Consecuencias de la pata de mono

 

por Benjamín Conde

 

Con mi último deseo, he decidido resucitar a Yago. El accidente ha sido mi culpa, debí haber visto venir el auto; pero todo estaba muy oscuro, además el idiota traía apagadas las luces. Y aunque yo he salido ileso, Yago se encuentra en el piso, todo ensangrentado sobre una alfombra de vidrios rotos.

En la ciudad no se ve ni un alma. Tan sólo estamos Yago, a unos metros de mi auto; el sujeto del carro negro, con el cráneo destrozado a mitad del volante y yo.

Pronuncio el deseo y observo cómo el meñique de la pata de mono se contrae de forma lenta y pausada. Al principio parece inútil, como ha sucedido con los demás deseos. Pero unos minutos después lo veo empezar a moverse.

No puede ser: ¡Funcionó, funcionó! Doy un par de pasos, pero me detengo a observarlo nuevamente, no lo creo. El dinero era una cosa, pero resucitar a alguien… ¡esta pata de mono es algo milagroso!

Coloca las manos a los lados, como si fuese a hacer una lagartija y se incorpora despacio. Se hinca y toca su cabeza, su torso. Se sacude. Luego se mira las manos, parece no creer que se encuentra sano y con vida nuevamente. Voltea en torno suyo, como extraviado. Se levanta y trastabilla, le tiemblan un poco las piernas.

—¡Yago! —le grito mientras empiezo a acercarme, titubeando, aún algo incrédulo —¿Estás bien?

Inmediatamente se voltea y me contempla como sin mirarme, con los ojos perdidos, desorientado.

—Recuéstate, ahora llamo a la ambulancia —saco el teléfono y empiezo a marcar.

—¿Alexander? ¿Eres tú? —Paro de inmediato, su voz, aunque algo ronca y cavernosa, parece calmada. Termino la llamada.

—¡Yago! Ya estaba preocupado. Tú tranquilo, pronto llegará la ambulancia —avanzo hacia él y lo estrecho en mis brazos. Sigue frío, pero al menos está de vuelta, ya entrará en calor.

Me aparto sin quitar las manos de sus hombros. Su ropa se encuentra rasgada y su cabellera aún llena de sangre, pero ya no parece tener ni un rasguño. Entonces lo miro sonreír.

—Estoy bien, jajaja, ¡estoy bien! —ahora es él quien me estrecha. Pese a todo lo ocurrido su cuerpo conserva el vigor que lo caracteriza. Creo que la confusión ha pasado y sólo se alegra de verme.

—¡Aaaaaagh! —Una fría punzada se clava en mi cuello. Poderosa, como una pinza.

Lo empujo con toda la fuerza que tengo. Los brazos me empiezan a doler, pero no me suelta. Me está mordiendo, ¿qué demonios le pasa?

—¡Ya suéltame! —Clavo con fuerza mis pulgares en sus ojos.  Puedo sentir el dolor detenerse. Finalmente quedo libre. Logro empujarlo y hacerlo caer. Huyo en dirección opuesta, debo alejarme de él.

Mientras corro puedo sentir el calor de la sangre bajar desde mi cuello hacia mi hombro y veo una mancha oscura aparece en mi chamarra.

Aunque sólo he avanzado una cuadra, las calles comienzan a distorsionarse, las luces a opacarse. Los sonidos parecen lejanos, con ecos. Me siento mareado. ¿Tan grave será la herida? Si me desmayo estaré acabado.

Miro hacia atrás: Yago se ha puesto de pie, se acerca. Va caminando, sin ánimo de alcanzarme, como seguro de que no hace falta apresurarse, con la soberbia del depredador que sabe que tendrá a su presa. Me esfuerzo en huir, pero con mi condición no creo poder llegar muy lejos.

La fuerza me abandona, tropiezo y mis rodillas se encuentran con la   rugosa firmeza del pavimento. De pronto, siento cerrarse alrededor de mi nuca una mano gélida e inamovible.

Giro con violencia, mi codo izquierdo alcanza su pómulo. Lo sigo golpeando con toda la fuerza que me queda: Una vez, dos, tres… pero no parecen afectarle. Tan solo sigue ahí, impávido, con esa sonrisa que deja al descubierto unos largos colmillos bañados en el carmesí de mi sangre.

Finalmente para mi codo con su otra mano y lo aprieta con una fuerza que podría comparar con la de una prensa hidráulica. El ardor en el brazo me hace pensar que pronto se va a partir a la mitad.

Sin soltarme, me arroja al suelo como si fuese una muñeca de trapo. Mi cara se estrella con el pavimento. Ya no puedo moverme. Un fuerte y agudo dolor inunda mi cuello, y puedo sentir cómo las fuerzas que me restan se marchan junto con mi sangre.

Despierto a mitad de la calle entre el ruido de las ambulancias. A la distancia observo a una mujer de blanco inclinarse sobre el pasajero del otro auto. Es extraño, pero el cuello ya no me molesta. Mientras la miro, no puedo evitar salivar: tiene un aroma tan delicioso y estoy tan hambriento…

Al levantarme siento algo resbalar de mi bolsillo. La pata de mono, la causa de la ruina de la humanidad, ahora yace en la mancha de sangre donde una vez estuvo mi cadáver.

 

 

 

 

Me llamo Benjamín Conde Saavedra, nací en el Distrito Federal, en México. Actualmente realizo mi servicio social, además de editar el blog una bella ONG. En mi tiempo libre me dedico a contar cuentos, hacer parkour, leer, o escribir para mi blog 124 Letras.

 124letras.tumblr.com.

1 Comentario

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*