Milo y el Señor de la noche

 

por J. L. Fonseca

 

La luz de luna llena, en compañía de su manto de estrellas, iluminaba el filo de la espada Portadora de Luz, siendo sostenida con firmeza por Milo, en tanto que su mano se manchaba de la sangre que escurría por la metálica hoja. El aguerrido guerrero contemplaba, con corrosiva amargura y lágrimas que le quemaban las mejillas, a la horrible criatura que había sido abatida, que aún con los ojos impregnados de odio se convulsionaba de dolor, intentando agredir con sus manos como garras al verdugo, ya que el acero del arma traída desde damasco atravesaba del mentón al cráneo.

Una vez que el aberración carente de alma quedó inmóvil, Milo extrajo su espada tras lo que brotó un chorro de negruzca sangre,  ocasionando que el ente cayera de  rodillas, y a sabiendas que oscuros designios manipulaban la voluntad de su adversario; sin dudarlo un segundo con poderoso golpe cortó de tajo el cuello de esa criatura salida de una torcida pesadilla, haciendo rodar la cabeza de quien en vida fuera su esposa.

Un estentóreo grito de dolor se escuchó a la entrada de los enormes portones abiertos del castillo del Señor de la Noche, la fortaleza del guerrero venido de occidente flaqueó, al ver el rostro sin expresión de su amada Altair en la escalinata polvosa, y aunque comprendía que su esposa pereció en las garras del amo de esas tierras un año atrás, el sufrimiento que le invadía al verla morir una vez más era mucho más intenso, puesto que el anhelo de salvarla nunca abandonó sus esperanzas. Esa había sido la bienvenida del Señor de la Noche a Milo.

De las sofocantes sombras del silencioso castillo momentos antes había emergido la figura de la bella y corrompida Altair, las venas verdosas desfiguraban las finas facciones, sus gentiles manos transformadas en pálidos garfios asesinos, y sus brillantes ojos esmeralda, contaminados por la sed de sangre. Y aunque Milo no se dejó llevar por sus emociones durante el combate, se mostró decaído ante el cadáver de su señora; el valiente campeón se encontraba perturbando y comprendió que no saldría con vida del interior de esas maldecidas paredes.

Sujetó con firmeza a Portadora de Luz, y con su mano izquierda limpió la sangre de la hoja, pintando una A en su rostro, disponiéndose a entrar, cuando de pronto el viento gruñó con furia, los estandartes del Corazón de las Tinieblas, que era el nombre que recibía ese sitio, ondearon burlones y las aldabas en forma de serpiente, empotrados en los maderos de los portones, sisearon amenazantes.

Durante toda esa noche, Milo blandió a Portadora de Luz, aniquilando a todos los servidores de las tinieblas que habitaban ese lugar blasfemo, el campeón de occidente no recibió tregua, en tanto que sus enemigos caían mutilados; era el momento de la justa venganza, hasta que no quedo uno sólo de los perversos esbirros.

Milo escrutó las grandes estancias del Corazón de las Tinieblas y se supo vencedor, colocó rodilla en tierra, vislumbrando al poniente aparecieron las primeras luces del alba, que en las montañas lejanas dibujaban un fulgor dorado en sus cimas, lo que le renovó sus fuerzas y hecho un tromba corrió escaleras arriba al salón del trono: un enorme vestíbulo, adornado por seis pilares en cada lado, con ventanales en forma de flecha sin vidrio desde donde el amo del castillo vigilaba sus dominios, y justo al final un imponente trono esculpido de un sólo bloque de obsidiana en forma de un alado dragón con rubíes por ojos, era el perfecto manifiesto de quien era su dueño, y justo detrás del trono un circular vitral en el que se apreciaba la lucha entre un ángeles y demonios, por el cual ya se filtraba la luz del amanecer.

El Señor Oscuro, un ser inmortal de piel dura y pulcra como la más hermosa perla, de cabellera y ojos negros que los mismos abismos envidiarían y su cuerpo delgado pero poseedor de una fuerza de cien ejércitos, al observar como Milo se adentraba en su salón, esbozó una irónica sonrisa mostrando un par de feroces colmillos capaces de despedazar a cualquier obre o bestia. Milo no pudo más que sentirse intimidado, se encomendó a los creadores y les pidió, como pago por su valentía, le permitieran encontrarse de nuevo con Altair, su único amor, mismo que el Señor de la Noche con una lasciva mordida al cuello había convertido en su ramera.

El amo del trono ataviado con la armadura de guerrero que usara en la época que fuese mortal, se mostró satisfecho por la presencia del campeón que los hombres habían enviado, por lo que invocó a todas la bestias que pululaban fuera del castillo, miles de aves y todo tipo de animales alados revolotearon en las afueras, mientras que en tierra se escucharon el gruñir y aullar de jaurías enteras, en tanto que los árboles crujían como huesos. El único ser con vida en el castillo desenvainó a Portadora de Luz, se llevó el filo a la altura de la frente, preparándose para el combate, siendo sorprendido en el acto con un movimiento imperceptible del Señor de la Noche que ya se encontraba frente a él, y con un leve empujón lo impactó contra uno de los pilares, y antes de que Milo se incorporara, ya le sujetaba de la barbilla leyendo sus pensamientos y distorsionando su alma.

—¡No eres satanás, eres sólo un vampiro, alguna vez fuiste hombre, y moriste! ¡regresa al averno, engendro!

Al decir estas palabras Milo logró eludir el embate hipnótico de su adversario, para así contraatacar con todas sus fuerzas, mientras que un rayo del amanecer tocó el rostro del vampiro, éste profirió un grito de dolor, entonces Milo al advertir una posibilidad de victoria, se abalanzó de nuevo, totalmente decido; esa era su oportunidad, puesto que la luz del sol con seguridad eliminarían al amo del castillo, liberando así a toda la región de su sobrenatural yugo, sólo necesitaba durar de pie unos minutos más.

Pero justo al momento que el campeón de occidente estaba a punto de cumplir con su encomienda, el vampiro lanzó un congelante grito.

—¡Soy un Dios! —la voz del vampiro resonó en todo el Corazón de las Tinieblas como si miles de gatos hubieran sido destazados sin piedad.

Una ola de confusión invadió la mente de Milo, dado que el flagelado vampiro le había mostrado la visión de un futuro alterno si el campeón cesaba su ataque.

Milo se contempló a sí mismo como el Heraldo de la Oscuridad, dirigiendo las legiones del Señor de la Noche, aún blandiendo a Portadora de Luz consumida por un eclipse, que la sumía en perversas masacres, incapaz de contradecir los viciados deseos de quien algún día hubiera sido un noble caballero, y justo a la diestra de Milo, Altair, más bella y radiante que nunca, que con una seductora mirada instaba a Milo para mutarlo todo en un pandemónium.

Fue entonces que el campeón de occidente soltó a Portadora de Luz, lo que aprovechó el amo del castillo, acercando sus colmillos al cuello de Milo, cuando de improviso fue sorprendido, ya que una puntiaguda estaca había atravesado su pecho, mientras que Milo le miraba fijamente, el reinado de terror había concluido.

 

 

 

 

 José Luis Fonseca Blancarte

Ciudad: Tijuana, Baja California

Ocupacion: Escritor, Licenciado en Derecho

Intereses: Publicar mis obras, y lograr que las personas conozcan ese imaginario donde se desarrollan mis novelas, y que las aventuras de mis personajes puedan ser interpretadas a través de los ojos de miles de personas y que al igual que yo se apasionen con sus andanzas.

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