La sed

 

por Yitein Gastélum

 

La casa de su abuela era tranquila. Mudarse ahí, tras cuestionarse si era bueno aislarse de la gente en su vida, era lo que necesitaba. Localizada a las afueras de la ciudad, algo empolvada y olvidada por la familia, era una opción acogedora, cubierta por el pasado, y con una biblioteca amplia; una chimenea que la resguardaría del frío y el silencio que buscaba. Se había agotado de escuchar las conversaciones tediosas de las personas. Irónicamente, siempre queriéndola haber visto derruida, sólo le tomó dos días dejarla habitable. No cambió casi nada de lugar, sólo quitó el polvo. En sí, la casa le gustaba. Disfrutaba de ver los álbumes de la familia y darse cuenta que las mujeres del pasado tenían una belleza inalcanzable. Se preguntaba cómo mantenían los cabellos peinados de tal manera y pensaba en lo alejado que estaba su ritual para peinar, comparado con el de su abuela muerta. No era raro que últimamente se comparara con ella, pues las dos parecían condenadas a repetir un mismo dolor y a estar solas. La casa, antes de que la limpiara, hablaba de ese abandono. Lo que más acumuló polvo con los años, fue un tocador pesado que se mantenía estoico en la habitación; su diseño con curvas en niveles, parecía atraer el polvo, pero después de una ardua limpieza, quedó reluciente. Casi sentía lástima por durar tan poco peinándose por las mañanas. Durante la tercera noche, se sintió extranjera, invadida por la soledad; no por una asfixiante, sino una que tranquilizaba, pero propensa a convertirse en un peso difícil de cargar. Por las mañanas, le gustaba mirarse al espejo e imaginarse que su estado de ánimo era bueno y que tenía ganas de maquillarse y peinarse. Casi toda la mañana la pasaba perdida, sentada, ahí en el tocador de madera pesada. Era así, hasta que notaba que sus parpadeos se tornaban más lentos y se sentían agobiados; esa era la señal para el comienzo de un mutismo sepulcral. Luego de una hora de silencio, un miedo le invadía desde la punta de los pies hasta el cuero cabelludo, entonces, dejaba de mirarse al espejo y respiraba profundamente. Recordaba las historias de la abuela sobre otras dimensiones; siempre le interesaron las ciencias ocultas.

El tema le daba escalofríos, y para sacudirlos, se distraía peinándose, rápido y con cierta brusquedad, ya sin mirarse al espejo. El cepillo tenía hacinados cabellos débiles y marchitos. La mujer había llegado demacrada a la casa, pero su rostro empeoró de forma inexplicable con el paso de los días. Aparte de pasar sus horas frente a su reflejo y de deambular por los pasillos, bebiendo té o en la biblioteca, no había mucho qué hacer dentro de la casa y salía sólo lo necesario. Sin avisar, la soledad meditativa del inicio, se convirtió en aburrimiento y en una obsesión por no sentirse sola; a querer interactuar con ese sentimiento de pensarse observada por una fuerza intempestiva. La fatiga se fue apoderando de su día. Se sentía cada vez más rodeada de una locura inminente. La notó en pequeños cambios que ella no le había impuesto a su rutina. Lo peor eran los sueños agitados que la acompañaban cada noche; se manifestaban como vendavales pero, a pesar de su intensidad, le dejaban dormir sin interrupciones. Sin embargo, lo que colaboró a esa locura, fue el dolor punzante que sentía en la mano izquierda; en los dedos; en la muñeca, percibía que la sangre era densa y que no circulaba con regularidad; por las mañanas creía que su extremidad estaba a punto de reventar. Angustiada, tomaba analgésicos para calmar el dolor. Los días comenzaron a írsele en cama, como huyendo de ese dolor impetuoso, boca arriba y mirando un cuadro que yacía colgado en el pasillo que daba a su cuarto.

