El intruso

 

por Erick D.

 

Al tercer golpe con el martillo, el candado cedió y la puerta del sótano se abrió. La escalera de madera descendía y se perdía en una oscuridad mayor que la de la casa. El olor a encierro, a aire estancado y a humedad surgió desde lo profundo, envolviendo al intruso con un desagradable aroma a rancio.

Hacía casi tres horas que Ramiro R., siguiendo el impulso de su curiosidad sin límites, había ingresado a la casa forzando la única puerta que no estaba del todo tapiada. Había llegado temprano, un domingo gris y lluvioso, sin gente curiosa merodeando por la avenida. Lejos de las casas vecinas, la que estaba numerada con el 1737 se levantaba como un animal de otros tiempos al final de un jardín descuidado, con el pasto crecido y la hojarasca cubriéndolo todo. Puertas y ventanas habían desaparecido. En su lugar había paredes, como si éstas hubieran crecido para tapar todas las aberturas. Desde la vereda, donde Ramiro estacionó su auto, la casa parecía estar cerrada hasta por capricho, como si el dueño hubiera decidido que ni un rayo de sol o vestigio de la claridad del día pudiera colarse a su interior.

Al entrar, iluminado por una potente linterna y con un morral con herramientas colgando de su hombro derecho, la sensación de soledad y abandono se hizo más viva que nunca. Cerró la puerta a su espalda y avanzó por la cocina cubierta de polvo. Nunca había sentido miedo o espanto en su vida. Los lugares oscuros y lúgubres eran para él  fuente de diversión. Internarse en casas abandonadas, llenas de vestigios de otras vidas, era una inyección de adrenalina que no podía evitar. Sin embargo, no bien puso un pie dentro de esa casa, supo que algo distinto moraba en ella. No había marcas en las paredes o en el piso, ni siquiera la huella de alguna rata. La sala principal también estaba vacía, un inmenso lugar sin muebles ni recuerdos de que en algún tiempo alguien hubiera estado ahí. A la luz de su linterna, las sombras parecían tener vida propia. Ramiro estudió con detenimiento los lugares donde debían estar las puertas y ventanas. Los marcos de madera habían desaparecido y sólo una línea casi invisible en la pared dejaba adivinar que ahí, en otro tiempo, hubo una ventana. Salvo eso, la pared seguía su curso como si jamás ahí hubiera habido algo distinto.

Una escalera de madera conducía al piso superior. Mientras Ramiro subía con pasos inseguros, afuera, bajo una lluvia mansa, un auto estacionó detrás del suyo y sus ocupantes quedaron en silencio, esperando.

El rellano del piso superior daba a una pequeña baranda desde donde se divisaba la sala. De ahí salía un corredor al que seguían tres puertas. En realidad, ahí no había puertas sino las aberturas a dos dormitorios desprovistos de todo adorno y un baño sin sus artefactos. Paredes lisas, cuya pintura estaba descascarada y agrietada. Miles de motas de polvo suspendidas en un aire estancado, que Ramiro parecía mover con su paso por primera vez en siglos. En uno de los dormitorios, el más grande, cuyas inexistentes ventanas debieran dar hacia el jardín, encontró el único vestigio de vida que parecía haber en esa casa, el resto de un empapelado antiguo en una esquina de la pared.

Al final del pasillo, una pequeña escalera conducía al altillo. Subió con sigilo envuelto en el silencio sepulcral de esa casa. Nada había ahí arriba, ni una silla rota, un baúl con recuerdos, o un tocadiscos con manivela olvidado en la última mudanza. Nada.

Al bajar, el último escalón cedió bajo su peso y se partió. Ramiro cayó sobre el piso de madera. El ruido de la mochila con sus herramientas dando contra el suelo fue estruendoso. Sin embargo, no hubo ecos ni esa rara sensación del sonido esparciéndose por todos lados. El intruso sintió que la casa amortiguaba hasta los ruidos más fuertes, como si los absorbiera o los devorara.

Ya en el piso de abajo, dispuesto a irse, reparó en un detalle que se había saltado al ingresar. Era probable que, en esa impenetrable oscuridad, sólo violentada por el haz de luz de su linterna, hubiera pasado al lado de esa puerta sin haberla visto. Pero ahora la tenía delante suyo. Una puerta de metal angosta y baja, cerrada desde afuera con una serie de cerrojos con un candado grande, de esos antiguos de hierro. Otra muestra de que alguien, alguna vez, moró en esa casa.

Ramiro dudó un instante. Ya tendría tiempo de averiguar, en los registros públicos, sobre la historia de la casa, pensó. Pero en ese momento, su único deseo era el de abrir esa puerta. Buscó dentro de la mochila y empuñó el martillo. Tres golpes bien dados bastaron para que el candado se abriera.

Dejó su mochila junto a la puerta y comenzó a bajar por la escalera, tanteando los escalones de madera que crujían bajo su peso. Se apoyó contra la pared de piedra e iluminó la habitación. Era un lugar pequeño, de techo bajo, sin apertura alguna que permitiera ventilar. Podría haber sido, en otros tiempos, una cava fabulosa para almacenar y añejar vinos. Hacía frío y la humedad que surgía del suelo calaba hasta los huesos. Nada había ahí, como en el resto de la casa.

El golpe de la puerta al cerrarse le hizo saltar. Alguien, una mano anónima, manipulaba los cerrojos. Ramiro gritó desesperado y subió los peldaños de dos en dos. Pero llegó tarde. Un nuevo candado había sido colocado y la puerta estaba, una vez más, sellada con hermética fuerza.

El intruso no podía creer lo que estaba sucediendo. Estaba atrapado en un sótano sin que alguien supiera su paradero. Gritó hasta que la garganta le dolió. Golpeó la puerta con sus manos, pero fue inútil. Quien le encerró, ya había abandonado la casa. En ese momento se dio cuenta que la superficie de la puerta, del lado interno, estaba arañada y rasguñada.

Un ruido a su espalda le distrajo. Temblando de pavor y sin aliento, Ramiro iluminó hacia abajo. Fue entonces cuando le vio. A los pies de la escalera el vampiro, reducido a poco más que piel y huesos y vestido con andrajos oscuros, comenzaba a subir. Toda la furia del mundo vivía en su mirada muerta. Hacía mucho tiempo, demasiado, que estaba encerrado. Y tenía sed.

 

 

El intruso

Autor: Eric D. Haym Fielitz

Nacionalidad: Uruguayo

He publicado relatos en la revista Nictofilia (Perú), Cruz Diablo y Letras y Demonios (Argentina).

Publiqué la novela Variaciones Diabólicas en 2016.

Blog personal: El Escriba Beodo https://elescribabeodo.blogspot.com.uy/

 

 

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