Octubre en el cementerio

 

por Eliu Solís

 

Encontró el cementerio una noche que escapó de casa. Era pequeño y estaba descuidado, y era, sobre todo, viejo, terriblemente viejo. Parecía que por sus lápidas habían pasado miles de años, pues se encontraban cuarteadas y olvidadas, y los nombres en la piedra apenas podían leerse. La maleza áspera y los hierbajos marchitos emergían de forma lenta de la tierra seca, amenazando con cubrirlo todo por completo. Ahora sólo quedaba el descascarado recuerdo de la decadente belleza exuberante que tuvo aquel pequeño cementerio escondido entre colinas resecas y perdidas en la inmensidad de la llanura desértica.

Abigail escapó de casa aquella noche por la misma razón que las anteriores ocasiones: porque su padre había bebido de más. Siempre que esto pasaba terminaba por golpearlas a ella y a su madre. Abigail estaba cansada de las golpizas, y por eso a sus diez años había reunido el valor suficiente para evitarla marchándose en medio de la noche al descampado, cobijada por nada más que un viejo chal de lana, el frío de la llanura y la abundancia de estrellas en los cielos.

Aquella noche se internó en las colinas resecas y fue así que halló el cementerio. Saltó la cerca y recorrió lentamente las filas de agrietadas lápidas. En el centro se encontraba un gran árbol, de ramas retorcidas y negras. A sus pies estaba una tumba abierta, y allí, en el interior del boquete, se hallaba una niña vestida con un amarillento camisón cubierto por manchas marrones.

Cuando la niña en el agujero se volvió para mirar a la intrusa, Abigail soltó un grito de espanto al notar la sangre fresca que escurría por la barbilla de la jovencita.

Abigail echó a correr, pero la ensangrentada chiquilla pegó un salto, salió de la tumba con gran velocidad y se abalanzó sobre su presa. Las dos chicas rodaron por el suelo, hasta que la chiquilla quedó sobre Abigail y la apresó contra el piso.

—¡No me hagas daño…! ¡No me robes mi alma! —exclamó Abigail, asustada.

—¿Por qué te robaría el alma? —preguntó la chiquilla, indignada.

—Porque eres el diablo…

—No soy el diablo… —exclamó la chiquilla, incrédula. Y quitándose de encima de Abigail, añadió—: Soy una muerta. Me colgaron de ese árbol hace setenta años. —Y señaló el árbol cercano—. Y esa de ahí es mi tumba… Bueno, en realidad es de mi amá, pero después nos pusieron juntas.

—¿Entonces… no comes almas? —preguntó Abigail, más tranquila.

—No. Yo como sangre —respondió la chiquilla, sonriente—. Me estaba comiendo la sangre de un coyote cuando llegaste.

—Ah… —respondió Abigail, algo confundida.

—Me llamo Octubre —dijo la chiquilla, estirando la mano.

—Yo me llamó Abigail —respondió Abigail, tomando la mano de la chica— ¿Octubre? Me gusta. Ese sí que es un nombre bonito.

—¿Verdad que sí…? Lo escogí yo misma, porque cuando desperté no sabía cómo me llamaba, y la única palabra que pude leer en la lápida de mi amá era Octubre. Así que me llamé así.

—¿Sabes leer?

—¡Claro! ¡No soy estúpida!

—Oh, perdón —añadió Abigail algo avergonzada— ¿Y… vives aquí?

—Sí —respondió Octubre, orgullosa.

—¿Y no te da frío?

—No, nada de frío… Ya no siento frío, ni calor, ni dolor, ni nada.

—Oh… —exclamó Abigail, sorprendida—. A mí me gustaría no sentir dolor…

—Aunque a veces está un poquito solitario —dijo Octubre, bajando los ojos.

—Si quieres yo puedo venir a hacerte compañía… Si me dejas quedarme en tu cementerio.

—De acuerdo, pero no es mi cementerio… Le pertenece a la Señora Blanca; pero ella casi no viene y no creo que le parezca mal que te quedes.

