Magdalena

 

por Ángel Zuare

 

Después de que todos rieron hasta las lágrimas, el oficial Luis Martínez dijo: —Mejor te llevó a tu casa, muchacho —y se puso de pie detrás de su escritorio, tomando su chamarra del respaldo de la silla. La noche se presentaba helada.

—Pero… —Sergio quiso insistir en que le tomaran en serio, pero Luis lo acalló con un gesto de su mano y lo condujo a la entrada de la estación de policía de Villagrán. —Vámonos, ya es tarde. Mira, para que te tranquilices me puedes mostrar el lugar donde viste a los vampiros, ¿de acuerdo? Anda, espérame junto a mi camioneta, es la roja.

El muchacho, animado al escuchar eso, salió por la puerta mientras Luis recogía sus cosas. —¿A poco le crees eso de los vampiros? —preguntó Gómez, también de guardia esa noche.

—No, pero el chamaco está muy asustado —respondió Martínez mientras enfundaba el revolver en su cintura. —Es medianoche y vive muy lejos, no puedo dejar que se vaya así. Cuando se calme verá que exageró todo y se sentirá mejor —ya en la puerta se despidió: —Descansen, los veré mañana.

*  *  *

Cuando Luis tomó el camino rural fuera de Villagrán  que conectaba las poblaciones cercanas quiso hacer plática para tratar de calmar al muchacho, pero este se adelantó:

—Es culpa de los hermanos.

—¿De qué hablas?

—Todo es culpa de ellos, desde que llegaron el año pasado. Ellos la trajeron.

—¿A la diosa, verdad? —preguntó Luis maquinalmente. El muchacho  suspiró antes de encarar al policía con todo el carácter que podía tener a sus catorce años.

—Ya sé que piensan que estoy loco, pero lo que le dije es la puritita verdad, que me muera si no.

—No digas eso.

—¡Es cierto! Ni siquiera vivo en ese pueblo, pero todos sabemos lo que pasa ahí y lo que los hermanos le prometieron a la gente cuando llegaron: tesoros escondidos en los montes y dioses incas que llegarían a bendecirlos.

—¿Qué no los incas son de Perú? —preguntó Luis.

—¡Yo qué sé, pero la gente lo creyó! Y cuando llegó la diosa todo se puso peor, ya nadie quería acercarse a ese pueblo.

—¿Su diosa?

—O sacerdotisa, no sé cómo le llamen. Apareció hace unas semanas, o creo que la invocaron y les dijo que había venido para vigilar que se cumplieran las reglas de su iglesia y a recibir ofrendas.

—¿En serio crees eso, Sergio?

—Es lo todos dicen.

—¿No podrías haber imaginado lo que dices que viste?

El muchacho miró decepcionado al policía.

—Quiere convencerme de que no vi nada, ¿verdad?

—Sergio, piensa, ¿qué fue lo que viste?: un montón de personas cogiéndose en una cueva del monte frente a la cual ibas pasando por casualidad. Yo mismo he escuchado rumores de eso y honestamente me dan asco, pero no se puede hacer mucho. Sin embargo, decir que son vampiros y los viste matar a una muchacha…

—¡No todos son vampiros, sólo la maldita diosa! La vi montada sobre una muchacha que tenían desnuda y amarrada al suelo mientras los hermanos, sus sacerdotes, se revolcaban con todos dentro de la cueva, hombres y mujeres. Eran como veinte o treinta personas, casi todo el pueblo estaba ahí. Luego la diosa levantó un cuchillo y escuché que la muchacha gritó antes de que se lo clavara en el pecho varias veces. Después se levantó con toda la sangre escurriéndole por el cuerpo, embarrándosela en la cara y lamiéndola de sus dedos y del cuchillo —Sergio guardó silencio mientras Luis tomaba la desviación a Yerbabuena. —Después trajeron los machetes y empezaron a cortarle brazos y piernas para vaciar la sangre en unas copas. Entonces me eché a correr y no me detuve hasta que llegué con ustedes.

—Sergio, voy a llevarte a tu casa. Atravesaremos Yerbabuena y llegaremos a tu pueblo en unos minutos.

—¿No que quería ver donde se reúnen los vampiros?

—Prefiero llevarte a casa.

—No me cree, ¿verdad?

Luis guardó silencio ante la honesta sensación de no saber qué responder.

—¡Es aquí! —exclamó Sergio y Luis frenó un poco la camioneta a un costado del camino. El muchacho aprovechó para bajar y enfilarse por un camino apenas visible entre matorrales que se internaban en el cerro.

—¡Sergio, espérate! ¡Puta madre…! —maldijo Luis al darse cuenta que el muchacho no se detendría. Bajó de la camioneta y lo siguió tan rápido como pudo en la oscuridad, alcanzándolo en una zona árida del monte donde podía distinguirse la entrada a una caverna y la luz que brotaba del interior.

—¿Lo ve? ¡Ahí está! —dijo Sergio señalando la entrada al sorprendido oficial.

—Quédate aquí, Sergio —dijo mientras daba unos pasos al frente.

—¡Ni madres! Yo voy con usted.

—¡Entonces ponte atrás de mí y cállate! —avanzaron hacia la entrada donde sintieron el tibio calor de algunas antorchas montadas sobre el suelo de la caverna, trazando un camino hacia adentro.

—Yo soy Coatlicue… —la voz de una mujer se escuchó desde el fondo de la cueva y un escalofrío recorrió la espalda de Luis, obligándolo a detenerse. —… Gran Sacerdotisa de la Sangre.

