Nocturna demacración

 

por Juan Francisco Negrete Rojas

 

No puedo creer lo que me sucedió… ¡Dios mío!… ¡Aún no soy capaz de asimilar esa experiencia! ¿Qué le está pasando a las ciudades del Estado de Las Profundidades? Desde que comenzaron a suscitarse muertes muy inusuales allá por los años 90’s en el municipio de San Sebastián (esas donde a las víctimas les faltaba el cerebro), la gente ha reportado varios acontecimientos extraños que han tenido lugar en el resto de la región: cadáveres exangües de niños en Ciudad Omega, una casa tragada por un enorme sumidero producto de un pequeño temblor en Tzinicpallitlan, un historiador perdido durante su expedición en el sistema volcánico de Las Siete Luces… en fin… son tantos los hechos y tan pocas las palabras, que cualquiera que las escuchara (o leyera), pensaría que son invenciones propias de un demente o de un ermitaño enajenado. Les aseguro que lo que yo voy a contarles es por completo verídico y real; y quisiera hacerlo antes de dejar de ser una… persona consciente.

Todo comenzó a principios de octubre del 2007 en la ciudad de El Calvario, exactamente en la misma fecha cuando ésta fue declarada como Pueblo Mágico por la Secretaría de Turismo de México; sus amplias y viejas calles de piedra, sus hermosos santuarios de estilo barroco y sus haciendas coloniales en decadencia fueron los aspectos que le generaron dicho título. Yo residía en uno de los barrios que estaban a no más de 3 kilómetros del Centro Histórico, en una antigua casa del siglo XVIII propiedad de mis antepasados y de mis difuntos padres; a pesar del tiempo transcurrido, el lugar todavía mantenía vivo ese arcaico y enigmático ambiente colonial, y por extraño que parezca, daba la impresión que lo conservaría por varios años más. Vivía recluido en la soledad; no tenía una pareja que me acompañara durante las melancólicas noches de otoño ni a nadie que me mirara con romance durante los ocasos del gentil y caluroso verano; para ser honesto, me desagradaban las personas. No me esforzaba por hacer amigos ni por agradar a la gente, pues a final de cuentas, era muy difícil complacerles.

Como iba diciendo, durante el transcurso de esa temporada, se presentó un acontecimiento muy poco usual en el corazón de las montañas que circundaban la localidad en donde vivía. Yo fui el único que reparó en ello, y supongo que por eso cargo con el peso de esta maldición sobre mis hombros. Sucedió durante la noche, en un recóndito rincón muy apartado de los dominios del hombre. Regresaba tarde del trabajo gracias a una molesta e inesperada junta de inspección; estaba tan cansado, que me era imposible meter correctamente la llave dentro de la cerradura de mi portón. De repente, sobre una loma, se produjo el destello espontáneo de un resplandor color celeste-negruzco, cuyo siniestro fulgor, en forma de remolino, parecía envolverlo todo en un manto demoníaco de indecible naturaleza. Hacía un frío terriblemente punzante, y la Luna se escondía temerosa detrás de lúgubres y gélidos nubarrones.

Tras haber percibido todo aquello, me sentí por lúcido e invadido por una tremebunda sensación de terror que me provocó náuseas terribles en el estómago; sabía que no debía haber visto ese dantesco espectáculo fuese lo que fuese, y también sabía que, por mera desdicha o por algún otro factor que se escapaba de mi comprensión, yo me encontraba en el momento y en el lugar equivocados. Sin más, logré destrabar por fin el cerrojo de la puerta e ingresé a mi hogar alterado y apresurado, evitando contemplar el ignoto fenómeno que seguía su marcha en la lejanía.

A las pocas horas de haber entrado, escuché, con bastante exaltación, que alguien llamaba de forma estruendosa a mi puerta, anhelando con desesperación alguna clase de atención o trato singular.

—¿Quién es? —pregunté con gravedad.

—Soy yo Daniel, Teresa, tu vecina. Ábreme por favor… necesito de tu ayuda.

Accediendo a su conmovedora petición, abrí la puerta con brusquedad; y acto seguido, pude apreciarla por completo desnuda bajo la taciturna luz de mis faroles. Estaba cubierta con una capucha de terciopelo negro que me dejaba ver parcialmente su sexualidad; y entre su largo cabello, sus grandes ojos, su delicada piel blanca y sus dulces proporciones, había algo que, sin duda, me hipnotizaba.

