El final

 

por Richrad Stingray

 

El alto hombre  pálido permaneció inclinado ante el lecho de su amada moribunda. La mujer que había amado y que había  sido su compañera por los últimos treinta y seis meses exhaló su último suspiro. Nadie pudo, como ella, penetrar el muro inexpugnable de la muerte  para hallar  un rescoldo vital y ardiente de existencia en los despojos de lo que un día fue un hombre.  Tomó su mano, aún cálida, entre las suyas, heladas por el tiempo.

—Ah, la muerte. Por fin llegas. Eres bienvenida. No puedo permitir que ella me siga a las tinieblas donde habito y habitaré siempre.  Los hombres no se dan cuenta de la fortuna de ser mortales. Nosotras, las criaturas de la noche, tenemos que soportar  la maldición de la memoria.

Arriba, una duela del piso de la cabaña perdida en el bosque de Borgo crujió y delató a un visitante. El alto hombre de negro no se inmutó. Había dejado en el camino suficientes pistas. Percibió cada paso del intruso que descendía hacia el sótano donde se encontraba con su amada. La llama mortecina del cirio sobre la mesa iluminó la figura y el rostro ajado y barbado del profesor Van Helsing.

—Hola Vlad. Veo que sigues disfrutando de tu victoria sobre nosotros, sobre los vivos y particularmente sobre Jonathan. En ese lecho está rendido uno más de tus trofeos, tan lívido y glacial como todos los demás. Conseguiste corromper no sólo el cuerpo sino la mente de esa mujer para que te siguiera al abismo. Pero no hay plazo que no se cumpla. He venido por ti y por ella.

—Hola, viejo amigo. Sé que piensas que triunfé y que la corrompí, pero no es así. Ella se interpuso entre la sed y yo. Primero, al aventurarse a venir conmigo voluntariamente. Nunca nadie hizo algo así por mí. Las vidas que tomé las hice mías a la fuerza; la mayoría para saciar esta sed infinita de sangre. Las otras, las que hice mis compañeras, las tomé para paliar mi soledad. Nunca lo conseguí. Lo único que logré fue esparcir cadáveres sedientos de sangre errantes  en  la noche eterna. No, Mina me ofreció su humanidad por completo y con ello me mostró algo más que el eco de mi propio sufrimiento. Enfrentó sin miedo la oscuridad de mi presencia y lo que vi en la profundidad de sus ojos fue sosiego y redención. Sentí comprensión, solidaridad, compañía incondicional.  Por primera vez se aplacó mi cólera y no triunfó  la sed ni la locura. En cambio hallé una alternativa a este existir maldito y sin esperanza.

—Claro, y por esa solidaridad y comprensión ella yace ahora sin vida, lista para unirse a la legión de seres abominables que has creado a través del tiempo. ¿Realmente crees tus propias palabras?

—No me juzgues sin haber concluido de escuchar la totalidad de mi relato. Es lo menos que puede hacer  alguien a quien considero un amigo, sobre todo en estos momentos.  Desde la noche que ella fue a verme a la abadía de Carfax hemos estado juntos. No me permitió tomar más víctimas. También me hizo jurar que me olvidaría de hacerle daño a Jonathan o a cualquiera de ustedes.  De cuando en cuando  ella me daba  algo de su sangre para alimentarme. Nunca la forcé ni abusé para retenerla; sólo puso como condición mi total confianza en ella. Tanto su voz como su mirada me recordaron a alguien. A través del contacto con ella fue resurgiendo un recuerdo perdido, el eco lejano de un sentimiento que desbordaba mi corazón cuando aún latía. Me recordó a Erzbeth, mi compañera y consorte en Valaquia. Recuperé parte de mi humanidad perdida. Al mismo tiempo, por desgracia, Mina fue perdiendo su vitalidad. Contrajo una fiebre que no cedió aún con los remedios de la gente gitana que vive en la periferia de este bosque. Falleció poco antes de tu llegada.

—Maldito, maldito y mil veces maldito seas, Empalador. Nada de lo que se acerca a ti florece. Al contrario. Las lilas se pudren ante tu presencia. Tu relato sólo me hace admirar la gran valentía de ella y me da asco tu oportunismo. Aunque no haya sido tu intención, el resultado es el mismo. En un afán egoísta permitiste que Mina muriera y lograste poner fin a la loca apuesta por ella que estableciste en contra del joven Harker. Tengo poco que decir y  algunas cosas por hacer. He sellado este lugar por fuera para que no puedas escapar. Me he armado bien con reliquias que me permiten mantenerte a raya y tengo una estaca muy bien afilada para terminar con tus sufrimientos.

—Nunca dudé de tu capacidad, Abraham.  Si hay alguien que merece recibir esa estaca soy yo, y si hay alguien que merece atribuirse mi destrucción, eres tú. Sin embargo, te pido un último favor. Permite que haga un rito final ante la llama moribunda de este cirio. Es de suma importancia para Mina, y aunque no puedo asegurar que funcionará, debo intentarlo.

—¿Acaso es una forma de obtener una última ventaja, monstruo? ¡Te destruiré antes que puedas escabullirte!

—No hay ventaja alguna. Sólo el preámbulo de una muerte digna. Todo el tiempo estaré postrado ante ti, para que des cuando lo consideres necesario el golpe final.

—En nombre de lo honorable que aún queda en ti, lo permitiré.

—Vi realizar esto a un hechicero de mi país cuando yo era el príncipe de Valaquia. Yo no lo soy, y sin embargo debe funcionar para que ahora sea yo  el  exorcizado.

El siniestro personaje cayó de hinojos ante la débil flama y comenzó a murmurar un encantamiento en un dialecto perdido pero poderoso. Poco a poco la flama fue acrecentando su brillo y su tamaño. El sonido de las palabras pronunciadas también aumentó e inundó el reducido recinto. El profesor Van Helsing sacó del bolsillo de su chaleco un crucifijo.

—Ar muktar ya suh, ¡za lev fa zehr moh bí!

La llama desbordó al cirio y saltó a la mesa de madera. Un pequeño ser de fuego comenzó a danzar haciendo círculos en el aire; una dos, tres piruetas.

—¡Basta! ¡Te ordeno que detengas esta manifestación diabólica! —Gritó Van Helsing.

La llama danzante saltó sobre la figura inclinada del siniestro personaje, envolviéndolo en una bola de fuego que se abrió paso hacia afuera despedazando los maderos de uno de los muros. Estaba ya amaneciendo y la primera luz del alba se introdujo en el sótano a través del hueco. Se posó justo en el rostro pálido de la joven fallecida. Abraham Van Helsing no lograba salir de su asombro cuando los ojos de Mina Murray se abrieron. Era ella, sin duda.

—Profesor, qué alegría volver a verlo. ¿Qué es lo que ocurrió? ¿Dónde está Vlad?

—Querida niña, no podría decirlo a ciencia cierta, pero creo que no volveremos a verlo. Parece que usted le recordó alguien que había olvidado hace mucho tiempo y partió en su búsqueda.

 

 

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