Siempre estaré ahí

 

por Abraham M. Vázquez

 

Fue difícil…

Nunca esperé la dureza de tus palabras y aun así te lo agradecí. Es probable que necesitara escuchar eso para volver a la realidad. No voy a mentir, me costó mucho trabajo superar la forma con la que me trataron tus palabras. Por un breve instante, pensé cómo regresarte parte del daño que me habías ocasionado y traté de recordar algo con lo que pudiera herirte y humillarte. Pero tras pensarlo un momento decidí no hacerlo. Aun te quería demasiado como para hacer algo tan bajo y ruin. Así que hice lo más lógico en esta situación: guardé mi opinión y acepté lo poco que ofrecías ¿Qué otra alternativa tenía si quería permanecer aunque fuera de manera insignificante en tu vida? Y a pesar de ello, no pude evitar que te fueras alejando poco a poco.

¿Sabes? Después de todo lo que pasó ese triste día, aun no sé qué fue lo que me orilló a hacerte esa promesa mientras dabas media vuelta y te alejabas. Aunque lo hice de corazón, nunca creí que fueras a ponerte en contacto conmigo si algún día necesitabas de una persona a tu lado.

Seguí mi camino y con gran pesar dejé que siguieras el tuyo. Debo admitir con gran tristeza, que nunca encontré a quien fuera capaz de ocupar el vacío que dejaste en mi corazón. Cuando por fin comprendí que aquí no encontraría el sosiego que necesitaba, me arme de valor, cogí unas cuantas pertenencias y me fui a conocer el mundo. En mis viajes descubrí lugares cuya belleza me dejaban sin aliento. A pesar de ello, no pude evitar que la sombra de tu ausencia me alcanzara en esos distantes sitios. ¿Cuántas veces traté de olvidarte al calor de las copas y la pasión de noches desenfrenadas? En realidad no existía placer alguno. Cada mañana al despertar, me sentía culpable de amanecer entre los brazos de alguien más. Por fin un día me rendí a la realidad. Abrí la ventana de la habitación donde había pasado la noche y dejé que tu recuerdo se diluyera con la salida del sol.

Pasé un largo periodo de tiempo conociendo diversas culturas, incluso una importante revista me contrató para hacer artículos mensuales sobre los lugares que visitaba. Un día mientras me encontraba recorriendo las calles de una importante ciudad, sonó el teléfono que tenía en el bolsillo. No reconocí el número que llamaba. Dejé que timbrara unos segundos antes de decidirme a contestar. La voz al otro lado de la línea me resulto desconocida cuando preguntó por mí. Tras confirmarle mi identidad, escuché un breve sollozo. Lo que pasó después, hizo que me diera un vuelco el corazón. Sólo fueron dos palabras las que dijo: “Te necesito”

Mi mundo se paralizó. La poca tranquilidad que había conseguido se desvaneció con tan sólo escuchar eso. Mis piernas flaquearon. Aunque no se oía como recordaba, sabía de quién se trataba. Me senté en el piso sin que importara si alguien se molestaba con ello. Oí su llanto mientras trataba de tranquilizarme un poco. Con el tono más tranquilo que pude conseguir únicamente dije: “Voy a tu lado”. Antes de colgar escuché un profundo suspiro de alivio.

Me dirigí de manera inmediata al hotel; recogí lo necesario para viajar: una muda de ropa, cepillo de dientes, documentos personales y dinero para poder pagar el pasaje de regreso. Todo lo demás carecía de valor y sólo sería una molesta carga adicional. Paré el primer taxi que vi. Mientras viajábamos rumbo al aeropuerto, el taxista me agobió con una larga serie de quejas sobre lo malo que había sido su día. De manera educada le di a entender que no me interesaba en lo más mínimo sus problemas. Haciendo un gesto obsceno, guardó silencio el resto del viaje.

¿Qué más puedo decir del viaje de regreso? Tras una acalorada discusión con el empleado de la línea aérea que no tenía la menor intención de venderme un boleto que había sido cancelado de último momento ,y en la cual tuvo que intervenir la seguridad del aeropuerto, pude abordar el avión de regreso. En otro momento, me hubiera quejado de forma amarga por las actitudes poco decorosas de mi compañero de viaje, pero lo único que importaba era regresar lo más rápido posible a su lado. Era tal mi premura, que me fue imposible dormir durante el viaje. Apenas y pude medio comer parte de la pastosa comida que la aerolínea nos sirvió. La noche llegó un par de horas antes de aterrizar. Me sentía cansado.

