Quetzal y Bulldozer

 

por Ángel Zuare

 

Por un momento Quetzal pensó que Bulldozer no se presentaría, especialmente cuando la lluvia empezó a caer. Levantó la mirada para ver, a través del ventanal de la cafetería, la oscuridad de una callejuela desierta. Regresó su atención a la taza de café, el pan con mantequilla y el periódico de la tarde en la mesa frente a él, abierto en la sección metropolitana. Con un bolígrafo ya había marcado los recortes que separaría para su archivo; la cobertura de los eventos deportivos para discapacitados y donde Quetzal había dado un discurso motivacional que fue calificado como inspirador y heroico —sonrió al releer esta palabra —; el reparto de comida gratuita para comunidades de indigentes y los recorridos nocturnos para recoger vagabundos y llevarlos a los refugios.

Luego marcó algunas fotografías de aficionados que el diario publicaba donde mostraban a Quetzal transitando las principales avenidas de la ciudad, plazas públicas y algunos barrios populares de ligera criminalidad. Y por más improvisada, mal tomada o borrosa que fuera la foto, siempre podía distinguírsele por el uniforme: pantalones de combate militar teñidos de verde, playera de manga larga del mismo color puesta sobre un chaleco Gold Flex antibalas, guantes y botas de combate, así como un ancho cinturón táctico, todo en color rojo. Finalmente la máscara, también en verde y con micas transparentes en la apertura de los ojos. Sonrió al comparar en su mente aquellas fotos con las que le habían tomado hace menos de un año, cuando todavía pensaba que usar capa era una buena idea.

Levantó la vista al sentir que alguien entraba por la puerta mientras la lluvia arreciaba. Bulldozer permaneció un momento en el acceso del local, dando un vistazo general al interior que se encontraba dominado por mesas alineadas, gabinetes adosados en la pared y un mostrador al extremo. Por un momento a Quetzal le fue difícil reconocerlo, no sólo por el cabello desaliñado y la barba de cuatro días, sino también por las cicatrices en el rostro y las heridas recientes apenas curadas en el dorso de sus manos. Se veía más delgado, aún bajo sus pantalones de motociclista y la chamarra negra, pero no menos fornido, casi tanto como Quetzal; aunque éste sabía que, de entre los dos, Bulldozer siempre había sido el más fuerte.

Al reconocer a Quetzal en un gabinete al fondo, Bulldozer se acercó con paso firme, sorteando las mesas. Quetzal se levantó, limpiando las moronas de pan de su camisa de franela y, antes de que Bulldozer lo evitara, le abrazó con fuerza.

—Pensé que no vendrías.

—Consideré no hacerlo—. Respondió Bulldozer, regresándole el abrazo. Se sentaron en extremos opuestos del gabinete, examinándose mutuamente por un momento, en silencio y antes que la mesera los interrumpiera para preguntar si Bulldozer tomaría algo. Éste negó con la cabeza.

—¿Cómo has estado? —preguntó Quetzal.

—Ocupado… Igual que tú, te he visto en las noticias.

—Pero supongo que no es lo mismo, ¿verdad?

—No. No lo es.

Quetzal apuró el último trago de su café, dejando que un silencio incómodo se formara entre ambos. Luego señaló con un ademán las heridas en las manos de Bulldozer—. ¿Has ido con un doctor?

—No lo necesito.

—Podría cobrarme algunos favores, no tendrías que dar tu nombre.

—En serio, estoy bien… Ha sido un año de locos, ¿verdad?

—Sí, así es… Oye, Toro, he estado pensando.

—No trabajaré contigo, Pájaro.

—¿Por qué no? Podríamos marcar mucha diferencia juntos y no te matarías en el proceso.

—Respeto lo que haces, Pájaro: la distribución de caridades, los actos públicos, el cómo te miran los niños cuando llegas a sus hospitales o casas hogar, la imagen que portas y lo que representas, en serio lo respeto. Pero realmente no hace mucha diferencia.

—¡¿Y lo que tú haces sí, Toro?! Cazar criminales, volarles la cabeza, tortúralos para sacarles información, reducir sus números como si podaras tu jardín, eso tampoco hace mucha diferencia. Tú sólo atacas síntomas cuando podríamos eliminar estos problemas de raíz.

—Lo que tú haces toma mucho tiempo, ¿qué sucede entonces con todos los que sufren? ¿Todos los que mueren?

