Altar de flores

 

por Diego Hernández

 

Las campanas de la parroquia sonaron.

Era el día, era la hora.

Pudo haber ido, la iglesia quedaba a cinco minutos a pie. No iría. De hecho, iría en dirección contraria. Iría hasta el camino viejo y de ahí se dirigiría al norte.

Se conocieron a los cuatro años. Ella, como los otros niños, jugaba entre la hierba mientras los adultos hacían sus faenas.  Él se acercó entre media docena de chiquillos. Cuando se vieron supieron que eran el uno para el otro. Y así era.

En medio de un altar de flores y sin palabras se juraron amor eterno.

Los años pasaron y ellos cumplieron la promesa de estar juntos. Y cada primavera florecía aquel altar de flores renovando sus votos de amor.

Pero llegó el día que el altar no renació. Y él lo entendió todo.

Ella no lo dijo, aunque no lo necesitaba, las noticias viajan rápido en un pueblo pequeño.

Ella se casaría y pronto. Pasaron el poco tiempo que les quedaba. Cada beso, cada caricia  era como la última gota que tendrían en la sequía que se aproximaba.

La última noche juntos, ella lloró. Y él se odió porque no podía hacer nada, las cosas eran así.

Al pasar por el camino viejo, se encontró con el altar de flores, estaba por completo marchito.

 

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