—¿Qué fue lo que te sucedió? —Volví a preguntar mientras cometía el grave error de “invitarla a pasar”.

—Algo ocurrió mientras cumplía el designio de Los Dioses.

—Explícate —inquirí yo.

—Verás, hace no mucho, NeRo, El Emisario, pese a su traición, llevó a cabo la tarea de procrear un cuerpo para la encarnación de Tenebrae Mortem, Su Majestad… El dios supremo. Nosotros, como buenos fieles, hemos intentado proporcionarle un ambiente opulento a nuestro Gran Señor al traer de vuelta a sus antiguos adoradores que yacen más allá de las estrellas, y ocultos bajo una profunda oscuridad mucho más densa que la de todos los pozos del abismo.

Después de escuchar eso, la miré atónito porque no comprendí ni una palabra de lo que me dijo; sin embargo, ella continuó hablando ininterrumpidamente:

—Ahora, esta noche, esos seres arcaicos de otros mundos han salido en legiones desde la bastedad del Abismo Celeste que yo y mis hermanos abrimos en el interior de las montañas; y todos, sin excepción, han emergido lujuriosos y sedientos de sangre. Les ofrecí mi cuerpo, sé que les he dado placer y alimento y sé que se hallan complacidos con ello. Ahora yo soy la que tiene hambre, y por eso te pido que, por favor, me dejes beber de ti.

Después de haber oído sus palabras, un escalofrío pavoroso recorrió todo mi cuerpo paralizándome de pies a cabeza. Mi corazón latía con vehemencia debido al terror y a la espontánea incapacidad de movimiento que me subyugaba en ese momento. Supe que algo terrible iba a pasarme; y al no poderme expresar ni con agudos gritos de agonía, mi suplicio sólo se hizo más lamentable.

Entonces, bajo el influjo de la seducción sangrienta de Teresa, contemplé horrorizado la forma tan atroz en la que su cabeza se desprendió de su ser, como si una cuchilla la hubiese cercenado limpiamente. Su cuerpo, tan perfecto como el de la mujer que aparece en La belle Rosine, se fue corrompiendo hasta que estuvo cubierto por miles de ampollas y llagas que chorreaban un líquido vil y purulento. El acto más retorcido vino al final, donde toda su masa, desde su rebanado cuello hasta sus marchitos genitales, se abrió de par en par como las fauces de una bestia, dejando al descubierto su execrable interior que estaba tapizado de filosas púas tal cual trampa mortal. En ese mismo instante, recordé las leyendas sobre brujas que mi querida madre solía contarme para entretenerme durante mi infancia; aquellas donde las consortes del mal solían quitarse la cabeza para luego salir y succionarle la sangre a los vivos.

De esa manera, quedé aprisionado entre esos pinchos y esas paredes de carne, drenando mi sangre, dando y recibiendo placeres blasfemos y dominado por un éxtasis que por sí solo era enfermizo. Cuando por fin me encontré libre, vislumbré, entre luces celestes y negruzcas, los repugnantes cuerpos amorfos de esos satánicos seres de otra dimensión; todos estaban… sedientos de sangre.

Han pasado ya varios meses desde el acontecimiento y mis vecinos me creen muerto. Al igual que Teresa, mi cuerpo rápidamente comenzó a mostrar las mismas señales de corrupción, aunque con la enorme diferencia de no poder desprender mi cabeza. Mis caninos crecieron de manera pronunciada y mi apariencia, a pesar de su fealdad, sigue siendo la de una persona joven. Dada esa sed insaciable, sin duda alguna me he transformado en un sirviente chupasangre de Los Dioses; no obstante, sigo sin conocer todas las respuestas que giran alrededor de esos escalofriantes seres superiores.

¿Qué le está pasando a las ciudades del Estado de Las Profundidades?

FIN

Escrito por:

Juan Francisco Negrete Rojas

09 de octubre de 2017. León Gto.,  México.

 

 

 

 

Juan Francisco Negrete Rojas es un joven escritor originario de la ciudad de León Guanajuato, México. Ingeniero de profesión, su estilo se ve influenciado por las leyendas coloniales de su región y por los autores clásicos del género gótico. Ha sido publicado recientemente en el número 7 de la Revista Vuelo de Cuervos y realiza video análisis de libros de terror con el fin de difundir el hábito de la lectura.

 

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