Al salir del aeropuerto, lo primero que hice fue llamarte, necesitaba saber a dónde dirigirme. Marqué el número que había aparecido en el teléfono, grande fue mi sorpresa cuando una voz diferente contestó. Una señorita de manera amable me indico tú situación actual, mientras lo decía, percibí un tono extraño. Un escalofrío recorrió mi columna cuando me dio las indicaciones para llegar al hospital donde estabas y el número de habitación. Sentí un nudo en la garganta.

Corrí hacia la avenida tratando de parar un taxi. Escuché el chirrido de unas llantas al frenar, pero no le di importancia. Por mucho que me esforcé, no logré conseguir que algún taxi se detuviera para llevarme al hospital. Lo único que se me ocurrió tras no poder conseguir trasporte, fue correr para llegar a ese lugar. Había logrado una decente condición física a lo largo de mis recorridos, pero nunca creí que fuera tan buena. Recorrí la distancia sin cansarme de manera considerable. Cuando llegué a las puertas del hospital, apenas me faltaba un poco la respiración. Busqué el teléfono para corroborar la información que me habían proporcionado. Para gran disgusto mío, no lo encontré. Era probable que se me hubiera caído mientras corría.

Aún no amanecía cuando llegué. Ansioso como estaba, decidí ingresar de manera furtiva al interior del hospital. Para fortuna mía, el mostrador donde debería de estar la recepcionista se encontraba vacío, pasé de largo de forma apresurada, eso fue lo único sencillo para llegar a su habitación. El resto del camino resultó ser más complicado, no fue nada sencillo tratar de evadir al personal del hospital. Tras unos angustiosos minutos, llegué al número de cuarto donde me habían informado se encontraba. Frente a esa puerta sentí flaquear de nueva cuenta. Muchas dudas surgieron en ese instante. Preguntas que no me hice en todo el trayecto de regreso se formularon y pedían a gritos ser resueltas. ¿Estaba preparado para ver la situación en la que se encontraba? ¿Cuál sería su primera reacción al verme después de tanto tiempo? ¿Qué era lo que debía decirle? ¿Surgiría aquel dolor sordo que sentí aquella última vez que nos vimos?

Hice un gran esfuerzo para acallar todas esas interrogantes. Sujeté la manija de la puerta e ingresé a la habitación. Fue impactante ver tantos aparatos a su alrededor. Caminé perplejo hacia su lado. Con todo el cuidado que pude, tomé su delgada y fría mano entre las mías y lloré como nunca antes lo había hecho. Maldije cuanto pude en voz baja con los dientes apretados procurando no llamar la atención. Y por último, levante una plegaria esperando que algún ser divino se dignara a oír mi súplica.

Sólo obtuve un absoluto silencio como respuesta.

Era tan insoportable el dolor que sentía en aquel momento, que no tuve el valor para permanecer por más tiempo a su lado. Le besé la frente y le prometí regresar lo más rápido que me fuera posible. Tomé camino hacia la salida con las debidas precauciones para evitar que me vieran retirarme. No debía dar motivo alguno para que a mi regreso, se me impidiera entrar. Mientras lo hacía, me llamó la atención la plática en voz baja de un par de enfermeras. Escuché que una de ellas dijo tu nombre. Con gran cautela me acerqué para poder escuchar lo que decían. Lo que oí aumentó mi creciente agonía. Como pude, ahogué un grito de salvaje dolor mientras salía de manera apresurada del hospital. Corrí unas cuadras más y cuando creí que ya me encontraba a una distancia pertinente, deje salir todo el dolor que me estaba agobiando.

Una vez que logré desahogar parte de esa amargura, caminé sin rumbo fijo por las calles de la ciudad. Por mi mente cruzó la idea de ponerme en contacto con alguno de mis amigos o familiares, pero deseché rápidamente la idea. Era probable que me dieran muestras de apoyo y aprecio, pero eso lo único que haría era aumentar mi desesperación. Pensé en ir a descansar a un cuarto de hotel, darme un largo baño y dejarme llevar por un profundo sueño con la esperanza de que al despertar, lo hiciera en uno de los tantos países a los que había viajado y de que tu llamada nunca hubiera sucedido. También se me ocurrió la idea de tomar un taxi, ir a la terminal de autobuses más cercana e irme muy lejos de aquí.