—También patrullo las calles, Toro.

—Intimidar carteristas y drogadictos o llamar a la policía cuando detectas un asalto en progreso, cargando sólo tu macana y gas pimienta no es patrullar, Pájaro.

—¿Y cuánto tiempo podrás seguir haciendo esto? ¡Mírate, no durarás más de un año así!

—Un año más, entonces.

Quetzal golpeó la mesa con frustración, atrayendo la atención de la mesera, del cajero tras el mostrador y de un par de clientes más en la cafetería.

Toro, lo que le pasó a tu hermano fue horrible, lo entiendo, pero no justifica que te castigues así. Si algo te ocurre, ¿qué pasaría con tu cuñada o tu sobrina?

—Ellas estarán bien. ¿Cómo está tu esposa?

—Bien. Acaba de dar a luz hace poco. Un niño.

—¿En serio? ¿Finalmente lograron concebir? —por primera vez Bulldozer parecía sonreír. Quetzal también lo hizo antes de estrechar la mano derecha de Bulldozer entre la suya, sintiendo al hacerlo un ligero, involuntario y constante temblor en la mano de su amigo.

—Y quiero que seas su padrino. Quiero que mi mejor amigo esté bien, que volvamos a entrenar juntos, podrías volver al servicio, ¿lo has pensado? Toro, quiero verte aquí, en una pieza, el año que entra, ¿entiendes?

Bulldozer bajó la mirada y parecía estar a punto de responder cuando se escuchó el sonido de un disparo en el interior de la cafetería y los gritos anunciando un asalto. Quetzal soltó a Bulldozer y ambos pusieron atención al par de hombres que habían entrado; uno armado con una pistola y el otro con navaja automática, ambos cubiertos con pasamontañas. El hombre con la navaja se acercó hacia los otros clientes de la cafetería mientras el de la pistola empujaba a la mesera hasta la parte trasera del  mostrador para exigirle al cajero el contenido de la registradora, amenazándoles con el arma de forma constante.

—Es una veintidós —susurró Bulldozer—. Es la única arma que veo.

—No parecen tener apoyo o vehículos afuera esperando. Sólo son dos —respondió Quetzal con la misma discreción.

—¿Traes fuego?

—Sabes que no.

—¿Protección? —la mano de Bulldozer se deslizó bajo su chamarra hacia la funda sobaquera, sujetando la culata de una Glock calibre 40.

Gold Flex —respondió Quetzal, palmeándose el pecho sobre la camisa—¿Y tú?

Dyneema. Voy sobre el arma, tu sobre la navaja.

—Nada letal, Toro —susurró Quetzal mientras sus manos sujetaban el fondo de la mesa—. Es en serio.

—Como quieras.

Poco antes que el ladrón armado con la navaja se acercara a exigirles sus pertenecías, Quetzal y Bulldozer saltaron de sus asientos. Se escucharon gritos, mesas y trastes rompiéndose, cristales estallando, golpes secos contra el suelo junto con un par de disparos. Después silencio.

Un minuto después dos hombres salieron por la entrada de la cafetería, en silencio y avanzando con paso firme sobre la calle en penumbra, tratando de no llamar la atención mientras Quetzal ocultaba su mano ensangrentada bajo el periódico de la tarde y Bulldozer ignoraba el dolor en el pecho, en el punto donde su chamarra ahora lucía un pequeño agujero.

En menos de un minuto llegaron al cruce con una avenida principal, apenas iluminada por el tráfico de la noche. Todavía en silencio y sin dirigirse una mirada, Quetzal y Bulldozer tomaron caminos diferentes.

 

 

 

Ángel Zuare (Ciudad de México, 1978): Ha dedicado su vida a la literatura de género fantástico, obteniendo reconocimientos por parte de Televisión UNAM y el Colegio de Ciencias y Humanidades. Ha publicado un volumen de cuentos con Editorial Selector y una novela breve de ciencia ficción (Retorno) con Ediciones SM. También ha colaborado con editoriales virtuales en la creación de libros digitales (Cuando Algo Más Murió). Actualmente administra el blog Middle Age Freak.

Correo electrónico: angelzuare@yahoo.com

Facebook: https://www.facebook.com/MiddleAgeFreak/

Blog: http://mafreak.blogspot.mx/

 

 

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