Todos vamos a desaparecer

 

por Gonzalo Del Rosario

 

Jugábamos a la pelota como cualquier grupo de niños al atardecer en el barrio. El fútbol era lo único que nos mantenía fuera de todo lo que ya sabíamos llegaría en cualquier momento. Éramos niños, pero no tontos. De pronto, una gran sombra nos cubrió y los vi desintegrarse, uno a uno, al Pacho, al Franchis, al Pelao, mis amigos corrieron a sus casas menos yo, que me quedé como petrificado. Alcancé oír al Burro gritar: ¡corre Gordo! ¡Corre mierda! Antes de ser desintegrado también, pero yo no reaccionaba. Al final, quienes desaparecieron fueron ellos y no yo, que me quedé estático, paralizado, una estatua de mantequilla. ¿Qué habrán sido? ¿Dos segundos? ¿Tres? No quedó nada, ni la ropa, ni la sombra, nada.

Pero eso fue hace tiempo, ahora ya qué chucha importa si todos están muertos. Igual siempre es gracioso que alguien se acuerde de uno, de lo que uno fue, Perú Salvaje, Garun, hace cuánto que no escuchaba mentar esa huevada, putamare, me cagas, me voy en yara causa, ja, ja, más bien salva pe ¿no tienes? ¡Qué chucha vas a tener! Nadie tiene ni mierda… con los salvajes pensábamos, Oe y cuando esa huevada nos termine por caer ¿cómo haremos con la ganya? Hidropónica nomás, pero si ni agua hay, nada… la hueva tío, a mí me llega al pincho si puedo o no puedo fumar, aunque si tuvieras me volvería loco, ando dragonazo, sólo que la firme drogarme hace mucho que no me importa porque paro más pendiente de que esos reptilianos de mierda no me desaparezcan… vivo en una pálida constante como bien comprenderás, y no necesito nada más. No, ya te dije, de la banda solo quedo yo, como toda la vida ¿no?

Cuando recién llegaron fuimos el primer medio en pasar la información a nivel regional en nuestro programa radial. Luego en el vespertino publicamos las primeras fotos más una nota completa con testimonios de los vecinos huanchaqueros. Ese Douglas, ya lo conoces, ni bien aterrizaron se trepó al helicóptero de sus patas del Ejército y les pidió que nos dejaran a la altura del cerro Campana, que si nos podían llevar a su pico más occidental y nos recogieran en un par de horas, porque quería aprovechar el sunset para fotografiar la nave nodriza sobre el balneario. Sus tomas eran espectaculares, las más conocidas fueron subidas al fanpage, claro, la portada de Times, y otras más que posteamos en tiempo real, y ese creo que fue nuestro principal error. Habrá sido cuestión de segundos de haberlas subido cuando el fotorreportero estrella de Trujillo despareció sin dejar ni humo, nada, ni cenizas, nada, como si lo hubieran eliminado de un anticlick, felizmente que ya había guardado la primera memoria que gastó, Douglas nunca me lo hubiera perdonado…

Acabábamos de hacer el amor. Roberta lucía hermosa sobre mí con sus tetas gigantes, pálidas y de aureolas rosadas. Cuánto la extraño. Cómo adoraba chuparlas hasta quedarnos dormidos. Recuerdo que me preguntó qué sería de nosotros en medio de tanto caos, antes de cerrar los ojos y acomodarse sobre mi hombro izquierdo. Amaba cuando subía su muslo hasta la altura de mi miembro, como cada noche, y nos quedábamos secos. Habrán pasado una hora o dos, no recuerdo, quizá menos, pero me levanté a orinar. Intenté no despertarla, así que me moví de la forma más delicada. Dormía bocabajo, su piel resaltaba sobre las sábanas blancas. ¡Qué nalgas tan redondas! Ganas no me faltaban de morderlas de nuevo. Abrí el grifo para lavar mi cara grasienta, luego de un par de golpes con el agua fría el espejo me reflejó lo que realmente descansaba sobre nuestra cama, mas al voltear mis ojos seguía viendo el cuerpo desnudo de Roberta, con sus cabellos largos sobre la espalda, la honda respiración de su sueño y ese lunar a la altura de su cadera izquierda, sin embargo, en el espejo Roberta tenía una extensa y verduzca cola, sus manos y piernas finalizaban en garras cuyos dedos gordos mostraban una tan larga como una hoz. Al fin entendí la advertencia de Carlos y no quise continuar, volví mi rostro hacia el cuerpo de Roberta por última vez antes de colocarme el pantalón y el polo, cerrar la puerta y bajar las escaleras como un endemoniado. Nunca más volví a saber de Roberta.

