El horror que habitaba en la Villa de la cruz

 

por Rigardo Márquez

 

—Ya van quince muertos en esta semana—. Indicó la forense.

— ¿Qué indicios has encontrado? —. Preguntó el oficial Ávalos.

—En todas las victimas hay rastros de una sustancia extraña, es una neurotóxina que paraliza los músculos, sé cómo funciona, pero no la he podido identificar. Otra característica es la ausencia de sangre, parece que fueron drenados, pero eso no es lo más inquietante; hay dos orificios de entrada en el cuello de cada uno de los cuerpos, son imperceptibles a simple vista—. Detalló la mujer de cabello corto y grisáceo.

— ¿Vampiros? —. Dijo en forma burlona el oficial.

—No es mi culpa, es lo que los informes han arrojado, ¿tiene alguna pista?—. Cuestionó la doctora.

—No, en realidad encontraron los cuerpos flotando en el río Coatltzacualli, lo que me hace suponer que vinieron de algún lugar elevado, ha habido tormentas esta semana, es probable que las inundaciones hayan traído hasta aquí los cuerpos—. Precisó él y continuó —Si estoy en lo correcto, el origen del río se bifurca cerca del cerro de Santa Teresa; los deslaves podrían haber lanzado los cuerpos de alguna fosa clandestina que debió colapsar por las lluvias, eso nos daría una pista de las víctimas, sólo los turistas suben a ese cerro—. Exclamó el oficial.

A las faldas del cerro de Santa Teresa, Ivania se encontraba tomando algunas muestras minerales en las profundidades sulfúricas de la enorme gruta. Sus compañeros hacían lo propio en sus respectivas áreas, se trataba de una expedición científica de índole arqueológica.

—Deben venir a ver esto—. Indicó la voz en el comunicador.

Los miembros de la expedición corrieron expectantes ante la suposición de algún nuevo descubrimiento y así fue, ante ellos pudieron ver un par de estelas talladas con jeroglíficos mayas. Entre los expedicionarios había uno que tradujo las inscripciones y explicó con erudición —Lo que dice es “Aquí yace Camazotz el señor de los muertos, el mensajero de las profundidades y si entras en sus dominios en uno de sus siervos te convertirás” —.

—Anochecerá pronto, deberías dejarlo para mañana—. Mencionó Efraín quien era un colega de profesión.

— ¿De verdad quieres dejarlo así?, quizás estemos a un solo paso de encontrar algo que nos ayude a verificar nuestra hipótesis sobre que una antigua civilización habitó el planeta antes que los humanos y que de allí derivan muchos de nuestros conocimientos, tú mismo estas convencido de que debió existir una comunidad primigenia, de la misma forma que existió un súper continente llamado Pangea—. Espetó la chica.

Los trabajos continuaron, sin importar que la noche hubiese acaecido, entonces sin previo aviso se produjo un fuerte terremoto. La excavación sufrió un derrumbe que dejó atrapados a los expedicionarios.

— ¿Están todos bien?—. Preguntó Ivania, a lo que los demás contestaron afirmativamente y usando sus linternas evaluaron los daños.

—Es demasiado pesado, no podremos mover esas rocas—. Informaron.

—Tampoco hay recepción en los teléfonos—. Recalcó Efraín.

—Debemos buscar una salida lo antes posible, para evitar ser atrapados por alguna replica—. Acotó la doctora Ivania y el grupo se internó en las profundidades.

Conforme avanzaron fueron hallando cosas cada vez más extravagantes, como agujas con las que los nórdicos sujetaban sus capas, así como armaduras de corte español, y hasta lo que parecía ser un fusil antiguo. Con cada descubrimiento se percataron de que muchas personas entraron en aquella fosa cavernosa y nunca pudieron salir.

—Mire eso doctora—. Dijo el joven Matías refiriéndose a un hallazgo macabro, se trataba de la ropa de un niño con las insignias de alguna tropa de boys scouts, la pequeña camisa se hallaba llena de sangre, cosa que perturbó a los estudiosos. La doctora vio el rastro hemático que señalaba hacía la oscuridad y decidió seguirlo. No localizaron a nadie con vida, en su lugar llegaron a una necrópolis pestilente. No era exagerado decir que se trataba de la entrada a un reino infernal ya que el paraje estaba adornado de cientos de osamentas.

—Tenemos que irnos, tengo un mal presentimiento—. Musitó con temor Leticia quien era la paleobotánica del grupo.

—Esto era lo que buscábamos, es claramente la entrada a un reino subterráneo—. Aseveró Ivania y sin perder tiempo se introdujo por la hendidura.

Al internarse llegó hasta unas escaleras finamente talladas en ónix, el inmenso corredor la llevó hasta un descubrimiento abisal. Frente a ella se alzaba una ciudadela que no podía haber sido creada por las manos humanas. Intentó avanzar más allá de la periferia, pero el piso se tornó lodoso y el olor que expedía el lugar casi la hizo desmayarse. Sin embargo, Efraín le ayudó y le dio una mascarilla para luego decir —Es guano, lo he visto en otras excavaciones, si hubieses seguido sin la máscara, podrías haber muerto—.

— ¿Guano?, pero si desde que entramos no hemos visto evidencia de ningún murciélago en esta zona —. Precisó la doctora.

En ese instante se escucharon varios alaridos de terror. Los dos corrieron hacía la parte exterior para ver lo que sucedía y se encontraron con una imposibilidad biológica, pues ante ellos se hallaba un ser execrable que sostenía entre sus garras el cuerpo de Matías, aquella cosa media casi tres metros y dirigió su mirada hacía la pobre Cecilia que trataba de huir, no obstante, la aparición monstruosa la atrapó y de sus fauces negroides emergió una lengua tentacular que lamió su rostro de forma asquerosa. El horrible ser hundió sus colmillos en el cuello de la pobre mujer y comenzó a beber de su dulce sangre. Efraín e Ivania no daban crédito a lo que sus ojos veían y en su incredulidad, la bestia dirigió sus ojos sanguinolentos hacía ellos. Acto seguido lanzó su tentáculo contra Ivania y logró herirla en la pierna. Como pudo Efraín reunió valor para sacar del trance hipnótico a Ivania y le ordenó —Debes salir de aquí mientras yo lo distraigo—.

— ¿Pero cómo?, recuerda que la entrada colapsó, no hay forma de salir—. Sentenció ella.

—Allí, mira, hay agua, debe provenir del río, es probable que en algún punto haya un conducto que te lleve hacía afuera—. Indicó él.

— ¿Y si no hay salida? —. Cuestionó ella.

El hombre sólo se quedó en silencio.

Ivania se despidió con una mirada triste, y tomando aire se sumergió en las ignotas aguas de la incertidumbre.

Cuando Ivania despertó se hallaba en la morgue, el encargado en turno estaba frente a su ordenador y se dispuso a abrir una bolsa de frituras.

La chica se sentía extraña, la garganta le picaba en exceso, su cuerpo se contorsionaba por un agudo dolor, tenía una sed iracunda. Entonces el hombre se cortó el dedo con la envoltura y sangró, aquello hizo que la cabeza de Ivania fuese taladrada por un deseo incesante, una fuerza mesmérica se apoderó de ella y macilenta se levantó tirando el instrumental forense, esto hizo que el hombre voltease y se quedase atónito al ver a la mujer desnuda, Ivania se acercó lentamente y dejándose llevar por el aroma se prendó a su cuello hasta vaciar al incrédulo mortal.

 

 

 

 

Rigardo Márquez Luis. Veracruz, México

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