler 22b que había venido al planeta en busca de materias primas había sufrido una avería mayor. Cierta bacteria introducida por error dentro en el cargamento de óxido de hierro de Marte había infectado a la tripulación y había carcomido el metal de los tanques de carga y del fuselaje, haciendo que el contenido de los tanques se escapara.

María despertó. Ya no sentía calor, el olor ya no le molestaba y a pesar de caminar arrastrando los pies no había en ella ninguna sensación de debilidad. Caminó sin rumbo, pasó cerca de uno de los coches siniestrados y por poco pisa la mano del profesor Silva que comenzaba a levantarse. De repente cayó descompuesta sobre el pavimento, había resbalado con algo y no era precisamente el líquido pegajoso sino un pedazo de pizza de pepperoni y champiñones.

A unos 10 mil kilómetros de distancia, una misteriosa lluvia de arena roja cubría la superficie de varios barrios residenciales en Edimburgo.

Además de la lluvia de arena roja, hubo varios reportes de gente encontrada a cientos de kilómetros de distancia, sin rumbo y sin saber quién era. Hubo reportes similares en Lima, Perú, sólo que en Lima había llovido alquitrán.

 

 

Ernesto Días Alcántara

Filósofo mexicano radicado en Grecia, interesado en un abanico variado de temas.

https://ovarukrast.tumblr.com/

 

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