Me enrolé en la FAP porque tenía primos oficiales. Además, siempre quise volar uno de estos cazabombarderos. Con todas las bajas de los últimos meses, los reclutas éramos cada vez más jóvenes. ¿Quién lo diría? El año pasado terminaba el colegio como premio de excelencia, y este verano ingresaba en primer puesto del cómputo general a la UNI: mi vida recién comenzaba… hasta que apareció esa olla de mierda sobre los cielos del planeta, y todo se suspendió. Las noches previas al llamado final usaba mi telescopio para seguir las batallas sobre nuestro espacio aéreo. Me entretenía contando los segundos que duraba cada uno de aquellos diminutos aviones antes de estallar frente a su artillería pesada compuesta, principalmente, de rayos gama y energía electromagnética, esa que quema y destruye todos los microchips de los aviones, haciéndolos perder el control hasta estrellarlos. Los cielos del mundo entero lucían como en una eterna celebración de fuegos artificiales; parecían tormentas sin lluvia, sólo relámpagos y truenos a los lejos que desataban los vientos que formaron esos eternos tornados radioactivos, en medio de un mundo sin esperanzas que no sabía si pedía deseos a estrellas o al estallido de nuestros aviones en el aire. Debo reconocer que, pese a su mala fama, estos asientos sí que son cómodos.

Miraba a través de mi ventana por si alguna vez algo diferente pasara. Todos los días era lo mismo: cielo nublado, calles sucias, gente indiferente y, salvo por aquel enorme y ruidoso motor flotando sobre la ciudad, ninguna cosa varió. Sí, soy un fanático de las películas de ciencia ficción desde niño y ya me olía cómo acabaría esto. Sí, claro que sí, pero no entendía por qué no atacaban en serio. Me quedaba pegado con un ojo al televisor, otro a la laptop, otro al smartphone y otro a la ventana aguardando por el premio mayor. Nunca me había sentido tan impaciente, tan excitado, y mi condición de lisiado no ayuda, me impide salir e intentar acercarme a ese motor-flotador, ya sabes, cumplir mi sueño dorado de ser abducido… Ah, me basta con cerrar los ojos para verlos invitarme a subir… con esa luz, su calor, ahh. Fue en plena mezcla de los gritos que solía escuchar a diario en la tele y en la laptop, que mis deseos se cumplieron. No saben lo estimulante que es oír a la gente gritando al ser atrapados como si fueran cuyes o conejos, o como si huyeran para no ser corneados, mismo San Fermín, únicamente que acá no corrían delante de un toro bravo, sino para salvar sus vidas de la desintegración de estos reptiles que aparecen y desaparecen, disparan y reaparecen, ya uno no sabe ni adónde mirar porque en cuestión de segundos ves una cola deslizándose tras un grupo y al rato nadie, ni una sola pisada, como si le pusieran mute al sufrimiento. Todo eso vi desde mi habitación en este décimo cuarto piso. Filmar estas desapariciones callejeras me ha hecho comprender la razón de quedar con vida tras ese accidente.

Me sentía nervioso, me sudaban demasiado las manos, no podía mandar un solo mensaje porque se resbalaban mis yemas sobre la pantalla. Nunca pensé que nuestras sagradas noches de fin de semana llegaran alguna vez a significar nada, ahora que Dante acababa de ser atrapado. Las noticias únicamente mostraban las 24 horas cómo arrasaban con las principales ciudades del globo. Por eso nada era seguro, ni mandar mensajes, ni hablar por celular, todo estaba intervenido. Lo más probable era que las caras que seguían en la televisión habían sido cambiadas ya por ellos, sólo que nuestros ojos tan inferiores nos impiden distinguirlos.