Un cuadro extraño; de naturaleza insólita; de tamaño grande. Sin firma, invadido por un hombre pálido, con un sombrero que recordaba a los insectos. Con unos ojos pequeños, pero con mirada penetrante. Su traje era negro y el cuello estaba cubierto por líneas rosas, amarillas y púrpuras. Sus manos, apuntando hacia arriba, como si lo hubieran encontrado cometiendo un crimen. Era ese cuadro quizá el protagonista de sus pesadillas; parecía sufrir modificaciones con el paso de las noches. Un día los ojos se veían borrosos; al otro, la mano izquierda se miraba desproporcionada, hinchada, como si alguien la hubiera vuelto a dibujar. El sombrero a veces parecía tener cuernos y los colores del cuello amanecían veteados. A pesar de estarlo viendo, creyó que lo imaginaba, como también creyó que imaginaba los coágulos de sangre que, cada vez más, querían hacerle explotar la mano. Días después, un dolor descomunal la levantó a mitad de la noche, con los dedos reventados y la sangre seca, plasmada sobre las sábanas. Se paralizó al ver su sangre. Camino a la cocina, observó el cuadro más tenebroso del mundo. ¡No podía estarlo imaginando! Ahora el hombre tenía las manos cruzadas sobre el pecho y sus ojos eran blancos. Decidida a deshacerse del inquietante cuadro, lo arrancó de la pared, dando paso a una imagen perturbadora: donde antes colgaba el hombre y su cuadro, apareció una puerta desconocida. Con miedo, y esperando un crujido que no llegó al abrirla, dejó entrar un pie y luego el otro. La puerta llevaba a un cuarto desmesuradamente amplio, con objetos aglomerados alrededor. Avanzó, con miedo a encontrarse con el hombre del cuadro, enojado y a punto de lastimar a la pobre mujer depresiva de la casa. A mitad del cuarto vio una especie de telaraña; su corazón latía desesperado, enfocó la mirada y se dio cuenta que las telarañas servían de cama para un cofre que apenas alcanzaba a distinguirse. Se acercó, se detuvo frente a él y con temor, lo abrió. Ahí dentro, vio algo que parecía un cuerpo resguardado en el silencio. Un olor intenso a tierra mojada invadió el lugar. Parecía un cadáver que respiraba con intensidad; sin duda estaba vivo. El cuerpo era tan extraño, tenía excrecencias en las manos y en la frente; cerca de la boca, apenas se podían distinguir unos colmillos delgados y largos. Las uñas sucias y los ojos cubiertos por unas ojeras que se parecían a las que se le estaban formando a ella. Queriendo dar un paso atrás, pero sin lograrlo, lo entendió: ¡Esa era la sanguijuela que le asediaba y que se bebía su sangre por las noches!

Ninguna cosa podía parecerse a esa criatura horripilante. Empapada de miedo, cerró el cofre y huyó del lugar, con el corazón bombardeándole. ¡El hombre del cuadro ya no era su peor enemigo! Estaba viviendo con un depredador que la iba secando poco a poco y que la observaba por las noches. ¿Cómo no lo había pensado antes? La energía robada, la pérdida de sangre y la fatiga; todo era producto de ese ser. Tenía que salir pronto de esa casa maldita. Llena de soledad, de espejos hipnóticos, de cuadros embrujados y de bestias que respiran; no podía seguir estropeándose. Tal vez tendría que salir inmediatamente de ahí y poner la casa en venta, pero, ¿cómo no advertirles, a los siguientes dueños, que vivirían con un no muerto que habita entre las paredes?

 

 

Yitein Gastélum, Ciudad Obregón, Sonora, México. Vive bajo un techo lleno de libros y besos. Si la vida es grata con ella y le da tiempo, puede leer una tercera parte del polvo que acumulan los libros y sus historias. Sale a buscar momentos de felicidad y a defender una que otra ideología indefendible. A veces le gusta leer cabeza bajo y diseñar paisajes de fantasía que le permiten ahuyentarse de la realidad.

 

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