Luis sintió en su brazo las manos de Sergio y el miedo del muchacho, pero aun así avanzó un poco más hacia el interior de la cueva, donde distinguió a una mujer de pie en el centro de la caverna, desnuda y cubierta con una sustancia viscosa. Entre sus manos sostenía un enorme cuchillo de carnicero y una copa de latón dorado llena de un líquido rojo que Martínez reconoció con certeza.

—Y la sangre complace a los dioses, nutre y conserva la carne, pues no hay mayor fuerza que la sangre —la mirada de la mujer se fijó en la de Luis antes de levantar la copa y derramar el contenido sobre su cabeza, dejando que le escurriera por todo el cuerpo.

Fue cuando Luis escuchó el grito de Sergio y volteó para ver como el joven se retorcía entre dos hombres que lo sujetaban, demacrados y con aspecto de campesinos de la zona. La reacción inmediata de Luis fue golpear a uno y empujar al otro para liberar a Sergio y gritarle: —¡corre, maldita sea! —, antes de sentir que alguien llegaba atrás de él y lo rodeaba con sus brazos. —¡CORREEE!

Sergio corrió fuera de la cueva, perseguido por otros individuos que parecieron brotar de los matorrales. Luis forcejeó con los tres que tenía encima, intentando soltarse del que lo tenía abrazado y de alcanzar la pistola en su cintura mientras repartía puntapiés. Entonces sintió en su cabeza el brutal golpe del canto de un machete y el mundo empezó a nublarse mientras caía al suelo. Sintió que varias manos lo despojaban de su ropa y lo arrastraban hacia el fondo de la caverna, donde le ataron muñecas y tobillos a un par de estacas en el suelo.

Apenas con fuerza para moverse, Luis veía con claridad a la diosa montada sobre su cintura, sosteniendo la copa y el cuchillo entre sus manos, con la sangre escurriendo por todo su cuerpo, resaltando el blanco de sus ojos enloquecidos y una sonrisa de placer mientras restregaba su entrepierna contra la de Luis.

—No hay más placer que la sangre —susurró.

—¡Chinga a tu madre! —rugió el policía mientras retorcía sus manos para liberarse. Entonces escuchó a varias personas entrar a la caverna, la mayoría en silencio, sumisos y siguiendo a dos hombres que arrastraban a Sergio entre ellos. El muchacho iba llorando y gimiendo a través de una mordaza atada detrás de su nuca. Alguien le empujó y, con las manos amarradas a su espalda, Sergio no pudo evitar caer al suelo. Ya en el piso su mirada buscó desesperadamente la de Luis, tratado de hallar en el policía algún consuelo o esperanza que él ya no sentía.

Afligido por ver al muchacho en esa situación y con nuevos bríos, Luis empezó a gritar y a retorcerse. —¡Suéltenlo, cabrones! ¡Suéltenlo! —. Entonces la diosa levantó el cuchillo ante la angustiada mirada del policía. —¡Dios mío, ayúdame! ¡Que alguien nos ayude, por favor! ¡Por el amor de Dios, déjennos ir, SUÉLTENME! ¡DÉJENNOS IR, HIJOS DE SU PUTA MADRE! ¡DÉJENLO! ¡SERGIOOO!

Sergio cerró los ojos y lanzó un grito ahogado por la mordaza cuando el cuchillo descendió sobre el pecho de Luis

*  *  *

La policía de Villagrán, consternada por la desaparición del oficial Luis Martínez, realizó un operativo de búsqueda en el poblado de Yerbabuena al siguiente día. El 31 de mayo de 1963, habiendo localizado la camioneta de Martínez y la caverna descrita por Sergio Guerrero, la policía encontró a un grupo de hombres y mujeres de Yerbabuena entregados en actividades sexuales, consumo de drogas y canibalismo. El operativo culminó con un tiroteo que cobró la vida de la mayoría de las personas reunidas, identificadas como miembros de un culto organizado por los hermanos Santos y Cayetano Hernández, estafadores de poca monta que el año pasado llegaron al pueblo de Yerbabuena para establecer una secta religiosa, aprovechando el analfabetismo y pobreza extrema de la región. Sus actividades degeneraron rápidamente en esclavismo sexual.

Entre los pocos sobrevivientes detenidos estaba Magdalena Solís, oriunda de la ciudad de Monterrey donde se dedicaba a la prostitución. Hace unas semanas Solís fue abordada por los Hernández para que se integrara a su estafa, pero Magdalena tomó seriamente su rol como Gran Sacerdotisa de la Sangre y líder de la secta, ordenando la muerte de varios miembros disidentes del culto mediante rituales satánicos que involucraban actos sexuales, mutilación y desangrado de las víctimas para su consumo. En las inmediaciones de la caverna que el culto utilizaba para sus rituales, seis cadáveres mutilados fueron encontrados. Los primeros cuerpos recobrados fueron los del joven Sergio Guerrero y el oficial de policía Luis Martínez.

De los cuerpos de estas últimas víctimas, sòlo a Martínez le habían  extraído el corazón.

 

 

 

Ángel Zuare (Ciudad de México, 1978): Ha dedicado su vida a la literatura de género fantástico, obteniendo reconocimientos por parte de Televisión UNAM y el Colegio de Ciencias y Humanidades. Ha publicado un volumen de cuentos con Editorial Selector y una novela breve de ciencia ficción (Retorno) con Ediciones SM. También ha colaborado con editoriales virtuales en la creación de libros digitales (Cuando Algo Más Murió). Actualmente administra el blog Middle Age Freak

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Blog: http://mafreak.blogspot.mx/

 

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