Me sentí avergonzado cuando me di cuenta que estaba a punto de romper la promesa que había hecho. ¿Quién no lo haría en estas circunstancias? ¡Me había abandonado! ¡No tenía obligación de respetar esa promesa! sin embargo, aquí estaba, sufriendo de nueva cuenta. Llorando lo que podría significar la separación definitiva. Huyendo de la forma más cobarde posible. Buscando pretextos para romper una promesa: Siempre estaré ahí…

El amanecer me sorprendió sentado en la banca de un parque. Mientras salía el sol, observé a una persona arreglada con ropa de tela mediocre que caminaba de un lado a otro preguntando sobre la dirección de un café. Le observé por algunos instantes, sus modos eran nerviosos y a la vez apremiantes mientras deambulaba por la calle. Traté de imaginar la historia que había detrás de esa actitud desesperada. Algo hizo clic en mi mente, recordé la voz de aquella tarde en el teléfono. Aquella voz no sólo suplicaba que cumpliera una promesa, también era una voz que destilaba soledad y dolor.

Me incorporé de la banca con el rostro rojo de vergüenza. Me dirigí de nueva cuenta al hospital con la firme intención de no romper bajo ninguna circunstancia mi palabra.

Llegué justo cuando iniciaba la hora de visita. Eso me ayudó a ingresar de manera desapercibida hasta su habitación. Cuando entré, pensé que tal vez me encontraría con algún amigo o familiar. Grande fue mi decepción al hallar vacío el interior. Sentí una gran cólera ¿Qué tipo de persona abandona a un ser querido cuando más le necesitaba? Me dispuse a salir para buscar una explicación cuando algo hizo detenerme de forma brusca. Por un instante pensé que se trataba de mi imaginación, pero al acercarme, pude notar que la palidez de su rostro había disminuido. Tembloroso tome una de sus manos, noté que el frío que había sentido por la noche comenzaba a ceder ¿En verdad se había dado el milagro?

Tomé la otra mano con la esperanza de que no se tratara de una vana ilusión. Respingué al sentir que en esta el calor era mayor, observé su rostro y comencé a ver que un pequeño rubor comenzaba a aparecer en sus mejillas. Con el corazón lleno de alegría, me dirigí hacia la ventana y miré al cielo en donde algunas nubes recorrían el extenso manto celeste. Me sentí optimista al pensar que tal vez existiría una oportunidad de ver un panorama parecido a su lado. Sólo era cuestión de mantener la fe en que sería posible.

La puerta de la habitación se abrió. Una enfermera entró y la revisó de manera rápida. Vi que en su rostro corría una lágrima. Eso me desconcertó, era como si ella no fuera capaz de observar los cambios que había presenciado. Antes de que pudiera pedirle una explicación, dio media vuelta y se retiró. Regrese a su lado y tomé las manos. No había duda alguna, el calor aumentaba en ellas, inclusive el gesto de sufrimiento que observé había disminuido y con ello, también había recuperado parte de esa belleza que me cautivó el primer día que te vi. Embelesado con esa imagen, no pude evitar inclinarme y darte un tímido beso en la frente.

Tus ojos se abrieron y tu bella mirada se posó en mí. Al reconocerme, una radiante sonrisa se formó en tus labios.

— Estás aquí —–dijiste en voz baja—. Por un momento temí que no cumplirías tu promesa y que nadie lloraría mi partida.

—Yo siempre lamentaría tu partida— dije tratando de que el llanto no ahogara mis palabras.

— ¿Aún después de lo que sucedió aquel día? —dijo con voz cansada—. Debo reconocer que hice mal. Nunca debí hablarte de esa manera, no lo merecías. Cuando me di cuenta del error que había cometido ya era tarde, mi vergüenza fue tal, que nunca tuve el valor de llamarte y tratar de reparar el daño que te hice.