Mara, nuestro mundo desaparece a cada minuto en la vereda del frente, sólo carguemos nuestras mochilas con lo indispensable, recuerdo que le dije, sabíamos que más temprano que nunca nos tocaría correr y como Dante podríamos ser atrapados y desaparecidos por la disque Seguridad del Estado. Qué triste tiempo para enamorarse, qué miserable época para hacer el amor, para unirse a alguien mientras todo está derrumbándose. ¿Pero es que acaso hay una época ideal? Quisiera saberla. Minutos antes de desaparecer, Mara me preguntó si no me sentía extraño por no saber a ciencia cierta si todavía éramos nosotros, si aún eran nuestros cuerpos los que se buscaban en medio del frío de la madrugada. No te da miedo, me preguntaba, Mientras te sigas pareciendo a ti, no me importa. ¿Te imaginas a esos dinosaurios en la cama? Deben ser unas bestias, le dije y me reí, pero no recuerdo lo siguiente, ni qué me respondió. Caminábamos por una calle oscura.

Estaba desnuda flotando en un líquido amarillento, cálido, confortable, sentía cómo el agua ingresaba por mis fosas nasales. Al comienzo me desesperé porque me vino una sensación de ahogarme, quería respirar hondo, mis últimos recuerdos eran corriendo, pero luego me calmé y cuando mis ojos se acostumbraron alcancé ver a esa gente desnuda y dormida también flotando en otros tubos. Creo que fui la primera en despertar porque rápido se dieron cuenta. De pronto, el nivel del agua descendió muy lento bajo el suelo y tras toser y vomitar, respirar hondo y asentarme en el piso, me puse en cuclillas y me tapé con mis brazos, pero una fuerza me lo impidió, fui elevada sobre el tubo y echada bocarriba sobre una camilla que flotaba. Las paredes eran blancas y brillaban como la nieve al mediodía. No recuerdo cómo eran porque me sentía dopada, me tenían paralizada, me sentía un cadáver… ¿sus rostros? Creo que eran alargados como lagartos con hileras de dientes tipo pirañas… mejor cerré los párpados con fuerza, no quería ver nada, pensé que me abrirían para diseccionarme o algo, que me engullirían, pero sólo sentí que succionaban mis pezones con una lengua pegajosa y un falo duro se colocaba entre mis piernas, no sin antes rosar en círculos mi clítoris, de arriba abajo y darle golpecitos hasta humedecerme. Les pedía que se detuvieran, no podía escuchar ni mis gritos, luego no pude mover mis labios. Esos rostros apuntaban con sus garras en pantallas luminosas que flotaban, todo flotaba en ese maldito lugar menos ellos. No sé cuánto tiempo me violaron. ¿Si me daba placer? ¿Eres idiota? Al comienzo no entendía nada, me dejé llevar porque no tenía escapatoria, ahhh, sí, sí disfruté y mucho, pero ya no al volverse infinitos estos orgasmos, estas alucinaciones a las que me inducían y donde todo tipo de hombres y mujeres, humanos y no humanos me introducían sus penes, sus dedos, sus puños completos, me cambiaban de pose, ahora como una perra, luego yo encima, los dominaba y perforaban cada uno de mis orificios, por mi boca, por mi ano, por mi vagina, por mis oídos, por mi nariz, por mis ojos, por mi ombligo, recuerdo sentir una cola reseca llena de escamas, rosando mis muslos, sus garras acariciando mis pezones, no paraban, no se detenían, me dolía todo el cuerpo, ¡Basta!, gritaba, ¡Bastaaa! ¡Bestias! ¡Paaarenn! Y no dejé de gritar, metieron sus garras al fondo de mi vagina, de mi ano, se vinieron en mi boca con esa leche verduzca… Seguía desnuda al despertar, pero ya no podía caminar, me dolía el vientre, lo tenía hinchado, me sangraba entre las piernas, tenía frío y estuve sola esos días en medio del bosque donde me encontraste. Sí, en esa parte están enterrados los huevos, pero no te atrevas a destrozarlos.

