Mi ángel

 

por Vane Aguilar

                                     

La ciudad dormía mientras la luna iluminaba una silueta que vigilaba, solitaria y atenta, en el alféizar de una ventana desde donde percibía el olor a hierro que sólo despide una gota de sangre humana. Eso lo había atraído, podía olfatearla a kilómetros viéndose obligado a salir de su morada, como lo hace un tiburón al acechar a su presa. Sólo tardó uno minuto en llegar, aquel olor especial le provocó tanta sed que su garganta ardió.

Oculto bajo la oscuridad, Alex miraba a una mujer que, llorosa y nerviosa,  limpiaba una pequeña herida en su mano. Los restos del espejo  yacían en el suelo. Le pareció la mujer más hermosa que jamás hubiera visto y deseó por un momento que su corazón latiera nuevamente.

Una sed infernal lo quemaba como lo haría la luz del sol, la estrella gigante que por cinco décadas lo condenaba a vivir bajo las tinieblas.

Algo en su interior se agitó al observar a aquella apetitosa mujer sentarse en el suelo con la cabeza metida entre sus piernas, dejando que un llanto desesperado la poseyera.

Alex se quedó ahí, su olor lo tenía hechizado, lo hizo hasta que su piel dolió al sentir el calor del sol, el cual, ansioso buscaba alcanzar el cenit. Clavó sus ojos en ella antes de emprender la huida.

La noche que siguió se atrevió a ir más allá.

Clare miró el reloj confundida, una extraña sensación la obligó a despertar. Temerosa observó una silueta al pie de su cama, volvió a cerrar los ojos pensando en que lo había imaginado, entonces notó como su aliento se evaporaba a causa de un frío inusual. El ser continuaba ahí, estático, casi fantasmal. Sus ojos de un rojo brillante resaltaban en la oscuridad, Alex la miraba como león espiando a su presa. <<¿Quién eres>>, formuló en su mente.

—Algunos creen que soy un ángel —comentó dejándola paralizada. Había escuchado sus pensamientos. Su cuerpo entero se estremeció.

Su voz, como una hermosa melodía se coló por los oídos de Clare. Tembló al tiempo que la luz de la luna le mostró su rostro. Era perfecto, casi celestial.

—¿No temes a mi presencia?

—¿Por qué lo haría? No me harás daño.

Aquella mujer le hizo sentir indefenso, algo irreal tratándose del más cruel depredador. Se evaporó en segundos mientras Clare miraba cada rincón con desespero. Su ángel se había ido.

Permaneció en la cama incapaz de conciliar el sueño, la confusión y la ansiedad inundaban su sistema cimentando una barrera infranqueable.

En punto de las siete, sin siquiera sentir el paso del tiempo, su alma regresó a su contenedor gracias al insistente, y casi molesto, sonido del despertador.

Se levantó para tomar una ducha rápida, con la mente aun nublada por el recuerdo de aquel ser que desapareció frente a sus ojos.

Mientras se cepillaba el cabello el piso bajo sus pies comenzó a moverse con brusquedad insólita.

Vivía en un edificio de diez pisos junto con más de una veintena de familias.

Libros, cuadros, muebles y fotografías cayeron al piso haciendo un ruido ensordecedor. El pánico se apoderó de Clare paralizando su cuerpo que aún estaba clavado en el mismo sitio. Los ventanales y las paredes se desmoronaban pero los gritos de los vecinos la liberaron del estado de shock. Corrió hasta el baño y se recostó dentro de la tina aún húmeda en un intento por protegerse de los pedazos de concreto y ladrillo  que caían muy cerca de ella. Todo pasó tan rápido que parecía como un sueño, uno que pronto se convirtió en  pesadilla.

El polvo lo inundó todo impidiéndole respirar, en un instante estaba en la penumbra. Lloraba mientras quería recordar una plegaria, pero hacía mucho que no visitaba una iglesia. Su memoria colapsó, no logró pronunciar al menos un par de líneas debido a que un golpe seco en su cabeza le  hizo perder la consciencia.

—Clare, despierta —escuchó a aquella voz que horas antes le erizó la piel.

