Elia Steampunk

 

por Albert Gamundi Sr.

 

En la camilla de la sala de operaciones reposaba el cuerpo mantenido con vida de Elia, quien era intervenida en operación de trasplante de corazón. Su hermano Josh había obtenido un órgano compatible con el suyo, aunque se vio forzado a utilizar sus conocimientos de ingeniería biomecánica para garantizar que este aguantase durante un siglo. Conocedor que aquella intervención salvaría la vida de su hermana, también era consciente de que debería vivir como una criatura dependiente de otros humanos. Para él, la moral era secundaria, pues Dumptech fue declarada ciudad sin ley. Josh no se mostraba incómodo al ver cómo su hermana era mantenida con vida al estar conectada a una máquina.

Operó durante doce horas sin detenerse a descansar en ningún momento, sabía que cualquier fallo significaría la muerte. Cuando terminó de hacerlo, cubrió el cuerpo desnudo de Elia con una blanca sábana.

—Espero que despierte de la anestesia en un par de horas—. Observó en voz alta mientras se retiraba la mascarilla de la cara. Salió por la puerta de la sala de operaciones y se sentó en una banqueta en el pasillo. Metió la mano en su bata y sacó una petaca de ron de alta gradación, de la cual tomó un gran trago. Agotado por el proceso, continuó ingiriendo su bebida hasta que se desplomó, fruto del agotamiento y del alcohol.

Dos horas más tarde, Elia abrió los ojos, sintiendo como si le faltara aire en los pulmones. Se encontró conectada a una máquina apagada.

—Estoy viva, parece que la operación ha sido un éxito. Siento como si me faltara algo—. Pensó mientras se incorporaba y bajaba de la camilla, avanzando hacia sus prendas. Se vistió con una camisa blanca, después los pantalones y el chaleco negro, acompañado por unas botas. A continuación, salió al pasillo donde encontró a su hermano apestando a alcohol.

—Me encuentro mal Josh—. Se dirigió a su hermano temblando y ligeramente pálida. Él se incorporó pesaroso.

—Hay algo que debes saber. El corazón que te he puesto es parcialmente biónico, tu cuerpo necesita de inyecciones de sangre externas cada cierto tiempo, no podría asegurarte cuánto. Deberás alimentarte de otros humanos—. Anunció su familiar con un tono de voz casi condescendiente.

Se hizo el silencio entre los dos, sus miradas se cruzaron, ella acercó los brazos para rodearlo sin intercambiar palabra. Elia alzó la rodilla derecha y la hundió con un golpe seco en el estómago de su hermano. Entonces notó un calambrazo en el muslo.

Tengo que hacerlo ahora—. Caviló mientras acercaba su boca al cuello de la víctima.

Sintió una aguijonada en el pecho, aun así, se forzó a morder a su hermano llevada por el instinto de supervivencia, creando una profunda herida. El líquido rojo manchó su blanca piel, cayendo de sus labios hasta su escote, salpicando ligeramente el impoluto blanco de la camisa. Bebió sangre hasta que dejó de sentir molestias en el cuerpo.

—Me has convertido en un monstruo, aunque, tal vez seas tú el monstruo, quien me creó condenándome a una vida parasitaria—.  Murmuró.

Veinticuatro horas más tarde Elia se encontraba en su taller ornamental; trabajaba el metal mientras en las afueras del edificio las sirenas de policía sonaban.

—Esto ya está listo, no creo que sea peor que mi propia existencia. Pero la jungla tecnológica no acepta a los eslabones más débiles—. Reflexionó mientras hundía el hierro caliente en un cubo de agua. Exhaló aire notando como sus venas palpitaban y sus ojos se mostraban llorosos por el calor de la forja. En ese instante sonó el timbre.

—La cena ha llegado—. Pensó sacando los colmillos de metal del cubo de agua. Se puso la dentadura aún caliente sobre las encías y en un par de zancadas se presentó frente a la puerta del garaje, la cual abrió e increpó a la repartidora.

