Amar con el alma rota

 

por Nessie

 

Para el nuevo ángel, que ahora vive un amor eterno.

 

Las hojas lloran la lluvia de anoche. El verde del viento golpea con un suave y fiero cristal que se funde con las lágrimas; la tierra húmeda llamea ansiosa y el cielo danza en su azul infinito… Los brazos de la madre se encuentran vacíos y arrullan el aire fantasmal; tararea una canción de cuna, tan trillada, tan vacía. Y es que, en su mente, en esos brazos yace el pequeño de rosadas mejillas que tanto soñó y cuidó y que no será. Olfatea una y otra vez esa ropa que jamás será usada y su único refugio es la idea de unas manos invisibles que tocan su cara. Escucha en su cabeza el rebotar de las palabras que no volverá a escuchar. Mamá. Pobre alma sin consuelo. Aunque venga otro, aunque quede otro, siempre faltará el fantasma que duerme en sus brazos ¿Y si hubiera sido? Deseará arrancarse el corazón y dejar de sentir, dejar de existir, reunirse con esa gran parte que le falta. Pobre madre sin consuelo.

Allá a lo lejos, los hijos miran con ojos vacíos el tallado frío de la madera, el espectral silencio del fuego. Flores que dan color ¿Color? ¿Es necesario el color cuando es imposible ver? El perfume va del suelo al techo y llena todo lo que ha sido tocado por el misterio de la muerte ¿Perfume? ¿Eso acaba con el dolor? Pobres hijos, huérfanos, abandonados ¿Qué harán ahora sin esa luz que alumbraba su camino? La mente hace malas jugadas y llegan los recuerdos de las peleas y discusiones, las veces que pensaron en huir, las ganas de irse y no volver jamás. Sienten culpa y son incapaces de recordar que fueron perdonados porque ese amor infinito perdona todo. Han vuelto a ser niños, han vuelto a la necesidad. Pero ahora no hay brazos capaces de darles consuelo. Pobres huérfanos solitarios.

Y allá, aún más lejos, aún con mayor dolor, están los ancianos, los jóvenes, todos viudos; aquellos que perdieron a la persona con la que eligieron compartir su vida. Las novias que jamás usarán los blancos y amplios vestidos, los novios que jamás pondrán el anillo en la mano amada. Pobres seres privados del amor. Ahí yacen tantos hijos soñados, tantas casas de cristal, tantos sueños de espuma ¿Acaso no hay piedad? Dibujan en los amplios colchones la silueta que falta, respetan el espacio, abrazan el aire, rezan sin consuelo. El “felices para siempre” quedó roto por el capricho de un destino traidor, por el placer de algún dios cruel. Felices para siempre no existe. Ya no hay papeles finos con letras elegantes, no más banquetes ¡No más fiesta!

¡Ríe! Desgarra el alma de aquellos que se quedan amando en esta tierra. ¡Ríe! Mata en vida a aquellos que saben amar más allá de tu temible barrera. ¡Ríe! No puedes hacer más que reír al ver un dolor que no comprendes, pero que hace al amor trascender. Ríe, ríe todo lo que puedas, porque nadie te amará. Ríe en la fría fosa que separa cuerpos, que reduce alientos, que produce llantos, pero que no mata al amor. Porque, aún con el alma rota, el amor acaba con esa barrera física, con esos metros de profundidad, con el frío y la soledad de las tumbas y trasciende más allá de las estrellas hasta que volvamos a una sola cosa, a un mismo ser.

“Hace frío sin ti, pero se vive”

-Roque Dalton

 

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