Un ejército de vampiros

 

por Dan Aragonz

 

Apenas los hermanos Torran vieron al vigilante apagar las luces y meterse dentro de su caseta porque sonaba su teléfono, salieron de su escondite entre los arbustos y saltaron el muro del cementerio; tenían que averiguar cómo iba a terminar la apuesta que habían hecho.

Iluminados por el destello de la pequeña linterna, que habían sacado sin permiso del cuarto de herramientas de su papá, avanzaron dando leves  pisadas sobre la tierra suelta, rodeados de horribles estatuas que decoraban los pasillos, atentos, para no pisar ninguna de las tumbas.

Cuando se dieron cuenta que estaban un poco perdidos, David sacó el pequeño trozo de papel que traía en el bolsillo. Walter se lo arrebató de las manos.

— ¿Qué es esto? —dijo mirando en todas direcciones, asegurándose que nadie los viera.

—Papá me dijo cómo llegar hasta la tumba del vampiro y yo dibujé un mapa. También me dijo que no tuviera miedo porque la mordida de un vampiro era como si te picara un mosquito.

— ¿Pero tú eres tonto? —dijo Walter con cara de enfado—. Los vampiros no existen y papá es un mentiroso.

— ¡Mi papá no es un mentiroso! Y sabes, tiene razón cuando dice que tú eres un miedoso.

—Papá no dice eso. Te lo acabas de inventar. Ya vas a ver—. Dijo Walter lanzándose contra el pequeño David.

— ¡Espera, espera! Que nos quedamos sin luz —indicó David apuntando la linterna que se había caído al piso encendida.

Cuando Walter se encogió para cogerla, ninguno de los dos se había dado cuenta que estaban sobre la lapida que buscaban: se trataba de la tumba de Random Key Money; un sujeto, que según los pueblerinos, había vivido más de trescientos años escondido en una casa abandonada en medio del bosque,a la cual ellos mismos, por seguridad, le habían prendido fuego a la morada del vampiro, para que dejara de llevarse a las mujeres del pueblo hasta sus aposentos para beberles la sangre.

Walter y David se miraron  un instante para decidir quién se encargaría de remover la cubierta de la tumba. Pero ambos reaccionaron y la removieron hasta alcanzar algunos centímetros. No era necesario quitarla por completo  para comprobar si era verdad que dentro dormía el vampiro.

—Por lo visto, he ganado hermanito —alardeó Walter iluminándose la cara en medio de la oscuridad.

— ¿Walter? —dijo el pequeño con voz temblorosa— ¡Hay algo detrás de ti!

Cuando Walter quiso correr, fue demasiado tarde; una mano arrugada de uñas inmundas lo había agarrado de la camiseta y parecía no querer soltarlo.

— ¡Máteme! Pero por favor, no me convierta en vampiro, ¡se lo suplico! —gritó Walter desesperado, mientras trataba de zafarse.

—Déjate de tonterías niño ¿Qué diablos hacen aquí a estas horas? —Apuntó la voz, iluminando su rostro para que lo reconocieran.

— ¡Es usted! Pensábamos que era  Ramdom Key Money —explicó David soltando un suspiro.

— ¡Quiero que se larguen de aquí por donde vinieron! Tienen suerte que aún no haya  soltado a los perros. Si los veo de nuevo abriendo la tumba de la señora Mc Forman, voy a tener que llamar a la policía.

—Eso es imposible. Esta la tumba del vampiro Random Key Money. Lo he visto en mi mapa —sentenció David mientras le entregaba el papel al vigilante.

— ¿Pero qué haces? No muestres eso —interrumpió Walter arrancándole el papel de las manos al hombre.

—Un momento. Este mapa está bien dibujado. Pero si buscan dónde duerme el conde, este no es el lugar. Porque  lo han puesto al revés, sólo fíjense, esa equis que dibujaste es ese enorme sauce que ven allá a lo lejos —. Dijo apuntando el lugar con una mano y con la otra dándole la hoja de papel al pequeño David.

—Tiene razón Walter. Nos hemos equivocado —aceptó David acercándose a ayudar al vigilante, quien volvía a colocar la tapa sobre la lápida que los niños habían abierto.

—Vamos hermano, ya no quiero estar aquí —dijo Walter tirándole de la camiseta.

—Yo tampoco Walter —contestó David abrazando a su hermano.

—Momento muchachos ¿Quieren saber dónde duerme Random Key Money? —preguntó el nochero soltando una risa descabellada.

—La verdad es que no, señor. Es bastante tarde y tenemos que regresar a casa. Además, sabemos que los vampiros chupa sangre no existen. Y nuestros padres deben estar muy preocupados —respondió  Walter volviendo a retomar el camino por donde habían llegado, abrazado de su hermano.

—Ahora lo entiendo. Ustedes son hijos de ese cobarde de Sam Torran ¿Verdad?

—Mi padre no es ningún cobarde, señor  —respondió David sin voltearse a mirarlo.

— ¡Largo de aquí cobardes! Y la próxima vez, si los vuelvo a ver a estas horas, llamaré a la policía —sentenció el nochero alejándose de los niños rumbo a su caseta.

—Te gané David. Ahora tienes que ser mi esclavo durante una semana. Y en la escuela también cuenta —dijo Walter apuntando el muro con la linterna.

—No me has ganado porque el vampiro sí existe. Lo acaba de decir el nochero. Y duerme allá al fondo colgado de ese enorme sauce. Tú también lo escuchaste —apuntó David  mirando a lo lejos el enorme árbol de largas ramas cubiertas de hojas.

—No seas ingenuo. Sabes que estaba mintiendo.

— ¡No! Lo que pasa, es que eres miedoso —prosiguió David y se puso a reír.

—El único miedoso eres tú hermanito.

Walter apuntó la linterna en dirección al sauce y se echó a correr. Hasta que se perdió de vista en la oscuridad.

David no tuvo más opción que seguirlo, ya que no quería quedarse solo rodeado de esas horribles estatuas y lapidas.

Cuando por fin alcanzó a su hermano, se dio cuenta que Walter estaba inmóvil, mirando un enorme saco que colgaba de las ramas del sauce; de inmediato dijo que se trataba del capullo donde dormía el vampiro; que de seguro estaba colgado de los pies, al observar la forma en que caía  el saco del árbol.

— Regresemos a casa hermano. No me importa si eres cobarde o no, tengo mucho miedo y lo único que quiero es irme casa. No le diré a papá sobre esto —dijo David quien comenzó a temblar cuando vio que el sacó empezaba a moverse.

— ¡Que los vampiros no existen David! ¡te lo he dicho mil veces!

Walter corrió y empujó el saco con tanta fuerza, que se soltó de la rama y cayó entre los arbustos. Soltando un zumbido  que apenas escucharon, tuvieron que salir corriendo de regreso por donde habían llegado; la mordida de cientos de mosquitos, debían ser lo mismo que la de un ejército de vampiros.

 

 

 

Dan Aragonz, escritor amateur

  

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