Y así fue como las dos chicas comenzaron su amistad. Abigail llegaba al cementerio olvidado en las noches en que su padre había querido darle una paliza, y Octubre la dejaba quedarse en la tumba de su madre o en los arbustos del norte, cerca de la pila de huesos y cráneos de animales. Abigail, por su parte, le hacía compañía a Octubre y platicaba con ella. La niña muerta era muy elocuente, y fue así como reveló que su madre murió acusada de brujería, y que el camisón con manchas marrones que vestía lo había robado a una mujer que murió tratando de abrir la tumba maldita de los Orellana, hacía treinta años.

Abigail y Octubre se hicieron muy amigas con el paso del tiempo. Incluso en una noche de noviembre, Abigail llevó un mantelito, un par de tazas de porcelana, una tetera y una azucarera. Y, tras limpiar las manchas de sangre seca de la cara de Octubre, organizó una fiesta del té para su amiga. A Octubre, desde luego, no le gustó el sabor del té, pero eso no les impidió tener su fiesta, porque rellenaron la taza de Octubre con sangre de un coyote que cazaron juntas.

—Hazme como tú —dijo Abigail a su amiga—. Hazme como tú para no sentir dolor.

—No puedo hacerte como yo…, sólo la Señora Blanca puede…

—¿No puedes intentarlo?

—Te mataría, y no quiero perderte.

Abigail se limitó a sonreír y a beber de su taza de té.

Tiempo después, Abigail le regaló a Octubre un vestido que ya no usaba. La niña del cementerio, que jamás había recibido un presente, se sintió conmovida y rompió a llorar escalofriantes lágrimas de sangre. La siguiente noche que se vieron, Octubre le entregó a Abigail un obsequio también: un sombrero anticuado y mugroso que desenterró de una de las tumbas menos viejas. A Abigail le encantó el regalo de su amiga y lo atesoró como lo más preciado del mundo, y lo usaba cada vez que visitaba a Octubre.

Sin embargo la diversión terminó cuando Abigail dejó de ir al cementerio durante varias noches. Octubre se preocupó mucho y hasta pensó en ir a la casa de su amiga para saber si estaba bien. Aunque, al final, no fue necesario.

Abigail llegó una noche fría y triste. Tenía golpes por todas partes y apenas podía mantenerse de pie. Su nariz era una pulpa sin forma y uno de sus ojos se ocultaba tras la gruesa hinchazón de su párpado. Sus labios estaban partidos, le faltaban dientes y escurría sangre a raudales. Su padre finalmente le había dado a Abigail todas las palizas de las que la chica se había escapado.

Octubre llegó a tiempo para sostener a su amiga entre sus brazos.

—¡Abigail! —exclamó Octubre, aterrorizada.

—Octubre… —musitó Abigail, sin fuerzas—. Hazme como tú, Octubre…

—No puedo… —dijo Octubre, llorando sangre.

—No quiero sentir dolor… Hazme como tú, para no sentir dolor…

—No… —gimoteó Octubre.

—Octubre…por favor… —dijo Abigail, llorando.

—Ay… —dijo Octubre, sollozando. Y se acercó al cuello de su amiga.

Abigail sintió que el calor la abandonaba, que un frío tremendo la olvidaba en la negrura de la nada. Y de pronto el dolor comenzó a desaparecer.

—Pronto seré como tú, Octubre —dijo Abigail, sonriente—. ¿Verdad que sí?

—Sí… —dijo Octubre, entristecida, con la sangre de su amiga en sus labios.

Y Abigail cerró los ojos… y el dolor… el dolor se marchó para siempre.

 

 

 

 

Mi nombre es Iván Eliu Solís Ortiz, soy mexciano, nacido en Cuautitlán Izcalli. Soy escritor independiente y tengo dos libros publicados a través de Amazon (Sangre de cuervo y Los páramos de Mornewood). 

Me gusta escuchar y contar historias, y creo que la fantasía y la ciencia ficción revelan nuestros lados más oscuros…, pero también los más brillantes. Soy apasionado de la obra de Tolkien, de la literatura de Niel Gaiman y del cine de Guillermo del Toro. 

 

 

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