¿Sabes lo qué es?

 

por Ignacio Aceves

 

—Es un vampiro— aseguró uno de los niños llamado Ben, mirando el cuerpo del hombre que estaba tumbado en uno de los rincones del sótano de aquello casa vieja —lo sé porque ayer no estaba aquí, yo vine a leer mis cuentos y eso no estaba aquí y hoy, ya saben, ha muerto Tommy Martello y hay quienes aseguran que a partir de que salga la luna, él va a vagar por la calle, para visitar a sus padres.

—Estás loco— reprochó Armando, el más alto de los tres niños, quien, a pesar de sus aires de bravucón, lucía asustado y su voz temblaba— es sólo un tipo drogadicto que se metió aquí y se quedó dormido, o tal vez ya esté muerto; tenemos que avisar a alguno de los grandes para que haga algo, pero, sobre todo, tenemos que irnos ya y no porque piense que es vampiro, sino porque podemos estar en serios problemas.

—Sí crees que no es vampiro ¿por qué no vas y lo tocas? —sugirió Ben— acércate y toca su mano, o siente la piel de su cuello, después de todo, si es un drogadicto, estará tan perdido, que nada te podrá hacer, pero al menos estará caliente de su cuerpo, si está muerto,  estará frío, y entonces podrás estar seguro que nada te hará, porque los muertos son inofensivos.

—Vámonos por favor, sea lo que sea, no quiero seguirlo viendo —pidió Louis, el más pequeño de los tres, un niño de fino cabello rubio y ojos grises, que la daban un gesto de melancolía a su cara; estaba viendo al hombre recargado contra la pared, con la cabeza inclinada hacia su hombro, vistiendo un traje negro que lucía viejo y matizado de tierra, la cara del tipo era de un color blanco como ellos nunca lo habían visto en otra persona.

Ben sostenía la linterna y estaba iluminando aquel cuerpo que se encontraba en la casa que ellos utilizaban como refugio, en ocasiones, para contarse historias de terror, en otras, para ver juntos las revistas que Armando sacaba del fondo del cajón de su padre y que se caracterizaban por mostrar a mujeres con muy poca ropa; en alguna ocasión, a sugerencia de Ben, habían tratado de fumar, pero terminaron tosiendo y Louis, que sólo estaba con ellos porque no tenía más amigos, había vomitado.

—Podemos esperar a que llegue la noche —anunció Ben y dirigió el rayo de luz hacia su reloj de pulsera, para mirar la hora— si mis cálculos no fallan, lo que queda de sol se ocultara en menos de cinco minutos, así que si es un vampiro, lo veremos levantarse, si no lo es, entonces se quedara ahí.

—Si quedan sólo cinco minutos —advirtió Louis— entonces es tiempo suficiente para correr a escondernos a casa, porque si despierta, no podremos escapar, y en casa, basta con que no lo dejemos entrar, con que no lo invitemos, aunque raspe con sus uñas las ventanas, y con que no lo veamos a los ojos.

—Tengo que ir a tocarlo, a ver si es un vampiro o un maldito drogo —expresó, envalentonado, Armando, ante la voz de sus dos compañeros que pidieron retirarse de inmediato—  sea lo que sea, es un riesgo y tenemos que solucionarlo; Ben, tan sólo no muevas la luz, no apagues la lámpara, me voy a acercar, lo voy a tocar y luego nos vamos a ir de inmediato, corriendo tan fuerte como podamos, y avisaremos a los adultos.

Armando comenzó a caminar a través de las viejas cajas de cartón apiladas en aquel sótano, sintiendo la humedad bajo sus pies, tal vez alguna tubería estuviera rota, iba siguiendo la luz, iba mirando el rostro de aquel hombre, que le daba la impresión, de ser un muñeco de cera, luego pensó que tenía más bien el perfil de los muertos en los funerales, vestidos de forma elegante, casi perfumados. Louis comenzó a llorar y supuso que Ben estaría nervioso, porque el rayo de luz brincaba un poco, lo que daba la impresión como si el rostro del hombre se estuviera moviendo, como si sus labios se estuviera abrieran ; tragó saliva y siguió su camino, se puso a un lado de aquel cuerpo y sintió su hedor, como si en realidad fuera un muerto en descomposición.

Se dio cuenta de que su mano temblaba, mientras la alargaba en dirección a la mejilla del hombre, y alcanzó a oír pasos, era Louis, que se estaba alejando, lo oyó decir que no sería bienvenido en su casa, miró el rostro de aquel hombre y tocó su mejilla, estaba fría, la piel parecía ser como cartón, vio que la linterna temblaba y más de lo que había hecho antes, giró su rostro para ver al hombre y entonces  se quedó quieto, congelado, casi muerto en vida.

Los labios comenzaron a estirarse en su rostro, formando un gesto burlón, una sonrisa vulpina, las manos se movieron despacio, estirando los dedos, las piernas se estiraron un poco y uno de sus pies tumbó una de las cajas colocadas en ese sitio; Armando miró el rostro, justo cuando éste volteó de forma rápida y abrió los ojos, mostrando esos destellos rojizos que parecieron penetrar el alma del niño.

La boca se abrió, como la de una fiera y los colmillos, más crecidos que en cualquier otro ser humano, se asomaron, con un destello fatal, el cuerpo entero del hombre se levantó como si fuera impulsado por un resorte y se puso de pie a un lado de Armando, quien pudo sentir, aunque lejano, el olor rancio de su aliento, las manos del vampiro se cerraron con fuerza sobre los hombros del chico, lo apresaron y las uñas se encajaron en su piel, haciendo que brotara sangre.

El destello de la luz desde la linterna de Ben se mantuvo, sobre todo, porque el chico estaba aterrado, viendo la forma en la que el tipo que habían creído muerto y él mismo había catalogado como vampiro, encajaba sus dientes en el cuello de Armando, sin que éste hiciera el menor intento de evitarlo.

Armando se mantuvo entre los brazos del vampiro por algunos segundos y el cuerpo del que había sido el amigo de Ben cayó al piso, produciendo un sonido sordo y seco, luego, el engendro volteó a mirar hacia el sitio de donde provenía la luz, hacia donde estaba el chico, que ahora, comenzaba a caminar hacia atrás, más por reflejo que por decisión propia.

Y escuchó el ruido de las cajas detrás de él, lo que lo hizo salir un poco de su estupor, era Louis, pensó Ben, que había regresado para rescatarlo y para llevarlo hacia arriba, para llevarlo corriendo hasta su casa donde debían encerrarse y protegerse con una cruz; pero al voltear y encontrar otro rostro blanquecino, con ojos que eran un vivo destello rojizo y una boca desde donde sobresalían los largos colmillos, supo que su amigo Louis no había regresado y justo antes de sumirse en la oscuridad y sentir que la sangre se le escapaba del cuerpo, reconoció esa cara; era Tommy Martello.

 

 

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