Esas palabras fueron demasiado para mí, el dolor que había sentido a lo largo de todos esos años dejó de existir. Todas las lágrimas contenidas salieron a flote y lloré en su regazo. Guardó silencio, me abrazó de forma tierna y esperó paciente a que se diluyera mi sufrimiento. Luego de forma dulce y delicada, tomó con sus manos mi rostro y lo dirigió hacía el suyo.

­—Te amo —susurró— debí de habértelo dicho hace mucho tiempo. Acercó sus labios a los míos y me dio un lento y dulce beso.

Después de eso, me recosté a su lado. Platicamos por horas sobre mis viajes a lo largo del mundo. Se maravilló con todo lo que había visto. Y se sorprendió aún más cuando le propuse que viajara a mi lado. Sus ojos me miraron después de haberle hecho la propuesta, y vi una sombra de duda oscurecer su rostro.

— ¿De verdad te quedarías conmigo para siempre?

—No tengo duda alguna si eso es lo que tú también quieres —respondí de manera sincera.

— Si, eso es lo que deseo.

— Entonces no hay poder alguno que pueda evitarlo.

— Sí —respondiste— ahora sé que nada podría evitar eso.

Sus ojos se cerraron y los labios hicieron una mueca de dolor.

—Creo que por fin ha llegado el momento —dijo con voz débil— deja que repose sólo un instante más, después podremos salir juntos de aquí.

Esas palabras me confundieron, pero no hubo tiempo para comprenderlas. Su cuerpo se convulsionó de manera violenta. Todos los instrumentos que se estaban a su alrededor comenzaron a pitar de forma escandalosa. La puerta se abrió violentamente y entraron enfermeras y médicos a toda prisa. Todos se movían a su alrededor nerviosos y preocupados. Alguien había colocado un gabinete rojo con ruedas a tu lado, y las enfermeras comenzaron a abrir los cajones en busca de cosas. La puerta se abrió de nueva cuenta. Ingresó otro médico quien con voz firme ordenó que no se hiciera nada. Nadie protestó. Alguien levantó la sabana y cubrió su rostro.

No supe cómo reaccionar. Caminé hacia el pie de su cama y me quedé mirando la blanca sábana que cubría el cuerpo. Alargué una de mis manos con la intención de retirarla, pero me faltó valor. Los minutos pasaron mientras permanecía de pie en ese lugar, incapaz de aceptar lo que había presenciado. Incapaz de llorar o gritar su partida.

Una mano se posó de manera delicada en mi hombro.

—Estoy lista —oí decir su voz a mi espalda— podemos partir en el momento que lo desees.

Me sobresalté, giré de forma rápida y te vi tal y como eras hace años.

—¿Qué está sucediendo? —fue lo único que atiné a decir.

— Lo que tenía que pasar, solamente eso —comentó de manera tranquila— fue un gran alivio tenerte a mi lado cuando esto sucedió. Ojalá y hubiera podido corresponderte de la misma forma —dijo con voz triste.

—No entiendo a qué te refieres ­—contesté.

Su mirada se hizo sombría por unos instantes y después cambió a una de tristeza —¡Oh dios! ¡Aún no lo sabes! —sin esperarlo, se abalanzo hacia mí y me abrazo fuerte.

Su abrazo pareció ayudarme a conectar una memoria suprimida en mi trayecto hasta aquí cuando llegué aquella noche. Me vi al salir del aeropuerto, corría desesperado por encontrar transporte. En mi prisa por llegar, atravesé de manera imprudente la avenida, un vehículo que venía a toda velocidad me arrolló y me arrojó por los aires a pesar de haber intentado frenar. Al caer, mi cabeza golpeó contra el duro asfalto de la calle. El golpe fue mortal. Pero mientras agonizaba, un recuerdo se había aferrado, una promesa que debía cumplir.

Cuando comprendí lo que había pasado, le regresé el abrazo. Por algún extraño motivo,  no lamentaba la forma en la que habían pasado las cosas. A final de cuentas, lo único importante en mi vida ya lo tenía frente a mí.

— Creo que ha llegado el momento de partir —le dije— tenemos muchas cosas que ver.

— ¿Sabes? —dijo— me alegra que seas tú con el que tenga que compartir la eternidad.

— A mí también —le respondí mientras colocaba mi brazo en su cintura y traspasábamos juntos la ventana del hospital…

 

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