Parpadeó varias veces, su perfecto rostro estaba a centímetros de ella. Intentó tocarlo pero estaba atrapada bajo una enorme losa. Un grito ahogado escapó de su garganta y el dolor la embargó haciéndola sentir mareada.

—Tranquila, no te muevas —pidió Alex mientras intentaba inútilmente liberarla.

Clare sintió su mano fría como hielo cuando este limpió el agua salada que escurría por sus mejillas.

—¿Estoy muerta? —quiso saber. Todo se volvió tan irreal que no lograba pensar con claridad.

El edificio estaba en ruinas y su cuerpo yacía bajo los escombros.

—No —gritó Alex—.Estás herida, pero viva.

—Entonces sólo lo estaré por poco tiempo —respondió resignada—. Nadie podrá encontrarme en este cementerio de piedras.

—Yo te ayudaré —respondió Alex.

Alex  estaba ahí, a su lado, debajo de toneladas de concreto  sin un rasguño visible. Era su ángel.

—No lo soy —comentó con sus ojos clavados en la cabeza de la mujer.

Un líquido caliente y espeso resbalaba por la frente de Clare. Los labios de Alex se abrían dejándole ver unos dientes afilados.

—Esto es lo que soy —dijo Alex en voz baja —, una criatura de la noche.

La chica abrió los ojos a tope al escucharlo. Se miraron en silencio a la vez que el tiempo se detenía, Clare no supo si habían pasado unos segundos o si fueron horas. Una burbuja los encerró.

—Entonces estás aquí porque deseas beber mi sangre. ¿Qué te detiene?

Lo retó, quizá no lo creyó capaz de hacerlo. Su vista se nubló después de eso, y un frío intenso envolvió su cuerpo.

—Te sacaré de aquí. Iré a buscar ayuda. No temas, sólo tienes que resistir —comentó Alex lleno de opresión.

Desapareció de nuevo dejándola expuesta a la oscuridad en compañía de polvo y ruinas.

—¡Vuelve, no me abandones aquí! —chilló al verse sola.

Se sentía segura al lado de aquel hombre apuesto de piel tan fría como pálida, pero se había ido y una realidad aplastante le robó el aire.

Pronto el frío se volvió tan intenso que sintió ganas de dormir, Clare se resistió, sabía que si se quedaba dormida, no despertaría jamás. Quizá eso era lo que necesitaba, dormir y no despertar. Se sentía ajena al mundo.

El hombre cubierto de perfección era un ser de oscuridad y no un ángel, como había creído. Un depredador que deseaba beber su sangre hasta secar sus venas. Sus párpados pesaban y mantenerlos abiertos era casi imposible.

Las calles estaban llenas de personas que desesperadas buscaban entre los escombros alguna señal de vida. Alex observaba perplejo desde un rincón, su condición le impedía exponerse a la luz. Se sintió impotente, inútil, incapaz de buscar ayuda mientras el sol brillará en lo alto, pero Clare no resistiría entonces supo lo que tenía que hacer y se escabulló lo más rápido que pudo abriéndose paso entre las pesadas rocas que se asentaban aplastándolo. El espacio era estrecho.

—Clare —le gritó al notar sus ojos cerrados. La creyó perdida y por primera vez en cincuenta años sintió miedo.

Una paz extraviada lo reconfortó al notar como su pecho se inflaba. Estaba viva, pero en pocos minutos su vida se extinguiría.

—Volviste —dijo Clare con dificultad.

Al mirarlo entendió lo que el rostro de Alex reflejaba. La ayuda no llegaría, pero sonrío a aquel perfecto ser que la miraba compasivo.

—Sólo hay una manera de sacarte de aquí —comentó expectante.

Clare comprendió el mensaje oculto en aquellas palabras y haciendo un último esfuerzo echó su cabeza hacia atrás ofreciendo su cuello.

—¿Estás segura? La vida eterna conlleva un precio muy alto. La soledad es aplastante y enloquece a cualquiera —advirtió Alex.

—No contigo —alcanzó a decir antes de desvanecerse.

Alex se acercó y mordió su cuello absorbiendo el último aliento de aquella mujer solitaria de mirada triste. Una mujer que al despertar lo acompañaría por toda la eternidad.

 

 

 

 

 

 

 

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