Mi padre me enseñó a tocar la guitarra cuando niña y eso es lo único que me aleja y me une a esta lucha, ya que… como se habrán dado cuenta… dudo mucho que resulte victoriosa de enfrentarme cuerpo a cuerpo contra esos reptiles malditos, je, je, tampoco quiero ser la portadora de su progenie… como ya se han visto casos, eww, bueno, nadie creo, no se rían, lo más probable es que ya estén aquí, entre ustedes… ¡uhh! Cómo cambian esas caras, ah, por eso mi lucha ha sido es y será siempre con mi voz, ya sé lo que dirán, ¿y eso de qué sirve? ¿Para qué han venido esta noche entonces? Aunque la música, como van los tiempos, parezca inútil a lado de la sangre y el miedo derramado por nuestros guerrilleros que siguen luchando en esas calles congeladas de ceniza contra el reptil invasor, hasta que no acaben con la poesía… no nos habrán exterminado del todo (…) Gracias por sus aplausos (…) gracias (…) Nada…ya… Por eso ahora no deseo interpretar uno de mis temas, no, esta noche quiero regalarles un poema que mi padre solía cantar y que creo que es una canción muy antigua porque dijo que su abuelo se la enseñó. Un viejito sabio y muy flaco que ya había luchado antes contra otro tipo de amenazas. Cuando los monstruos solo éramos nosotros… escuchen el sonido de los dinosaurios[1]:

Los amigos del barrio pueden desaparecer

Los cantores de radio pueden desaparecer

Los que están en los diarios pueden desaparecer

La persona que amas puede desaparecer

Los que están en el aire pueden desaparecer en el aire

Los que están en la calle pueden desaparecer en la calle

Los amigos del barrio pueden desaparecer

Pero los dinosaurios van a desaparecer

 

No estoy tranquilo mi amor

Hoy es sábado a la noche

Un amigo está en cana

Oh mi amor

Desaparece el mundo

Si los pesados mi amor llevan todo ese montón

De equipaje en la mano

Oh mi amor, yo quiero estar liviano

Cuando el mundo tira para abajo

Es mejor no estar atado a nada

Imaginen a los dinosaurios en la cama

 

Los amigos del barrio pueden desaparecer

Los cantores de radio pueden desaparecer

Los que están en los diarios pueden desaparecer

La persona que amas puede desaparecer

Los que están en el aire pueden desaparecer en el aire

Los que están en la calle pueden desaparecer en la calle

Los amigos del barrio pueden desaparecer

Pero los dinosaurios van a desaparecer

 

No sé qué sentí cuando desaparecí a esa mujer. Siempre que nos humanizamos podemos sentir algo, ¿piedad? ¿dolor? ¿amor? De allí lo olvidamos al volver a la normalidad. Esperamos que acabara de cantar para desaparecer a todos en medio de los aplausos y vivas a la Tierra libre. Tal y como ella misma lo había anunciado: ese café subterráneo nos albergaba camuflados y obligados por nuestra raza a exterminar a cuanto humano parásito se nos cruzara, más si pertenecía a estas células terroristas clandestinas. Pero esa chica, su voz, la expresión de su rostro, aquellos versos que, pese a hablar en contra de nosotros, tenían sentido para ellos y para mí en ese momento. Aún sigo sin entender cómo seres tan limitados pueden mezclar armoniosamente sus sonidos vocales y producir eso que llaman “Música”, creo que lo único rescatable que ha dado este pueblo primitivo a su galaxia, además de incubarnos. Srrr. Srrr. Srr. Humanos, pobres, tristes y autodestructivos experimentos fallidos, a pesar de todo su “Arte” igual los vamos a desaparecer.

 

I’m not here

I’m not here

This isn’t happening

I’m not here

I’m not here[2]

 

 

 

 

[1] García, Charly (1983). “Los dinosaurios”. En: Clics modernos. New York: SG Discos.

[2] Radiohead (2000). “How to Disappear Completely”. En: Kid A. London: Parlophone.

 

 

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*