Toda la sangre

 

por Antonio Zeta

 

La decisión de viajar fue de mi madre. Nunca antes habíamos tenido comunicación (al menos que yo recuerde) con los parientes del norte. Y ahora de un momento a otro se le ocurría visitar a un familiar enfermo.

Mamá me pareció seria en todo el viaje, por momentos atisbé que hablaba sola. Por la noche la oí hablando dormida, como si respondiera preguntas hechas en otro tiempo.

Llegamos sin contratiempos a Villaloba, un pueblo que parecía haberse estancado en el siglo XIX. Nos trasladamos en un carruaje por calles empedradas interminables. El cochero que nos condujo a nuestro destino llevaba un sombrero con el que escondía el rostro.

Encontramos sólo a tía Sarah, quien nos recibió con una noticia sobre una muerte. Su marido, el tío Abel, había fallecido hacía unos meses. Tanto mi madre como la viuda hablaban de la reciente pérdida como si estuviesen hablando de un hecho sin importancia.

Por la noche no podía conciliar el sueño. Hacía mucho calor. Salí medio dormida por un vaso de agua. Caminaba por el pasillo, cuando me quedé helada del susto al ver a un hombre pálido vestido de negro, de pie en el pasillo. Estaba mal vestido y desaseado, de barbas cansadas, ojos almendrados y de párpados marcados. Tenía los labios rojos como una rosa.

Tan pronto como me vio se dio a la fuga. Yo hice lo mismo y corrí a la  habitación que se me había designado. Todo era tan raro en Villaloba que el tipo del pasadizo bien podía ser producto de mi imaginación.

Avanzada la noche, el aire se volvió enrarecido, el calor se incrementó de sobremanera. La escasa ropa que llevaba puesta quemaba como el fuego. Mi cuerpo ardía en fiebres anormales mientras en mis ojos se posaban imágenes de gente hasta entonces desconocida, lugares donde nunca había estado, surgían de la nada.

Fue entre el ardor de la noche, entre sueños, que vi a mamá y tía Sarah aparecer al borde de mi cama, con los rostros iluminados por velas. Decían una palabra que jamás había escuchado en mi vida. De pronto me sentí volar, como si mi cuerpo hubiese perdido su peso y la palabra se deslizaba por mis oídos como si fuera música sólo para mí. Acto seguido, un hombre, el mismo del pasillo, apareció en el extraño cuadro familiar. Los párpados se me cerraban, amenazaban con caer pesadamente, pero antes de que esto ocurriera  alcancé a distinguir la palabra que tanto decían: GAMANIEL.

A la mañana siguiente, desperté tarde. Había dormido más de lo acostumbrado. Sin embargo, me sentía fatigada, como si hubiese recorrido kilómetros mientras dormía. Salí de la alcoba, la casa se percibía vacía. En el pasadizo no pude dejar de ver un grupo de fotografías fijadas en la pared. Apostaría mi vida a decir que esas imágenes no estaban ahí el día anterior.

De repente mi cuerpo se estremeció por completo al ver la fotografía del mismo hombre de la visión previa a la pesadilla. Era él, el mismo rostro, la mirada… Era él. ¿Qué hacía ahí?

—Es tu primo Gamaniel —dijo una voz detrás de mí.

Era tía Sarah. No pude percatarme de su presencia. Quién sabe cuánto tiempo llevaba ahí.

—¿Mi primo? —pregunté con sorpresa—. Ayer lo  vi aquí, en este mismo pasillo.

—Es imposible, hija. Tu primo yace dormido, en estado de coma. Nadie sabe cuándo despertará o si llegará a hacerlo. Debe haber sido alguna alucinación.

No. No eran alucinaciones. Ella mentía. Lo leía en sus ojos. A pesar de la seriedad, mi intuición me decía que algo no cuajaba. Y lo único de lo que estaba cien por ciento segura era de que mentía.

Al poco rato, le dije a mamá que no me quedaría un día más; en lugar de detenerme, me autorizó a dejar Villaloba. Empaqué las pocas cosas que había llevado. Salí de la casa. El sol irradiaba más que nunca. Sin caer en la exageración, diré que quemaba mi piel. Me sentí mareada y más cansada que antes. Oía voces dentro de mi cabeza, una lluvia de imágenes danzaba con mi mente. No pude más. No sé cuánto tiempo llevaba caminando sin rumbo cuando caí rendida.

No tenía ya fuerzas para avanzar. Preferí sentarme en la calle. Pronto, sentada en un tronco derribado, sentí un dolor agudo en el cuello; era como si introdujeran agujas en mi piel. Tenía una herida. Al llevarme la mano al punto de dolor, palpé un poco de sangre que había brotado. Intenté proyectar la herida en el espejo que llevaba, pero fue imposible. No había reflejo, a pesar de que con mis propias manos podía sentir las pequeñas protuberancias, como picaduras de algún insecto o animal nocturno. El cansancio me dominó por completo y un mareo me sobrevino, perdiendo el conocimiento en medio de la calle.

Desperté gritando el nombre de Gamaniel. Estaba en la habitación que me había servido de descanso por la noche. Estaba empapada de sudor, pero me sentía relajada. Todo había sido un mal sueño, una pesadilla demasiado vívida. Aunque…

Todavía podía sentir el agudo dolor en el cuello. De repente la ventana se abrió de par en par, un aire frío penetró en la alcoba. Sólo la luna permite ver tímidamente la forma de las cosas. En un parpadeo logro ver la silueta de alguien en el borde de la cama. ¿Mamá? No. La silueta va cobrando forma fija hasta representar a un hombre de larga estatura. Estaba con la mirada hacia abajo, pero no tardó en levantar el rostro para ser reconocido. Intenté gritar, pero la lengua la tenía entumecida. Ninguno de mis músculos respondía. No pude hacer nada mientras el tipo levantaba la cabeza para clavarme sus ojos conforme abría la boca y me mostraba sus dientes, sus horripilantes dientes. Una hilera de dientes, como los de una piraña, yacían en su boca. Entonces no tuve dudas, era Gamaniel. Él era quien estaba frente a mí mostrándome sus afilados colmillos y yo no era más que su víctima, su presa escogida y entonces no había ya nada que yo pudiera hacer para evitarlo.

 

Antonio Zeta

 

 

 

 

Antonio Zeta Rivas

(Piura, 1986) Licenciado en Lengua y Literatura por la Universidad Nacional de Piura. Ha publicado los libros de relatos Lo que las sombras ocultan (Lengash, 2017) Tarbush (Sietevientos, 2015), y el poemario coautoral Dos sombras en la esquina café (América, 2015). Forma parte de la antología Punto de encuentro (Lima, 2017), a cargo de la editorial Vicio Perpetuo. Asimismo, fue considerado en la antología Inspiraciones Nocturnas IV (España, 2017). Relatos de terror de su autoría aparecen en las revistas digitales Plesiosaurio, El Bosque, Nocturnario, El Narratorio y The Wax.

Ha sido finalista del concurso nacional “Historias de solidaridad”, organizado por Diario El Comercio (2017). Es Presidente del círculo literario Tertulia Cero y Miembro del Consejo Municipal del Libro y la Lectura (Piura).

 

 

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