—Buenas noches, le traigo su pedido—. Se dirigió a ella la trabajadora. Elia la miró a los ojos.

—Perfecto, tal y como esperaba de Pizza Suburbio, rápida y aún caliente—. Replicó ella mientras hundía sus afiladas uñas de metal ornamentadas en el cuello de la víctima, quien se desplomó al cabo de unos momentos.

Una muerte rápida en el proceso para alimentarme es la diferencia entre un cazador y un monstruo—. Reflexionó mientras arrastraba el cuerpo al interior de su inmueble. Tumbó a la víctima contra el suelo, reposó una rodilla contra su estómago y después acercó las fauces al cuello. En aquella mordida sintió una excitación desconocida hasta el momento. El corazón biónico le latió con más fuerza, sus pupilas se dilataron. Sorbió todo el flujo que consiguió sacar, dejando que el líquido acariciase su paladar. Su vello se erizó, sus miembros empezaron a temblar.

—Creo que acabo de descubrir un placer prohibido, pensaba que lo único que me llenaba de gozo era convertir hierros en reliquias del pasado—. Caviló mientras arrastraba el cadáver para dejarlo en un lugar seguro.

Aquella mujer fue la primera víctima de su delirio. No pudo contenerse, aun cuando ya había renovado su linfa en el sistema circulatorio, ella buscaba saciar aquél deseo no vinculado a la idea de sobrevivir. Había iniciado una caza por la ciudad, el modus operandi variaba según la situación.

Siendo una ciudad con unos niveles de seguridad irrisorios, ella no tardó en convertirse en una leyenda. Al cabo de unas semanas, empezaron a aparecer carteles ofreciendo una recompensa por ella. Estaban colgados en las paredes de aquellos edificios con publicidad cambiante, otros pegados en las farolas, algunos rotos otros no, en las puertas de los locales, en las comisarías de policía. Pero el miedo era tan grande como el desconocimiento, no ayudaba el dibujo de una silueta roja con un interrogante. Elia pasaba por delante de los carteles, había perdido el uso de la razón y se entregaba a sus designios con facilidad. Se reía ante la descripción propia de un monstruo que se daba de ella. Los carteles rezaban: Deja un rastro de mordedura en el cuello de sus víctimas, en ocasiones éste llega a desgarrar completamente la carne, aunque la causa de la muerte suele ser ajena a la mordedura. Cualquier tipo de información, verificada en la comisaria, será gratificada en su justa medida.

Elia recogió un cartel de camino al camposanto. La noche estaba escondida bajo la permanente nube de contaminación que ahogaba el cielo. Sus pasos eran rápidos y seguros, pero éstos aminoraron en cuánto entró en el gran depósito, donde materiales de construcción y cadáveres de gente pobre se amontonaban. Allí estaba su hermano, quien se gastó la gran fortuna heredada de su familia en reformar la casa. Construyó una gran sala de operaciones y la sencilla herrería. Se dirigió al extremo nororiental del basurero, contempló el cuerpo inerte de su hermano allí, donde lo había escoltado por seguridad.

—Decías que había que cuidarse de luchar contra monstruos por mucho tiempo. Pues terminabas convirtiéndote en uno de ellos. Es curioso ver cómo yo ahora soy una criatura que desearía que vivieras, sólo para matarte una vez más mientras saboreo tu sangre—. Dijo depositando el cartel sobre el cadáver— El deseo me consume, adiós—. Se despidió con paso lento y una sonrisa en sus rojos labios.

 

 

 

 

 

Albert Gamundi Gil [Sr.] (1991) nacido en España, y residente en Santa Cristina de Aro (Catalunya) es autor de obras de escritura creativa. Actualmente trabaja como escritor fantasma a tiempo parcial. Su especialidad es el género negro, aunque actualmente trabaja en convocatorias con historias de terror. Sus trabajos pueden ser descargados gratuitamente en smashwords.com o en su Facebook “Albert Gamundi Sr. – Escritor”.

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